Desde lo filosófico y antropológico, estrictamente no existen culturas y pueblos originarios en esta tierra o, por el contrario, son todos originarios. A lo sumo se podría decir que determinadas culturas emergieron del proceso humano local ‘antes de la invasión occidental’. Pero inclusive los actuales habitantes del continente ―mal llamado ‘América’― y sus culturas, por más influencias de Europa, África y Asia que hayan incorporado en su reciente devenir, son legítimamente ‘originarios’. ’Originarios’ aunque desde lo biológico se sepa o se presuma que la ascendencia de sus protagonistas no surge de alguna línea de vertientes humanas anteriores a la invasión europea o  no se  tenga conciencia de ello.

Sin duda un fenómeno complejo y discutible el del entrecruzamiento de personas que cristalizó, no en los últimos siglos, sino a lo largo de milenios y en todo el planeta, desde el origen de la humanidad. Más aún, que cristaliza ahora y cristalizará en el futuro, sobre todo si se tiene en cuenta que estos diversos emergentes se dieron y se dan con influencias y entrecruzamientos internos y territorialmente foráneos, a veces difíciles de detectar, en especial cuando media alguna invasión compulsiva en algún momento del proceso histórico local como sucedió abiertamente entre los siglos XV y XVIII y continúa sucediendo de forma intensa a raíz de la movilidad planetaria y la globalización compulsiva.

Lo que sucedió, sucede y sucederá en nuestro continente o en cualquier otro, sobre todo en Europa ―si bien intenta disimularlo con su típico eurocentrismo y xenofobia puritana― es un proceso dinámico, causal, zigzagueante y de permanente entrecruzamientos, influencias e intercambios de la humanidad que habita ese o cualquier otro continente o región, como puede ser, por ejemplo, América en general o La Patagonia y el Litoral argentino en particular.

Por otra parte, la ascendencia o descendencia cultural de un individuo o de un grupo no está determinada por lo ‘biológico’ (si así fuera estaríamos aceptando la existencia de razas en una continuidad biológica substancial, lo que científicamente y por el sentido común, es inaceptable). En efecto, somos todos igualmente hombres y no existe el ‘mestizaje’ biológico sino simplemente encuentro o entrecruzamiento de personas, sean estas del mismo color o no, del mismo o de distintos continentes o con igualdades y diferencias de otro tipo. La identidad cultural no es hereditaria, aunque parezca o así se lo suponga ingenua o interesadamente. Se define por lo estrictamente cultural y el compromiso de los individuos y los grupos con el patrimonio y la tradición de la tierra o lugar en que se nace o se es adoptado. Es decir, por el hecho de que un individuo o un pueblo (se tenga la ascendencia biológica que se pretenda tener, lo cual no determina supuestas ascendencias) viva y asuma ‘prácticamente’, sin proselitismos ni reclamos de exclusividades anacrónicas, lo vertebral del patrimonio cultural en cuestión, es decir, la cosmovisión, la filosofía de vida y la organización socio-política propias en el contexto de una comunidad real que las activa. Sería contradictorio ―en todo caso puede ser estratégico con fines espurios al hecho mismo de pertenecer y asumir una cultura a la que grupos y personas afirman representar―, por ejemplo, pretender ser celta, galo, inca o huarpe si en la práctica se vive como ‘occidental-cristiano’, bajo la hegemonía del Vaticano y la filosofía europea, aceptando las reglas socio-políticas y jurídicas de esa u otra cultura invasora. Hoy muchos pregonan ser ‘indígenas’ cuando en realidad no existen como tales, puesto que ese adjetivo es una ficción creada por el invasor para diluir y desvalorizar una única historia humana continental de todos los tiempos, la del hombre. Algunos afirman ser kollas, diaguitas o charrúas pero sienten y afirman ser católicos y occidentales acogiéndose, confundidos, a  leyes, condiciones y estructuras del supuesto invasor ‘blanco’.

Esos supuestos invasores ‘blancos’ serían, en la opinión general y sobre todo en el enfoque actual de los mal llamados ‘indígenas’, todos los que no nos asumimos como ‘indígenas’ o de alguna parcialidad en particular. Es decir,  quienes, por ejemplo, vivimos en territorio argentino o uruguayo que, sin reconocernos ‘aborígenes’, sin embargo sentimos como ‘nuestra’ a la historia y la cultura de todos los tiempos de este territorio enriquecidas a lo largo de miles de años por el devenir y la presencia de un proceso humano causal del que emergieron, emergen y emergerán incontables manifestaciones culturales y políticas nativas. Es decir, culturas ‘de este lugar’, pero que naturalmente se entrecruzan e inter-influyen, que se han sucedido unas a otras, se suceden y sucederán indefinidamente en el tiempo creando, trasmitiendo y heredando, en ese devenir, un patrimonio común que todos, sin diferencias ni exclusiones, deberíamos asumir como propio por el solo hecho de haber nacido en esta tierra. Por otra parte, claramente es eso lo que hacen y sienten los europeos de cara a su historia y patrimonio cultural. Para ellos no existen dos historias paralelas o contrapuestas, la de los ‘indios’ por un lado (que serían, en el caso de Europa, los antiguos cromagnones, neanderthales, ligures, latinos, celtas, galos, griegos, romanos, etc. o los sami del presente) y, por otro, la de los ’blancos’ (por ejemplo, franceses, alemanes, ingleses u holandeses actuales, que en realidad son más morochos’ que los sami de Suecia). Para los europeos, como debe ser, hay una sola historia y un patrimonio cultural que esa humanidad amasó en el tiempo, que respeta y valora y que, más allá de diferencias ideológicas y políticas, comparten y defienden a nivel continental. Tampoco establecen hitos sustancialmente divisorios de su historia (un ‘antes’ y ‘después’) por el hecho de haber sido también ellos invadidos en alguna instancia ―fue el caso de los llamados ‘Bárbaros’―.

Todo lo cual no obsta a que determinadas sociedades, conformadas en el devenir de la región ―como la gitana, vasca, gallega, etc.―, luchen por alguna autonomía política basada y respaldada en la continuidad de su experiencia como nación cultural, inclusive con su idioma propio, en el contexto de un sistema socio-económico occidental-cristiano-capitalista que ellos en la actualidad comparten obligados o voluntariamente, según el caso.

Llevada esta reflexión a nuestros días, parece extemporáneo y disolvente que, por ejemplo,  guaraníes o mapuches de cualquier territorio pretendan ser ‘los invadidos’ a quienes la sociedad o nación argentina (¿nosotros?),  ―‘occidentalizada’ por la fuerza en muchos aspectos de su sistema filosófico, político y jurídico―  debería ‘devolverles’ la tierra e instituciones políticas tradicionales que los europeos (no nosotros, aunque muchos hayan sido o sean obsecuentes con esa invasión) se apropiaron o destruyeron en su momento. Mal le pese a algunos auto-denominados ‘indios’, los aquí nacidos ayer, hoy y mañana somos todos ‘nativos’ y como tales herederos de una historia, de valores (no de una estructura política en particular porque hubo y habrá miles) y de una filosofía continental milenaria genuina que, entre todos, tenemos el derecho y la responsabilidad de conocer, asumir y tratar de recuperar en la práctica. Recuperar no haciendo proselitismo de tal o cual nación o cultura ―desaparecida o no― emergente antes o después de la invasión, sino sumiendo en el pensamiento y en los hechos los valores y principios que a lo largo de miles de años cristalizaron en esta tierra, como son, por ejemplo, las cosmovisiones (no precisamente ciertas celebraciones, ritos y  danzas que se modifican permanentemente, sino la filosofía de vida que las respalda y que es celebrada en encuentros colectivos), la no propiedad privada de la tierra, la mitología propia, la única historia del hombre continental por más invasiones internas o externas que se hayan producido en el continente. En efecto, la invasión de los europeos no fue la única, también los incas y aztecas política y económicamente invadieron naciones autónomas, por mencionar apenas  ejemplos más recientes de nuestra milenaria historia humana continental.

Se suele pasar por alto que en los espacios habitados por el hombre se dan procesos causales y zigzagueantes profundamente hilvanados por diferentes estrategias (de las que, gracias a la memoria que el genero Homo desarrolló en el proceso evolutivo, va cristalizando el patrimonio cultural de los pueblos y de la humanidad), activadas, estas estrategias, en íntima relación con el ecosistema en un permanente e inevitable intercambio causado por múltiples causas y motivaciones, entre los grupos próximos o lejanos de distintas vertientes. En este sentido no hay culturas o pueblos ‘originarios’ con exclusión de otros, sino ‘emergentes’ de un complejo proceso humano que continúa. Emergentes de un torrente ―la historia humana planetaria o regional― que genera pensamientos propios, singulares y determinantes en los distintos enclaves y que, en su trayectoria sin fin, se enriquece a través de su íntima relación con el entorno y demás grupos cercanos o distantes, sean estos de donde fueren y vinieren de donde vinieren. Suponer lo contrario ―es decir que los pueblos son endógenos y puros o que tienen una historia paralela y derechos exclusivos basados en una supuesta ascendencia biológica, por otra parte imposible de comprobar― es, como mínimo, ingenuo desde un análisis filosófico-antropológico e histórico.

La historia y el pensamiento o filosofía de un lugar se configura desde lo propio en un necesario intercambio, buscado o no, con lo externo y advenedizo por distintas circunstancias. Esto sucedió tanto en el territorio europeo como en el africano, asiático y el nuestro. La experiencia y el patrimonio humano paraquense y tiahuanacota influyeron, por ejemplo, profundamente en todo el norte argentino-chileno; los gé, kaingang, pano y arawak sobre la floresta brasileña, paraguaya y el Litoral; los incas  en todo el sub-continente Sur y también  África, Europa y Asia sobre nuestro continente en su totalidad en la medida en que estos últimos, a veces coercitivamente ―como fue el caso de los europeos―  ingresaron e ingresan en el torrente milenario de esta tierra para mezclarse de distintas maneras con las estrategias propias del lugar invadido. A partir de allí se generan diversas circunstancias indeseables e injustificables propias de una invasión. Surgen nuevas estrategias de supervivencia presionadas por el poder invasor y al mismo tiempo con el sello explícito o subyacente del patrimonio milenario local. En ese devenir complejo, la historia de un continente o región cambia, se destruye y se enriquece a partir de la experiencia humana que busca siempre el bienestar donde quiera que el hombre despliegue su capacidad creativa y sus deseos de vivir. Es eso lo que nos moviliza como especie y mueve a la humanidad, no simplemente el hecho de reclamar la pertenencia aislada ―y supuestamente incontaminada― a una u otra cultura emergente de ese proceso.

Decir que las culturas y los pueblos que encontraron los invasores europeos son ‘originarios’, puede sonar bien. Pero es riesgoso utilizarlo porque nos retrotrae a una visión dicotómica de nuestra milenaria historia continental que es urgente recuperar porque, efectivamente, es la ‘nuestra’. Probablemente sea mejor decir ‘originarias’ que indias, indígenas o aborígenes, todos ellos términos inadecuados para expresar el concepto o la realidad que se quiere significar ya que en este continente nunca hubo ‘indios’ ni ‘indígenas’ sino simplemente hombres o habitantes protagonistas de un proceso que continúa con los nativos actuales, es decir, con nosotros en tanto plural abarcativo, con todos los nacidos y adoptados ‘aquí’. En todo caso ciertamente hubo y hay indios en la India de Asia. Tampoco ‘aborígenes’ puesto que este término (en latín ab-origine, esto es ‘desde el origen’) debería aplicarse a los hombres que realmente fueron desde el origen de la población ―en nuestro caso, los primeros de la hoy mal llamada América―. Estrictamente el término se refiere a los grupos que ‘primero’ ingresaron por Bering ―o por donde haya sido― hace alrededor de 40.000 años. Ellos realmente iniciaron la aventura del hombre ―y precisamente desde lo que hoy se llama Asia― en nuestra tierra. Ellos nos preceden desde el inicio a todos los hombres que, a partir de aquellos tiempos remotos, hemos nacido o han sido adoptados en esta tierra, sin importar las circunstancias.

Si pudiéramos hablar de cultura o grupo ‘originario’ en algún espacio del planeta, se trataría del primero que hubiera ingresado a ese sitio con el patrimonio cultural que venía generando desde milenios y con el que echó a rodar el proceso abierto que se continúa en los grupos subsiguientes gracias al patrimonio que heredan y que luego transforman, enriquecen o descartan por la fuerza de su experiencia y por su relación selectiva con los diferentes enclaves, el Waj Mapu de los mapuche, la Pacha de los andinos o la Ivy de los guaraníes, que, como bien sabemos, no son estructuras políticas sino filosofía pura, es decir, formas de ver, interpretar y apreciar el universo y la vida.

En el caso de nuestro continente, fueron los asiáticos (denominación circunstancial y arbitraria que designa a los habitantes del espacio hoy denominado “Asia” que, a su vez, provenían de África) quienes, al parecer, primero ingresaron por Bering a nuestra tierra con su  patrimonio cultural propio, así como en Europa ingresaron los africanos mientras se dispersaban lentamente hacia el oeste y el norte. De ahí en más, estrictamente ninguna otra cultura es ‘originaria’ de uno u otro espacio o, por el contrario, todas son originarias impulsadas por el torrente histórico que heredan.

Desde los primeros grupos de hombres que habitamos el continente, se conformaron a través del tiempo diversas cosmovisiones y una filosofía de vida original que se ha ido enriqueciendo, y seguirá enriqueciéndose, a pesar de ciertas interrupciones transitorias (¿qué son 500 años en el contexto de 40.000 o más?), a través del tiempo y de la experiencia basada en la filosofía y en el modo de pensar propio de la humanidad continental. Un proceso, por otra parte, que puede cristalizar en breve, mediano o largo plazo

Uno de esos principios filosóficos creados y asumidos por el hombre nativo de esta tierra a través del tiempo es, precisamente, que todos los nacidos y adoptados en un determinado lugar son hijos de la tierra, con todos los derechos y obligaciones que tal realidad conlleva, más allá de la voluntad de uno u otro grupo que pueda pretender la exclusividad, o prioridad, de ese derecho a pertenecer a la tierra por la sola circunstancia de haber nacido en ella. En tal sentido, es tan hijo de esta tierra un selk’nam o aonik’enk de 3000 años atrás, un charrúa de hace 1000 y todos nosotros en la actualidad que también somos fruto de esta tierra, de la Pacha o Ivy en  el sentido filosófico más profundo. Sin dejar de tener presente, por supuesto ―y esto vale para todos los continentes― que el hombre nacido en un lugar puede, y de hecho lo hace, renegar de su matriz, es decir, de la Pacha o Mapu, del respeto que debemos al entorno en que se nace: es decir, el espacio vital que comprende la tierra, el aire, el sol, el agua, los vientos y el clima de un determinado lugar con los parámetros filosóficos que en ella cristalizaron y que trascienden las pretensiones de uno u otro grupo o individuo. Ese espacio vital en el que hemos nacido, no por elección, sino por circunstancias fortuitas. Por otra parte, no debe disimularse que no sólo los mal llamados ‘blancos’ transgreden los principios filosóficos tradicionales del continente sino también los mal llamados ‘indígenas’ u ‘originarios’ en la jerga de moda.

Ahora bien, una invasión puntual o circunstancial de no importa qué envergadura u origen y los que se pretenden o suponen ser sus descendientes;  un sistema político cualquiera, por más poderoso que sea; una agresión temporal del orden social y simbólico (como es la imposición de un sistema político, filosófico o religioso foráneo) … NO MODIFICAN EL PRINCIPIO FILOSÓFICO-ANTROPOLÓGICO DE MARRAS que está referido al hombre como tal y no a determinados hombres por pertenecer circunstancialmente a una u otra cultura emergente del torrente histórico local.

En este sentido no deben soslayarse dos realidades de peso filosófico y socio-político:

1.     Es cierto que desde 1492 comenzó una mortífera INVASIÓN a la humanidad ‘nativa’ por parte de otro continente que usufructuó y usufructúa descaradamente del nuestro, contra lo que ‘TODOS’ deberíamos luchar, sin excepción. Una invasión que continúa a través de estrategias aparentemente sutiles pero profundas, como es lo cultural globalizador en sus expresiones filosóficas y religiosas, y burdas como es el condicionamiento económico a nivel internacional.

2.     Esta Invasión es AL HOMBRE COMO TAL. Al hombre que habitaba el continente en el siglo XV, a los hombres que nacieron hasta el XVIII, a nosotros hoy y al de mañana. Esta invasión continuará si no nos sacudimos juntos el yugo. No se trata de una invasión al “indio” (que, como afirmamos, nunca existió ni existe en el continente), o al afroamericano, al criollo o gaucho… sino invasión al hombre como tal desde un centro de poder que, en este caso, nos sigue sometiendo mientras nosotros nos desgastamos peleando o discutiendo entre nosotros para dejar sentado quién es primero y quién tiene más derecho sobre los recursos, la tierra y su filosofía. Cuando en realidad todos somos hijos de la misma tierra que nuestra filosofía milenaria conceptualizó maravillosamente en el mito de la Pacha Mama o Mapu. TODOS TENEMOS LOS MISMOS DERECHOS Y OBLIGACIONES POR SER HOMBRES, por haber nacido en esta PACHA.

La estrategia básica del invasor es, precisamente, hacernos caer en la trampa de las peleas y divisiones internas y en la discusión académica de quiénes tienen más derechos sobre el patrimonio continental. Mientras no lo entendamos seguiremos sometidos, unos social y económicamente y la mayoría cultural y filosóficamente, sobre todo en el aspecto religioso y educativo que, en forma sutil o burda, son todavía alienantes y en beneficio de un centro de poder foráneo que ni siquiera respeta el origen que se atribuye, es decir, en su líder Jesús, que ―al menos según el tenor de los escritos bíblicos―  jamás se impuso a nadie y ni siquiera fue proselitista y menos invasor, a lo sumo discutió abiertamente con el poder establecido y con los hipócritas dando testimonio de algo con lo que se puede o no estar de acuerdo, como sucedió por ejemplo con Mahoma, Gandhi, el Che Guevara y tantos otros.

No referirse a los pueblos de origen anterior a la invasión del siglo XVI con el término ‘originarios’ no significa menospreciar la historia de nuestros antepasados, su contenido cultural y su presencia actual en nuestra historia. Historia que, como afirmamos, no empieza con ellos sino con los primeros hombres que ingresaron al continente hace muchos miles de años y que se continúa en la actualidad con nosotros, los nativos, los nacidos ‘aquí’. Tampoco los europeos consideran ‘originarios’ a los ligures, latinos, celtas, galos, griegos o romanos sino simplemente ‘sus antepasados’ de una única historia que empieza para ellos con el ingreso del Homo sapiens arcaico hace alrededor de un millón de años. Pero nuestro sistema educativo ―inventado e impuesto por el invasor y paradójicamente sostenido todavía― y nosotros mismos somos de tan corta mirada con relación a la humanidad de nuestro continente de todos los tiempos que hablamos de dos historias, la de los ‘indios’  y  la ‘nuestra’. Hablamos de ‘prehistoria’ si se trata de antes de la invasión, y de ‘historia’ si nos referimos al período colonial y republicano.

Una única historia continental, la del hombre. Presupuesto válido tanto para la Europa invasora y, a veces, invadida como para nuestra América invadida y mancillada con un nombre que nada tiene que ver con la trayectoria cultural de nuestra humanidad y con la simbología que produjo a través de los milenios.

Ya lo dijo Martín Fierro con sus palabras: “mientras nos peleamos los de adentro nos devoran los de afuera”. Es preciso levantar nuestra mirada hacia el pasado, palpitar el ingreso a esta tierra de nuestros primeros antepasados y admirar sus estrategias, simples y contundentes, lo cual no significa reproducirlas estructuralmente. Urge dignificar nuestra mirada hacia el presente y el futuro próximo asumiendo nuestra única historia en función de un compromiso que nos involucre a todos en la búsqueda de un estilo de vida propio, emergente y basado en la filosofía milenaria de nuestro continente, es decir, en el ‘pertenecer a la tierra’ y no en el ‘ser dueños de la tierra’; en el ser solidarios entre nosotros en tanto hombres y no de tal o cual parcialidad; solidarios frente a la agresión congénita de los occidentales cebados por nuestra riqueza humana y de la naturaleza; en el imperativo de ser libres y mancomunados en un pensamiento y estrategias creativas ante un ‘primer’ mundo que puja por dividirnos de mil maneras para reinar y desvalorizarnos y hacernos creer (a veces lo creemos) que estamos bien porque recibimos limosnas, sus espejitos y cuentitas de colores a costa de nuestra libertad de elegir cómo queremos ser y hacia dónde queremos ir.

Comments Off

Desde el Poder Ejecutivo Nacional habría ingresado al Congreso un proyecto de Ley que derogaría los argumentos que pretenden justificar el feriado  del 12 de octubre y lo reemplazaría por el de “la diversidad cultural”. Sea como fuere, el hecho se transforma en UN MOTIVO PARA PENSAR JUNTOS, una dimensión que nos compete.



CUANDO DESDE HACE DÉCADAS ─y en algunos casos siglos─ LA MAYORÍA DE LOS HABITANTES  DEL CONTINENTE ─de manera explícita o tácita─ RECLAMAN LA ANULACIÓN DEL FERIADO QUE “CELEBRA” EL 12 DE OCTUBRE DE 1492, no se está reconociendo y reafirmando que se trate de una deuda con los mal llamados ‘indios’ o ‘aborígenes’, de antes y de ahora, sino de una aberración interpretativa QUE NOS ATAÑE A TODOS LOS NACIDOS EN ESTA TIERRA. A todos, sin distinción de algún supuesto origen ancestral biológico extranjero, de color, de ideología o de ‘religión. Nos atañe por el sólo hecho de ser ‘hombres’.

ES HORA DE RECONOCER QUE NUNCA, ni antes ni después de la invasión de 1492, FUIMOS OCCIDENTALES o INDIOS, SINO HIJOS DE ESTA TIERRA QUE NOS VE NACER y CRECER. En efecto, el proceso histórico y la identidad de las personas es y surge de la tierra en que se nace, más allá de las ascendencias que difícilmente se puedan acreditar (‘aborigen’, europeo, asiático, africano, latino o sajón, religioso o ateo). Este presupuesto vertebral e irrenunciable está basado en la filosofía y en la tradición milenaria de la humanidad (‘humana’, no ‘indígena’) de este continente en el que “la tierra no solo no pertenece al hombre” sino que éste “es fruto de la tierra” no importa en que espacio y tiempo haya nacido.

La humanidad actual del continente no es invasora, si bien no faltan quienes, distraídamente, le hagan el juego a los intereses del invasor.

El fortuito arribo de los europeos a nuestras costas y sus absurdas estrategias invasoras posteriores  ─vergonzosamente activadas ‘en nombre de su dios y de sus reyes’─  para someter a los 70 millones de habitantes, o más, preexistentes y apropiarse del continente basados en la fuerza bruta y en la aberración simbólico-filosófica, nos afecta a todos por igual. La humanidad entera, y nosotros, debemos entender de una vez por todas que aquí no hubo, no hay ni habrá indios por un lado  y occidentales por otro, sino hombres de una única especie; hombres emergentes con distintas culturas a lo largo del proceso histórico milenario de ayer, hoy y mañana.

Introducción a la temática “12 de octubre 1492”

Comunicación personal del Prof. Juan José Rossi a los colegas docentes y a toda la comunidad educativa.

Durante 40 mil años, aproximadamente, la humanidad de nuestro continente experimentó su propia y legítima historia marcada por el desarrollo y evolución de diferentes culturas a lo largo de su extenso territorio. Hace apenas quinientos diecisiete años, cuando sus 70 o más millones de habitantes vivían en armonía con su estilo y pautas culturales “distintas” a las de los demás continentes, azorados e impotentes debieron asistir a una inesperada y brutal invasión que, sin retorno, transformó coercitiva substancialmente sus vidas y estructuras socio políticas milenarias. Para comprender el sentimiento y la reacción tardía que provocó aquel inesperado aluvión –que por diversas circunstancias nos enseñaron incomprensiblemente a celebrarlo como gesta heroica– es muy importante tratar de ponerse en el lugar de las víctimas que, aunque las describieron como salvajes, brutales, incultos e infieles, eran nada menos que personas como nosotros, con su estilo propio y una filosofía de vida distinta a la de los demás continentes. Personas que habían nacido en esta tierra antes que nosotros.

Dicha invasión ─lograda en el término de 100 años, llamados por ellos “el siglo de la conquista”─  se organizó lenta y tozudamente para concretar objetivos que se fueron delineando, práctica y teóricamente, en el transcurso de varias décadas, es decir, la apropiación indebida del territorio, el vaciamiento hormiga de sus riquezas materiales, la destrucción metódica de sus instituciones y, sobre todo, un genocidio sin precedentes para usufructuar del continente sin remordimientos. En su perverso imaginario, la irrupción y tenaz dispersión debía abrirles el camino a una fácil dominación y usufructo, como de hecho sucedió y continúa sucediendo aunque con métodos y estrategias diferentes a las del siglo XVI.

Los habitantes actuales del continente muchas veces suponemos que aquellos acontecimientos pasados de la invasión y las circunstancias presentes no están profundamente relacionados entre sí en el tiempo y el espacio continental. Como si nuestra actual dependencia económica y cultural no fueran un resultado obvio de los manejos del más fuerte, del que finalmente descaradamente puso las condiciones en su beneficio. En cierta forma los americanos y los argentinos seguimos cerrando los ojos para no ver la realidad  y no llamar a las cosas por su nombre. Queriendo o sin querer, no consideramos a la historia remota del continente como “nuestra historia”. En algún sentido muchas personas, y el sistema educativo mismo, se siguen sintiendo ‘europeos’ u occidentales y, de hecho, haciendo caso omiso de los valores, sistemas y principios emergentes de esta tierra a lo largo de milenios, piensan y actúan desde parámetros filosóficos, jurídicos y religiosos del continente invasor que, en forma compulsiva, logró imponer a lo largo de 300 años precipitándonos a los problemas graves que nos aquejan desde que teóricamente nos hemos independizado.

Frente a la endémica crisis que reiteradamente aparece en nuestras naciones de América, quizá sea el momento de buscar caminos alternativos de independencia y autogestión buceando en las raíces de la auténtica historia y cultura continental. En tal sentido es fundamental  motivarnos para abrir los ojos y ‘ver’ más allá de los documentos oficiales de la colonia y la república que dogmáticamente consagraron una burda distorsión de la historia continental y del hombre americano. Por otra parte, para hacer frente a la crisis parece fundamental revalorizar el proceso histórico en sí de nuestra tierra, que no se inicia a partir del 12 de octubre 1492, como pretende el enfoque del invasor y nuestras leyes actuales, sino desde que el hombre ingresó en esta tierra donde hemos nacido, asumiendo como propios los hechos y valores de las diferentes culturas nativas que nos precedieron en el tiempo, muchas de las cuales si bien son contemporáneas porque han logrado sobrevivir, se las silencia estratégicamente para no escuchar su voz milenaria y  disimular sus legítimos derechos, que también son los nuestros.

12 de octubre de 1492: ¿Pasó lo que nos dicen?

La ley del más fuerte

Ante cada “celebración oficial” del arribo ibérico a nuestro continente años, no es superfluo rememorar  los mecanismos utilizados por la posterior y sostenida intervención europea o “primer mundo” con el fin de introducir su modelo ideológico, político, económico y religioso y mantenernos sometidos, sutil o burdamente, hasta nuestros días.

Cuando en el siglo XV nuestra tierra ─a la que luego arbitrariamente se la llamaría “América”─ continuaba con el desarrollo de su propio proceso histórico-cultural extendido a lo largo y ancho de su espacio territorial y marcado por una fecunda variedad de culturas y naciones nativas (inuit, iroquesa, azteca, arawak, chibcha, inca, guaraní, wichí y selk’nam, por nombrar solo unas pocas) Europa se debatía en profundas luchas internas y externas (sobre todo la Península ibérica) para  garantizar poder y recursos a monarcas, príncipes, nobles y ejércitos, objetivo primordial que hizo posible la apropiación y el saqueo sistemático de nuestro enorme y maravilloso continente.

Los movimientos expansionistas europeos iniciados en el siglo XV, al principio por  españoles y portugueses luego por otros estados europeos, contaron con la participación interesada y motivadora de sus respectivas coronas y del catolicismo, cada uno en su ámbito. Mientras los primeros convenían en capitulaciones con los exploradores para asegurarse un elevado diezmo y la adquisición prepotente de tierras y recursos ajenos, el segundo proveía, directa o indirectamente, la permisión moral e ideológica de acciones aberrantes y un “ideal” que elevaba al rango de “cruzada civilizadora y evangelizadora” un proyecto indiscutiblemente ilegítimo de apropiación territorial,  de usufructo comercial y sometimiento político expansionista. Sin embargo, cabe preguntarse por qué y cómo lograron el resonante éxito que todavía se considera una gesta  heroica y civilizadora tanto en las leyes como en nuestra conciencia.

Al arribar Colón a las islas –y posteriores aventureros a otros enclaves– la actitud inmediata adoptada por los habitantes del continente fue, por un lado de enorme sorpresa frente a la presencia de gente surgida del mar con curiosas armas y extrañas vestimentas y, por otro, de absoluta hospitalidad. En los primeros contactos jamás los nativos ofrecieron resistencia ni declararon guerra alguna. Sólo ante el abuso sorpresivo y despiadado reaccionaron tratando de hacerlos retroceder, pero sin éxito ante las poderosas armas y estrategias europeas. Por su parte los recién llegados, a medida que avanzaban ‘dudaron’ de que los nativos ―supuestamente habitantes de ’Las Indias’ occidentales― fueran ‘descendientes de Adán y Eva’, o sea, que fueran verdaderos hombres. Esta absurda consideración ’filosófica’ de exploradores, misioneros, espías y filósofos de la época acerca de la naturaleza de los nativos, más allá de algunos extemporáneos y tardíos documentos oficiales en su contra, se transformó en un justificativo siniestro que, ante su conciencia o inconciencia “cristiana”, legitimó el inicio de una cadena de aberrantes acciones invasoras. Sostuvieron, por ejemplo, que los “bárbaros” podían ser esclavizados ya que, según su arbitraria teoría, eran “infieles” y éstos, a su vez, seres indignos porque rechazaban la “verdadera fe” (¡la de ellos!), en consecuencia merecedores de ser perseguidos, esclavizados y aniquilados en la medida en que se resistieran. Un argumento falaz que les dio luz verde para justificar, tanto la esclavitud cuanto el genocidio y saqueo indiscriminado.

Este fue uno de los tantos sofismas utilizados por la corona y las instituciones autodenominadas “cristianas” para legalizar cualquier acto de destrucción o imposición de su sistema. Desde esa posición ideológico-estratégica los “civilizadores” se permitieron  imponer por la fuerza su propia cosmovisión, ajena a la humanidad local, e implementar por la fuerza su sistema de vida desvalorizando en tanto “diabólicas” las creencias de nuestro continente y quebrando las estructuras sociales milenarias, inclusive sus idiomas, tradiciones y escritura jeroglífica e ideográfica. En última instancia desactivaron lo medular de aquellos antepasados nuestros que hasta ese momento vivían  “a su modo”. Estratégicamente neutralizaron la capacidad de reaccionar ante la insaciable avalancha de invasores e inmigrantes ávidos de ‘salvarse a sí mismos’ despreciando todo lo preexistente.

A partir de allí, los invasores  actuaron seguros y a cara descubierta sometiendo a la población de nuestro continente a la desesperanza y a la  esclavitud vergonzosa por medio de aberrantes estructuras como la encomienda, mita, factorías, minas reales y otras formas “legales” con que explotaron y exterminaron a la humanidad según ellos “descubierta” para civilizar y cristianizar. No resulta extraño, entonces, que, según refiere el sacerdote Las Casas, el cacique Hathucci  poco antes de morir en la hoguera por resistirse al sistema europeo sostuviera el siguiente diálogo con un religioso que lo instaba a bautizarse ‘para ir al cielo y salvarse del infierno’:

¿Ustedes también van al cielo?, preguntó la víctima.

Sí, respondió el fraile.

Entonces —contestó el cacique— no quiero bautizarme para no encontrarme de nuevo con los crueles y tiranos españoles.

El sistemático proceder de los españoles y portugueses, sumado a las enfermedades infecto contagiosas traídas desde Europa, provocó una alarmante disminución de la población nativa. En las islas del Caribe, por ejemplo, tras someter a dos o más millones de habitantes en sólo una década (Colón todavía no había muerto) apenas quedaban alrededor de 300 mil nativos; en el valle de México, entre 1520 y 1580, de 25 millones bajó a 1.9 millones y en los Andes centrales de 11 millones a 1.5 millones durante el mismo período. Estos datos resultan agobiantes y son prueba inapelable del genocidio desatado en nuestro continente. Sin embargo, en leyes y textos escolares a aquella intervención masiva se la califica como “gesta heroica”.

Si bien en la historia oficial estos hechos persisten con una visión mal idealizada o tergiversada y el sistema educativo no los modifica ni los propone como aberrantes, es indiscutible que fueron consumados  ininterrumpidamente a partir de aquel 12 de octubre de 1492. Quizá no nos resulte fácil asumir una mirada crítica de lo que se nos ha enseñado, pero es nuestra responsabilidad desenmascararlos para ubicar los acontecimientos en su lugar y darles el nombre que se merecen, como inclusive lo hicieron algunos europeos de aquella época aunque no fueron escuchados por los intereses mezquinos que motivaban y motivan el sometimiento de América.

Bartolomé de Las Casas, por ejemplo, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias denunciaba sin atenuantes que “Entraban los españoles en los poblados y no dejaban niños ni viejos, ni mujeres preñadas que no hicieran pedazos. Hacían apuestas sobre quien de una cuchillada abría un indio o le cortaba la cabeza de un tajo. Arrancaban las criaturitas del pecho de las madres y los lanzaban contra las piedras. A los hombres les cortaban las manos, los amarraban con paja seca y los quemaban vivos en las hogueras, les clavaban estacas en la boca para que no gritaran. Para mantener a los perros amaestrados, colocaban indios en cadenas, entonces los mordían y los destrozaban. Yo soy testigo de todo esto y de otras maneras de crueldad nunca vistas y oídas”. Por otra parte un proceder acorde con las exigencias del famoso y más perverso documento que haya redactado la mente enferma de los gobernantes ibéricos de aquel tiempo, el “Requerimiento” que debía ser leído a las comunidades antes de ser sometidas o destruidas, en el caso de no aceptar las condiciones:

Si fue así ¿por qué suponemos ingenuamente  que se trató de civilización, pacificación y evangelización para salvar a los habitantes del continente? ¿Salvarlos de qué?

Entonces ¿Qué les decimos a nuestros alumnos acerca del 12 de octubre?

No es sencillo encarar ciertos cambios de conceptos y de lenguaje en la tarea educativa, sobre todo cuando están muy arraigados en la sociedad como es el caso de todo lo referente a la intervención europea a partir del 12 de octubre de 1492. Todavía hoy manejamos palabras que encierran profundos y condicionantes significados e ideologías, como por ejemplo indio, conquista y civilización de bárbaros infieles o salvajes, asumiéndolas como intocables por el peso del largo tiempo en el que fueron generadas y transmitidas estratégicamente por quienes sometieron, saquearon y siguen saqueando nuestra tierra. Obviamente no me estoy refiriendo a los ‘inmigrantes’ de los siglos XIX y XX, sino a la irrupción europea que va del siglo XV al XVIII.

Casi todos los cuestionamientos filosóficos, ideológicos y témporo-espaciales referidos a esta temática requieren, sin duda, una saludable reflexión personal del docente, padres y responsables de la educación de nuestros hijos y una conveniente adaptación a las edades en función de los objetivos propuestos. Es obvio, por ejemplo, que en el nivel Inicial y Primario la cronología de los hechos y el tratamiento del espacio donde éstos se desarrollaron no son captados de la misma manera que en el Secundario y Universitario. Por lo tanto, contenidos y formulación de los temas deben adaptarse y dosificarse convenientemente.

Analicémoslo en un ejemplo concreto. Todavía en la actualidad en muchas aulas se enseña de forma espontánea o a-crítica que hay dos historias, una anterior a la invasión y otra posterior, y que los indios son seres exóticos (extraños o de otro lugar), algo así como “apéndice” de la verdadera historia. En este caso, cuando el docente, apoyándose en curriculas, planificaciones y textos oficiales u oficiosos tradicionales, tácita o explícitamente propone como “inicio de nuestra historia la llegada de Colón y demás navegantes y exploradores europeos de los siglos XV al XVIII” (conceptual y lingüísticamente mal llamado “descubrimiento”) distorsiona la realidad. Al poner énfasis en el despliegue y estructura colonial (es decir, en la apropiación indebida del continente) incluyendo sólo algunas referencias a “los indios” (que no eran ni son tales sino “habitantes” como lo somos nosotros en la actualidad) niega un principio antropológico irrenunciable: “que todos somos igualmente hombres y con los mismos derechos”. Al transmitir que Mendoza, Garay, Cabrera, Hernandarias, Rocamora, etc., fueron pioneros del “poblamiento” de estas tierras litoraleñas y fundadores de ciudades (en realidad fueron pequeñas aldeas para cuidar tierras arrebatadas ilegítimamente a otros habitantes, en nuestro caso a los charrúa, chaná y guaraní). En fin, al festejar y ensalzar al 12 de octubre, etc., lo que hacemos es decirnos a nosotros mismos y decirle a los alumnos que “nuestra” historia comienza con esos acontecimientos y que la de los indios es “otra” historia, al margen de la nuestra, o que simplemente no es historia.

¿Qué hacer con esta óptica frente a niños de 10 años, adolescentes de 15 o jóvenes de 17 o más años? En general los padres “callan” –dicen no tener argumentos para avalar lo contrario–  y los docentes, aunque íntimamente no compartan esa perspectiva histórica metida a presión  desde nuestra niñez, temen provocar problemas en los alumnos o contradecir a directores y supervisores creando un aparente conflicto de poder.

El problema es real ya que en la práctica un viraje en este sentido puede chocar con los padres y representantes del sistema o de la escuela, pero eso no nos exime de encararlo con suma paciencia y comprensión. En la medida en que uno mismo ideológica y teóricamente esté convencido de la perspectiva y el contenido histórico que se desea transmitir, el problema se diluye substancialmente porque el alumno, con ningún o pocos prejuicios, busca la verdad y transparencia de los hechos, aunque no lo exprese.

Con relación al cambio de perspectiva histórica, significado y lenguaje del contenido que se transmite es preciso diferenciar las edades:

A partir del Secundario

1) Debemos mostrarnos objetivos, es decir, mostrar las dos o más campanas de lo sucedido y transmitido a través del tiempo: una campana sería “el fortuito arribo europeo, considerado por ellos mismos en tanto gesta civilizadora y pobladora del continente”; la otra, que “aquí vivía gente desde miles de años antes, con todos los derechos de hombres”. Así en cada tema.

2) La honestidad intelectual nos exige llamar a las realidades por su nombre y no distorsionar o retacear los hechos, dejando a los alumnos la posibilidad de elaborar sus conclusiones, aunque sean diferentes a las del docente y el sistema. Por ejemplo: usted no les puede afirmar taxativamente que Mendoza, Garay o Hernandarias “poblaron” por primera vez a estas tierras porque en ellas vivía gente organizadamente desde por lo menos 10 mil años antes de ese momento. Sí puede decirles que invadieron y desplazaron a pueblos preexistentes con culturas y organizaciones propias, abriendo, de ese modo, la discusión.

3) En función de lo anterior es prioritario documentarse y ejercitar la lectura entre líneas de la información que proporcionan documentos y autores oficiales de la invasión o clásicos posteriores. Por ejemplo: las crónicas y sus comentaristas generalmente sostienen que los nativos hacían la guerra despiadadamente y mataban a los españoles que intentaban penetrar en sus tierras para anunciarles la religión europea… Sin embargo fueron los españoles quienes agredieron primero, declararon la guerra y exterminaron cruelmente a los nativos que se defendían para que no les arrebataran su hábitat y su cultura. Piensen: ¿qué haríamos nosotros docentes, los padres de los alumnos y los alumnos mismos si invadieran nuestros hogares con el argumento de que los invasores (es decir, los usurpadores) son superiores a nosotros, por ejemplo los chinos, iraquíes o ingleses?

Si los textos oficiales asumen la visión del vencedor —como suele ser por costumbre o convencimiento— se los debe analizar críticamente, sin temor, y con argumentos ante uno mismo y los alumnos. Recordemos que  “educar” no es aprender de memoria un esquema o fórmulas, sino motivar la capacidad de crecer, entender, investigar y comprometerse con la realidad.

A niños del Primario

No se les presenta a boca de jarro ni una ni otra visión de la historia y hechos concretos como si una de las dos fuera la verdad absoluta e incuestionable, sino más bien se activa una búsqueda en común de los acontecimientos pasados “desde que el hombre ingresó al continente o a la Argentina”, tratando de relacionarlos con el presente. Los niños deben tener muy claro, más allá de lo que cada docente piense del ingreso europeo,  que el verdadero hombre no ingresó en 1492 con los españoles sino hace miles de años. En este punto al docente se le abre un panorama fascinante para elaborar con sus alumnos una serie de temas: cuándo entró, por dónde, quiénes, por qué, cómo se fueron formando las culturas, etc., hasta llegar a nuestros días, pasando también por la invasión, el coloniaje y la República.

En todos los casos, con simplicidad y firmeza se debe explicar a niños,  jóvenes y adultos que, aunque las crónicas, documentos y comentarios europeos oficiales dijeron otra cosa, nuestros antepasados nativos (o sea, gente nacida aquí, no “indios”) frente a la irrupción inesperada y avasalladora defendieron como pudieron a sus hijos, sus mujeres y ancianos, su cultura, bienes y hábitat… como lo harían nuestros padres ante la irrupción en nuestra hogar de un criminal, aunque  aparezca como “muy culto y generoso”.

Es innegable que nos enfrentamos a una visión muy arraigada. Tan excluyente que, por el sólo hecho de cuestionarla, a veces nos confunde y hace sentir culpables de “lesa identidad”. Sin embargo debemos dejar que los hechos nos interpelen.

Comments Off

Resumen

  • Se habla y se escribe bastante sobre los derechos de los pueblos originarios o aborígenes, pero desde hace cinco siglos se los considera ‘marginales’ o, peor aún, como si fueran extranjeros en su propia tierra. En consecuencia, no se respetan sus derechos, a lo sumo se los considera ‘objeto’ de civilización y conversión desde un paternalismo y asistencialismo humillantes.
  • Ante esa realidad se impone un cambio substancial de la percepción y accionar de la sociedad y del poder político que teóricamente representa a la población de la Argentina y también cambio del enfoque del sistema educativo, en especial de la historiografía.
  • Ahora bien, un cambio profundo de la mentalidad y de los presupuestos filosóficos con los que nos relacionamos a los pueblos aborígenes –o de origen anterior a la invasión del siglo XVV–  de la Argentina y del continente implica, ante todo, reformular los contenidos de la enseñanza, sus métodos de investigación y de transferencia de esos contenidos a través de nuestras acciones educativas y actitudes concretas en la relación con el devenir de la historia milenaria continental y con el sector de la población de origen pre-invasión que, a pesar de la enorme presión de que fueron objeto durante siglos, aún vive y defiende su identidad y milenario mundo cultural. Sólo esta persistencia –que generalmente pasa desapercibida a nuestros ojos a no ser por acontecimientos puntuales reflejados en la prensa– es asombrosa y merece nuestra atención si pretendemos ser respetuosos de todos sus derechos.
  • Para lo cual es imprescindible que el sistema educativo en general y las universidades en particular superen ciertos prejuicios ingresados con la cultura invasora del siglo XV y asuman una mirada distinta de la historia y cultura continental testimoniada –más allá de un lógico mestizaje de las mismas– por los pueblos originarios.
  • Así como en el sistema educativo se concede un amplísimo espacio curricular a la historia, filosofía y mitología europea y oriental, sería necesario incorporar una o más disciplinas que contemplen el proceso y contenido de la historia y cultura remota y contemporánea de los Pueblos Originarios (de raíz pre-invasión) de América y Argentina. La implementación de un proyecto de esas características nos llevaría a un progresivo conocimiento y aprecio de nuestro auténtico patrimonio histórico-cultural y a un mayor respeto por los legítimos derechos de los pueblos originarios o emergentes en esta tierra a lo largo de los milenios.

La problemática

Se habla y se escribe bastante sobre los derechos de los pueblos originarios o aborígenes, pero desde hace cinco siglos se los considera ‘marginales’ o, peor aún, como si fueran extranjeros en su propia tierra. En consecuencia, no se respetan sus derechos. A lo sumo se los considera ‘objeto’ de civilización y conversión desde un  paternalismo y asistencialismo humillantes.

Ante esa realidad se impone un cambio substancial de la percepción y accionar de la sociedad y del poder político que teóricamente representa a toda la población argentina.

Ahora bien, un cambio profundo de la mentalidad y de los presupuestos filosóficos con los que nos relacionamos a los pueblos aborígenes de la Argentina y América implica, ante todo, reformular los contenidos de la enseñanza, sus métodos de investigación y de la transferencia de esos contenidos a través de nuestras acciones educativas y de nuestras actitudes concretas en la relación con el sector de la población de origen pre-invasión que, a pesar de la enorme presión de que fueron objeto durante cinco siglos, aún viven y defienden su identidad y milenario mundo cultural. Sólo esta persistencia –que generalmente pasa desapercibida a nuestros ojos a no ser por acontecimientos puntuales reflejados en la prensa– es asombrosa y merece nuestra atención.

Superar los prejuicios del sistema y de la sociedad

Podemos referirnos –y de hecho lo hacemos cada vez más– a los ‘derechos humanos’ de los aborígenes. ¿Pero en qué sentido y con qué óptica?  Y diría que en la Argentina está de moda.

Sin entrar en prolongadas disquisiciones puede decirse que la única manera de referirnos legítimamente a sus derechos es partiendo del presupuesto filosófico existencial básico de que ‘ellos y nosotros’ –aborígenes y no-aborígenes– somos tan hombres unos como otros y que, en consecuencia, detentamos los mismos derechos de sobrevivencia digna en todos los órdenes y de autodeterminación en el contexto de la propia cultura. Por otra parte, tratándose de los pueblos de origen preinvasión podríamos decir que aún gozan de más derechos que cualquier otro ‘nativo’ (nacido aquí) por su condición de emergentes de esta tierra mucho antes de que se produjera la cruel y devastadora invasión occidental.

Es imposible conocer el mundo nativo de origen prehispánico de nuestra Argentina si nos acercamos a él con criterios pre-formados o con parámetros filosóficos y morales pertenecientes a otra cultura, por más estructurada y poderosa que ésta sea. Difícil valorar su realidad si la analizamos con sentimientos de culpa por haberla “supuestamente” destruido nosotros, o con complejos de inferioridad frente a otras culturas de América consideradas “superiores” (Tiawanacota, Inca, Azteca o Maya) a las de nuestra Nación (Diaguita, Tehuelche, Huarpe, etc.)

Si recorriéramos con rápida mirada a la Argentina y al continente pre-hispánico, detectaríamos en sus culturas nativas diferencias remarcables tan ricas y distantes entre sí como pueden apreciarse, por ejemplo, entre indios de la India y chinos. Diferencias y logros estimulantes, sin lugar a dudas. Nos encontraríamos con  dimensiones dispares y procesos desiguales que arbitrariamente o por ignorancia se los suele adjetivar todavía como “inferiores”, “salvajes”, “semi-salvajes”, “primitivos” o, por el contrario “más civilizados” e “imperialistas” (caso inca). Esta clasificación de gabinete suele provocar en nosotros dos reacciones clásicas incorporadas a la mentalidad de los argentinos por influencia del sistema educativo. Nos avergonzamos de algunas culturas y resolvemos que “son cosa de indios” o, si las consideramos asombrosas —caso Azteca— las vituperamos o descalificamos como ‘caníbales’ o ‘imperialistas’ desde una posición de ‘cultura democrática (?) superior’.

Con frecuencia la literatura filosófica, antropológica e histórica y los docentes, aún admirando algunos de sus logros, se refieren despectivamente a incas y aztecas porque los consideran ‘imperialistas’; a los caribe y tupí guaraní ‘antropófagos’; a los charrúa, querandí y tehuelche ‘nómades’. En general con recelo hacia todos los “indios” porque ‘se hacían la guerra’ y ‘resistían la cruzada civilizatoria’ de los europeos.

La realidad es que, más allá de lo que piensan y escriben los intelectuales del viejo mundo y discípulos repetidores de nuestro continente, no existen ‘altas’ y ‘bajas’ culturas, como tampoco personas ‘superiores’ e ‘inferiores’; ni naciones ‘desarrolladas’ o ‘subdesarrolladas’ culturalmente. Son categorías fundadas en sofismas utilitarios y económicos para vivir a costa de los demás y eficaces para justificar algún tipo de dominación.

Para entender las manifestaciones culturales de nuestro continente, cualquiera sea, es necesario dejar de lado los prejuicios. No hablar ni escribir “desde fuera” al modo de los cronistas y misioneros que lo hicieron con absoluta irresponsabilidad sin compenetrarse y sin tratar de captar el fondo de lo que, muchos de ellos, ni siquiera vieron con sus propios ojos.

Una mirada distinta de la Historia y Cultura continental

Otro presupuesto a tener en cuenta en cualquier reforma educativa, en nuestra investigación personal y en su transferencia a terceros (hijos, alumnos, amigos, libros, cine, teatro, periodismo, sociedad en general) es la necesidad de conocer la realidad desde parámetros surgidos de la cosmovisión y pensamiento nativo que, sin lugar a dudas, era y es distinto de los demás continentes del planeta. Inversamente, éstas eran y son distintas a la nativa de América. En ningún caso se está habilitado a destruir o menospreciar culturas como hicieron los europeos –y quienes se creen sus descendientes– con las de América. A esta altura de los acontecimientos, reconocer y valorar la historia del continente desde los propios parámetros culturales no es sencillo porque en general se los ignora o se los supone inexistentes. Pero es posible y condición sine qua non para enderezar el eje curvado de nuestra historia americana y referirnos con fundamento al tema de los derechos humanos en la óptica que se le pretende dar en la actualidad.

Con relación a la estructura básica del pensamiento americano téngase presente, como premisa genérica, su visión global del cosmos y su simbología significante. Para el nativo, anterior a la influencia coercitiva occidental-bíblico-judeo-greco-cristiana, existen tres niveles o mundos que configuran su universo en una perfecta e indisoluble unidad: el de arriba, significado generalmente por el cóndor, águila o copa de un gran árbol; el de la superficie, por el jaguar y el hombre y el de abajo por los reptiles, especialmente la serpiente y batracios. Tres mundos involucrados. Saliendo uno de otro y abrazados iconográficamente por las alas del cóndor en un círculo perfecto que da sentido armónico a la vida. Al menos una coherencia simbólica y gráfica frente a una realidad compleja y difícil de entender, tan difícil e insondable como es la nuestra en la actualidad a pesar de indiscutibles adelantos científicos y tecnológicos.

Esta visión del universo fundamentó y fundamenta los lazos solidarios de la gente entre sí y con todos los componentes de la naturaleza, “uno” de los cuales es el hombre. Su estructura simple puede parecer ingenua, y en algún sentido lo es, pero no sin consistencia. En la práctica simplifica y cohesiona la vida del grupo, unifica los elementos que componen la realidad y neutraliza, en parte, las angustias subjetivas frente a lo desconocido, las enfermedades y la muerte. Función, esta última, que intentan, con relativo éxito, filósofos, sacerdotes, pastores, psicoanalistas y psicólogos de la sociedad antigua y contemporánea.

Puede contribuir a una mejor comprensión de este núcleo filosófico americano contraponerlo a la filosofía típicamente greco-judeo-cristiana-occidental que, tal cual llegó a nosotros no deja de ser una melange que ubica al hombre en el centro como “rey de la creación” con poder absoluto para dominarla. Gran parte de esta perspectiva se apoya y fundamenta en la praxis de la cultura invasora, hoy generalizada en América, sobre todo en varios textos de la Biblia hebrea retomada al pie de la letra por el cristianismo desde hace dos mil años e impuesta con absoluto dogmatismo (con censuras, inquisición y el recientemente desaparecido “Index”) primero en Europa y más tarde en América.

América milenaria tuvo y tiene su propio estilo de vida y filosofía  que, no por desconocida, es inexistente.

Uno de los manifiestos más conocido en el mundo occidental-cristiano y en América es, precisamente, el contenido de la carta que un jefe Seattle de aquel territorio envió al presidente Franklin Pierce (1855) quien había propuesto “comprar” las tierras al grupo nativo Suwamish del noroeste del actual EE.UU. Como toda respuesta el jefe aborigen dictó, para ser transcripta en inglés porque el presidente desconocía el idioma nativo, la memorable carta en la que argumentaba pacíficamente en contra del proyecto colonialista. Una síntesis perfecta del contenido es uno de sus párrafos que, a su vez, expresa el pensamiento contundente del nativo de América y sus actitudes cotidianas que aseguran el equilibrio del medio ambiente: “La tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra”.

El jefe Seattle reflexionó proféticamente: “Sabemos que el hombre blanco —término que no hace referencia al color de la piel sino a la filosofía y comportamiento de los invasores sean éstos ingleses, holandeses, hindúes, egipcios o tunecinos— no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro, porque es un extraño que llega en la noche a sacar lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo. Cuando la ha conquistado, la abandona, y sigue su camino. Deja tras de sí las sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que le importe. Olvida la sepultura de sus padres y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras de sí sólo un desierto”.

La filosofía de América —no la de América invadida y obsecuente, sino la de siempre, la profunda, la milenaria, la que “escondieron” los invasores— apunta lejos sin demasiados discursos “democráticos”: organizar lo existente, todo aquello que configura la realidad, y respetar los elementos de la naturaleza utilizándolos a partir de una estrategia basada en mitologías fascinantes que tienen como protagonistas a sus ancestros “de otros tiempos” transformados en sol, luna, estrellas, montañas, viento, nieve, árboles, ríos, animales… La América milenaria personifica a los elementos al punto de convertirlos en sus inspiradores de principios ético-morales y, por qué no, en censores de sus actos estratégicos de sobrevivencia y progreso tecnológico con el fin de salvaguardar el equilibrio de este cada vez más frágil planeta.

El hombre de la América profunda y antigua, de la sometida a pesar suyo desde hace cinco siglos, tiene su propia filosofía, sus parámetros originales para explicar y vivir la realidad. Por tal motivo aún hoy los nativos ofrecen su tributo a la Madre Tierra: cada vez que accionan sobre ella ‘piden permiso’ a los ‘dioses’ o ‘dueños’ de animales y vegetales en función de la sobrevivencia. En última instancia se trata de una sabiduría que todos deberíamos adoptar más allá o al margen del factor “religioso” institucional oriental-europeo al que cada uno pueda sentirse adscrito. No se trata de cambiar de religión o apellido sino de asumir actitudes concretas frente a la realidad y a la tierra en que hemos nacido para no sucumbir a corto o mediano plazo bajo los efectos de la energía atómica liberada, la contaminación, depredación o voracidad de empresas multinacionales y nacionales. Estas, por el hecho de concentrar el poder económico internacional o local —también el político— a veces se sienten inmortales y dueñas del planeta.

El hombre originario de toda América pre-invadida pensaba y actuaba –piensa y actúa–  sin “disquisiciones filosóficas” –lo cual no es lo mismo que carecer de filosofía–, desde la simple convicción de que todo está involucrado en una única realidad coherente, a pesar de ciertos fenómenos inexplicables o contradictorios que ellos resuelven con ricas y funcionales mitologías , hasta el respeto por la naturaleza de la que somos parte y no dueños. Fenómenos que, todavía hoy, muchos siguen siendo enigmáticos, como por ejemplo el origen de la vida y sincronización, aparentemente sin límites, del universo.

Mayas, olmecas, mixtecas, aztecas, aymaras, quechuas, incas y otros, a ese pensamiento o visión de la vida inclusive lo tenían “escrito” en sus maravillosos códices, quipus; en monumentos, pinturas rupestres, grabados, estelas líticas y esculturas que representaban fuerzas creadoras, organizadoras y sustentadoras de la realidad. Pero los escritos europeos de raíz indo-greco-latino-céltico y anglo-sajón explicarían a esas manifestaciones como simples representaciones supersticiosas de sus “dioses”. Término, este último, que cronistas y misioneros estratégicamente impusieron a los nativos para quienes toda “deidad” o “ser superior” encerraba un sentido distinto al bíblico oriental y/o mitológico de las vertientes griego-asiática.

Todo ello para explicar de algún modo y coherentemente lo que acontece en la realidad. Es obvio que la mitología, religiones –en cuanto ritualización e institucionalización de cosmovisiones y mitos de una u otra cultura– y principios resultantes de esta manera de pensar de los pueblos americanos no son ni pretenden ser “la verdad”. Constituyen parte de la estrategia de vida de esos grupos que se va enriqueciendo o modificando en el tiempo –y a veces desapareciendo– por la convergencia de distintas tradiciones y diferentes “genios” emergentes. Tradiciones sólidas, pero permeables en función de la sobrevivencia digna y de la cohesión socio-política.

Sin comparaciones

En cuanto a cómo investigar, transferir y respetar la presencia de las culturas “aborígenes“ en el proceso de humanización de los habitantes de nuestro territorio hasta el presente, resta una última precisión simple y fundamental: se debe asumir la compleja realidad de los pueblos originarios –por el momento marginal y desencajada del eje de “nuestra historia” impuesto por el invasor– sin comparaciones o, si se prefiere, más allá de las mismas.

En lo que llevamos de historia humana ‘algunas’ culturas pudieron ‘aparecer’ como inferiores y ‘otras’ como superiores a las nuestras. Mejores o más avanzadas ‘en ciertos aspectos’, pero siempre hay otros en los que realmente no lo son. Algo similar sucede entre las personas. Estas no solo deben estar satisfechas consigo mismas sino que además tienen derecho a que se las respete tal cual son, como entidad intransferible. Este presupuesto no implica que todos los hombres somos iguales. Cada uno es como puede y quiere en el medio que elige o le toca vivir. Con las culturas acontece otro tanto a no ser que determinados grupos, pueblos o instituciones, padezcan de ‘etnocentrismo agudo’. Enfermedad ésta que, en su proceso, degenera invariablemente en imperialismo y colonialismo material y ‘espiritual’ –en el sentido de ‘religioso’ –que generalmente no tiene nada de ‘espiritual’ sino que se trata de estrategia invasora.

En esta perspectiva es posible y necesario lograr un auténtico respeto por las culturas y derechos humanos de los pueblos originarios, sin eufemismos ni rebuscadas discusiones o proyectos asistencialistas que finalmente dejan todo como está.

La investigación y transferencia educativa debería estar orientadas a una aproximación respetuosa que valorice todas las dimensiones de sus culturas, es decir, no sólo el derecho a la autodeterminación en el contexto político nacional sino cada uno de los derechos que les asisten en tanto hombres como cualquiera de nosotros: hábitat propio (tierra), sobrevivencia digna, idioma, educación acorde a su cultura, etcétera.

Aproximación respetuosa o etnografía

El enunciado de este subtítulo parece obvio, es decir, el “estudio” de las etnias o pueblos de la humanidad y su inter relación en la historia. Teóricamente así lo entienden todos los antropólogos, etnógrafos e historiadores de la actualidad. Sin embargo cabe preguntarse ¿estudio de qué pueblo? ¿Qué estudio? ¿Para qué?

La Etnografía, tal cual se implementa en el mundo de las ciencias humanísticas resulta ser más un vicio que una ciencia, si entendemos por ciencia el conocimiento de la realidad,  respuestas a interrogantes del hombre y un servicio a la humanidad como tal. Desde el siglo XV –de la era cristiana europea– innumerables cronistas de los estados invasores, súbditos de la iglesia católica y protestante, aventureros, espías del territorio, exploradores, antropólogos, arqueólogos e historiadores… escribieron desde Europa miles de volúmenes sobre distintos pueblos o etnias de nuestra América, también de la Argentina y, por supuesto, de las ‘variedades’ de negros africanos y “mestizos”! Ante esa voluminosa producción ‘académica’, política, económica, diplomática y frecuentemente novelesca debemos preguntarnos: ¿Desde qué parámetros y filosofía se produjeron esas obras? ¿para qué y para quiénes? La respuesta parece simple, pero no lo es. Con relación al sujeto estudiado argüirán que lo hicieron y hacen para que ‘el estudiado’ se auto valore y, en función de los “investigadores” (los escribientes), para conocer mejor a ciertos pueblos y sentir el placer “académico” del descubrimiento de algo ‘diferente’, cuando en realidad, de hecho, es una herramienta político-económico-cultural para manejarlos a su antojo y conveniencia a partir de sus propios criterios y pautas culturales de investigación. Por supuesto, nos estamos refiriendo al estudio de pueblos del Tercer Mundo, marginales, endógenos o raros (según la jerga “académica”). Curiosamente nunca al estudio de ‘etnias’ detentadoras del poder. Estas últimas son las que estudian, los demás somos los estudiados. Tal perspectiva, sutilmente perversa, no invalida ciertos trabajos de etnógrafos y antropólogos conscientes de su función que, en este momento, inclusive se atreven a analizar el etnocentrismo de etnias europeas y norteamericanas que desde sus fabulosas universidades se aplican a estudiar, comparar, clasificar y dar a conocer diferentes culturas ‘exóticas’ –para ellos–, ‘distantes’ –con relación al predio de su universidad–, en peligro de extinción o de derrumbe por causa del sistema económico internacional que traba su propio estilo de producción y sobrevivencia y por la globalización de la cultura que impone el andamiaje de un sistema económico perverso al que los pueblos y regiones se obligadas a adherirse o perderse para siempre. ‘Científicos’ y ‘académicos’ que justifican las partidas presupuestarias de sus grandes universidades y sacian su sed de curiosidades y de control desde su torre de marfil. ‘Científicos’ que finalmente, lo sepan o no –y es lamentable que no lo sepan pretendiéndose tales– hacen el juego a núcleos etnocéntricos, imperiales y soberbios de sus propias sociedades. A veces, ‘científicos’ emergentes de los mismos pueblos elegidos para ser estudiados, pero totalmente estructurados y formados en el “primer mundo” de la ciencia, a su servicio. Se aplican al estudio de pueblos ‘marginales’, “endógenos” o “exóticos”, con parámetros resultantes del proceso de una cultura que nada tiene que ver con el proceso y parámetros de los pueblos ‘estudiados’. Pero como se trata de científicos y académicos del primer mundo, todo vale.

Hubo, en este sentido, una gran producción etnográfica, a veces brillante. Sin embargo, el tobogán de las culturas y pueblos nativos del “Tercer Mundo” y sus derechos siguen en picada, más allá de las intenciones nobles de uno u otro etnógrafo e historiador. Si de etnias “aborígenes” se trata –curiosamente son sindicados por estos genios del primer mundo y sus obsecuentes admiradores del tercero como “aborígenes” o “indígenas”, no como habitantes con su propia cultura, a veces milenaria, que no es ‘rara’, sino ‘la suya’ propia— en cualquier continente, su estudio hasta ahora se utiliza para dominarlas, explotarlas, cercarlas mejor o, a lo sumo, almacenar datos con fines ‘científicos’ en bien de la humanidad futura, como sucede en la actualidad con la extracción de muestras de sangre a grupos genéticamente endógenos en Colombia, Panamá, en el Gran Chaco, Neuquen, etc. Proyecto este último anglo-norteamericano cuyos resultados, tal como acontece con toda la tecnología y ciencia ‘de punta’, alcanzará a unos pocos, a los que dominan el mundo, a los que tienen sobreabundancia mientras gran parte de la humanidad padece hambre y violencia, humillación y guerras bacteriológicas o nucleares.

Para referirnos a ‘derechos humanos’ de los pueblos y personas denominadas en la literatura actual como “aborígenes”, sin duda es importante ‘conocerlos’, pero mucho más lo es ‘respetarlos’ como son y quieren seguir siendo, poniéndose el resto, los que no se consideran tales y el sistema en sí, en pie de igualdad con ellos. El estudio de la esencia y características de los  pueblos nativos de origen pre-Invasión occidental tendría sentido si se orientara a estimular el respeto de las diferencias, a resolver problemas concretos y reforzar la identidad de la gente para contrarrestar el embate de quienes se consideran superiores. En tal sentido, inclusive obras puramente enciclopédicas o teóricas realizadas por curiosidad o para obtener una licenciatura o doctorado, pueden ser correctamente utilizadas por quienes están motivados, sean docentes, periodistas o políticos, con la perspectiva de recuperar toda la Historia y Cultura de nuestro territorio e incorporarlas activamente al contenido de nuestro patrimonio e identidad.

Felizmente los etnógrafos y arqueólogos –se consideren o no dentro del sector o ghetto académico– están perdiendo aquel halo misterioso que los rodeaba por el hecho de investigar culturas antiguas como la egipcia, babilónica, tiawanakota, maya o inca. Ahora se los conoce sin el uniforme de explorador cinematográfico con multitud de escoltas nativos cargando sus bultos y advirtiéndoles sobre maldiciones contra profanadores. Se los considera cada vez más como investigadores de la PRESENCIA HUMANA en todo el planeta. PRESENCIA TAN HUMANA en África, Asia, Oceanía y Europa como en el más recóndito rincón de América.

Desenterrar científicamente el pasado y presente del hombre es, sin duda, tarea del arqueólogo, etnógrafo, historiador y filósofo con ayuda de ciencias auxiliares. Tarea del educador, escritor, comunicadores y habitantes en general es incorporar sus resultados a la conciencia colectiva y al patrimonio cultural del presente para hacer realidad el tan ansiado respeto de los derechos  humanos, en este caso de los pueblos nativos que, en su momento, fueron invadidos y masacrados.

Por tales razones, sintéticamente enunciadas, sería pertinente, como mínimo, implementar una disciplina específica en el sistema educativo como tal (Universidades, institutos de formación, escuelas y colegios) para encarar un estudio profundo –histórico y etnográfico– del proceso cultural americano y argentino de los últimos milenios, en sí mismo y en la relación que surge con la cultura invasora desde el siglo XV occidental. El título  de dicha disciplina podría ser “Historia, perfil y contenido de la cultura nativa de América y de Argentina”, entendiendo por “cultura nativa” toda aquella emergente en esta tierra y creada por el hombre nacido en ella en cualquier época y espacio.

Juan José Rossi
Prof. “Americana 1” – UADER
Sede Concepción del Uruguay

Bibliografía

AINSA, Fernando: La reconstrucción de la utopía, Edicioners del Sol, Bs. As., 1999.

ALBERDI  J. B.: Escritos póstumos, Universidad Nacional de Quilmes , Buenos aAires, 1998.

Antolínez, Gilberto: Hacia el indio y su mundo. Pensamientos vivos del hombre americano, Ed. del Maestro, Caracas, 1946.

Arguedas, José María: Dioses y hombres de Huarochiri, Siglo XXI, México.

——, Formación de una cultura nacional indoamericana, Siglo XXI, México.

Argumedo, Alicia: Los silencios y las voces en América Latina: notas sobre el pensamiento nacional y popular, Ed. del Pensamiento Popular, Buenos Aires, 1993.

BAYER, O.: La Patagonia trágica, Ed. Galerna, Buenos Aires, 1972.

Bonfil Batalla, Guillermo: Utopía y revolución. El pensamiento político contemporáneo de    los indios de América Latina, Ed. Nueva Imagen, México, 1981.

BRIONES, C.: ”Mestizaje Y blanqueamiento como coordenadas  de aboriginalidad y nación en Argentina”, Runa, vol. XXIII, Universidad de Bs. As., 2000.

Centro Antropológico de Documentación de América Latina: Civilización: configuraciones de la diversidad, Ed. CEESTEM, México, 1983

Colombres, A.: La colonización cultural de la América Indígena, Ediciones del Sol, Bs. As,

Comando General del Ejército: Política seguida con el aborigen, Dirección de Estudios Históricos, Círculo Militar, Buenos Aires, 1973, 3 Tomos.

Conlazo, Daniel: Los indios de Buenos Aires, Búsqueda-Yuchán, Buenos Aires,  1990.

EGGERS-BRASS, TERESA: Historia Argentina 1806-2004, una mirada crítica, Ed. Maipue, Bs. As., 2004

Fava, Jorge H.: “Sistema y Cultura, conflictos y estrategias frente a la globalización hegemónica”, en La vida está aquí, Ed. Abya-Yala, Buenos Aires, 1993.

FAJARDO DE IRIGOYEN, R.Z.: “Reconocimiento constitucional del derecho indígena y la jurisdicción especial en los países andinos, en Pena y Estado, Nº 4, Bs. As., INECIP – Editorial El Puerto, 2000.

FERNÁNDEZ RETAMAR, Roberto: Pensamiento de nuestra América, CLACSO libros, Bs. AS., 2006.

GAGNETEN, M. , SALA, A. y EROLES, D.: Antropología, cultura popular y derechos humanos, Espacios, Bs. As, 2004.

Galeano, Eduardo: Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI, Buenos Aires, 1983.

Hernández, Isabel: Derechos humanos y aborígenes. El pueblo Mapuche, Búsqueda-Yuchán, Buenos Aires, 1985

Ibarra Grasso, Dick: “¿Quiénes son los nativos de América?” en: La vida está aquí, Abya-Yala, Buenos Aires, 1993.

Kusch, Rodolfo: Obras completas, Editorial Fundación Ross, Buenos Aires, 1998-2001               .

Magrassi, Guillermo y otros: Cultura y Civilización desde Sudamérica, Búsqueda-Yuchán, Buenos Aires, 1982

——, Los aborígenes de la Argentina, Búsqueda-Yuchán, Buenos  Aires, 1987.

MARIATEGUI, José Carlos: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Biblioteca Ayacucho, Venezuela, 1979.

Marinkev, Nicolás: América autóctona, Búsqueda de Ayllu, Buenos Aires, 1993.

Pérez Colman, César: Historia de Entre Ríos: 1520-1810, T. 1, Paraná, 1936.

RIBEIRO, Darcy: Las Américas y la civilización, Buenos Aires, Centro Editor de América latina, 1985.

RODRÍGUEZ, Nemesio y VARESE, Stefano: El pensamiento indígena contemporáneo en América latina, Dirección General Indígena (SEP), México, 1981.

ROA BASTOS, Augusto, Las culturas condenadas, Siglo Xxi, México, 1978.

ROSSI Juan José, América: el gran error de la historia oficial, Editorial Galerna, Bs., As. 2005.

––––, Amores que matan desde hace cinco siglos, Búsqueda de Ayllu, Bs. AS., 1992.

––––, La Máscara de América, Búsqueda de Ayllu, Bs. As., 1998.

––––, Diseños nativos de la Argentina, Editorial Galerna, Buenos Aires, 2001.

––––, Los Charrúas, Editorial Galerna, Buenos Aires, 2002

––––, Los Wichí (Matacos), Editorial Galerna, Buenos Aires, 2003.

––––, Los Chané-Chiriguano de la Argentina, Editorial Galerna, Bs. As., 2004.

––––, Los Yámana, Editorial Galerna, Buenos Aires, 2006.

SALA, Arturo Emilio, La resistencia seminal: de las rebeliones nativas y el malón de la paz a los movimientos piqueteros, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2005.

SALAZAR BONDI, Augusto: ¿Existe una filosofía de nuestra América?, Siglo XXI, México, 1976.

VASCONCELOS, José: Una interpretación de la cultura iberoamericana, Agencia Mundial de Librerías, Barcelona, 1927.

VIÑAS, D.: Indios, ejército y fronteras, Editorial S. XXI, Buenos Aires, 1983.

Comments Off