A mis amigos, ex-alumnos y conocidos y a quienes de algún modo han participado en el día de ayer, 24 de marzo, en algún acto en repudio a la dictadura y su modus operandi de ayer y de hoy (genocidio, desapariciones, torturas físicas y simbólicas —mentales, llaman algunos— y represión del pensamiento y de la libertad de las personas y grupos) … ante todos ellos y ante quienes fuimos testigos y/o protagonistas en aquellos días, debo sincerarme y reaccionar una vez más frente a la impúdica intervención de un representante del catolicismo cómplice (un clérigo invitado por una filial sindical de “docentes” del nordeste de Entre Ríos, a hablar expresamente nada menos que durante 20 minutos), en el acto en el que se suponía debía condenarse a los intelectuales, ejecutores y cómplices culpables de aquellos hechos aberrantes, los anteriores y los actuales, y dar sentido a una fecha que se anuncia a la comunidad como “día de la memoria para no olvidar y comprometerse con la vida” y que debería involucrar a las desapariciones y asesinatos “desde cinco siglos atrás ” y de “cinco siglos igual” (tal como se cantó en el acto de referencia) y a los actuales de esa y otras ciudades (como son la de Pocho, 2011, y Sebastián, 2010), a quienes ni siquiera mencionó en el transcurso de su reiterativa arenga celestial en la que afirmó, entre otras barbaridades, que «su dios todo lo perdona… que debemos amarnos y luchar contra el mal…» ¿Qué mal? Seguramente —según el oscuro y ladino discurso (‘oración’ le llamaron los organizadores) del representante del catolicismo—, el que habrían cometido Pocho y Sebastián (dejando así vigente un manto de sospecha pública: ‘algo habrán hecho’) que justificaría su desaparición en un pueblo chico donde todo el mundo se conoce (no importa el motivo, quizá nunca lo sepamos: pero los hipócritamente llamados ‘cristianos’ no deberían olvidar que su líder —aunque les importa un pito su líder—, a quien masacraron por hablar claro y ser un pobre tipo como nosotros, les dijo caregórica y duramente «el que no es transgresor que tire la primera piedra», refiréndose al modus vivendi de una mujer de pueblo que iba a ser apedreada POR SER ¡’PROSTITUTA’!.

Con estas líneas, mis amigos, y después de 37 años en que los trapitos al aire fueron saliendo, debo sincerarme para no explotar por dentro física y psicológicamente ya que por ingenuidad o a sabiendas (no lo sé ni me interesa saberlo) los organizadores convocaron a toda la gente de la región (fueran católicos o no) y al representante de la poderosa corporación católica (es posible que su permanente acción sobre sus conciencias no les permita asomarse a la perversidad de su presencia desde hace 5 siglos y al manipuleo de nuestro bien más preciado y característico de la especie: la libertad interior del hombre de pensar «por sí mismo») que envolvió con argumentos fraudulentos la atención de los presentes durante 20 minutos.

¿CÓMO ES POSIBLE QUE SE DISIMULE “TODAVÍA” (evidentemente todavía es posible) LA COMPLICIDAD DEL CATOLICISMO CON LA ‘TRIPLE A’ en los ’70 Y CON LA DICTADURA MILITAR DEL ’76 EN ADELANTE, es decir con el poder? ¿QUE SE IGNORE TODAVÍA LA COLABORACIÓN REAL, ACTIVA Y ABSOLUTAMENTE COMPROBADA, al menos como institución (de lo que puedo dar cientos de testimonios) DEL CATOLICISMO ROMANO CON AQUELLA Y LAS SIGUIENTES DICTADURAS DEL PENSAMIENTO, HASTA EL PRESENTE?

La única posibilidad de invitar a un miembro de la corporación católica y dejarlo hablar en un acto por la memoria de las víctimas de aquel y otros genocidios en nuestra historia (como el de más de 50 millones de nativos a lo largo de 300 años de sometimiento al sistema político-religioso y militar católico/protestante europeo o el de la “conquista” ¡semejante farse en nombre del ‘progreso’! del desierto) habría sido que ese representante reconociera su activa y perversa participación en la represión del pensamiento ayer, desde 1492, y hoy, en la connivencia con criminales a quienes jamás el catolicismo denunció, y menos aún condenó, haciéndose eco públicamente, y aunque sea por una vez, del modus operandi de su lider Jesús (haya sido este real o mítico) pidiendo perdón y nada más… en lugar de dar cátedra fraudulenta y de superviviencia torva ante la buena fe de la gente, de todos nosotros.

En su sofisticada y reiterativa «oración» vino a decir que «hay que luchar contra el mal y buscar la justicia», sin siquiera sugerir responsables ni especificar que, en su concepto de ‘mal’, el principal actor es el catolicismo imperial romano, sobre todo si nos referimos a su actuación durante y en la invasión de Eruopa a la humanidad de Abya yala y a sus 40.000 años de historia, ni al golpe a la democracia de los ’55, durante la dictadura militar de los ’76 y en la actualidad con la parafernalia (entre otras), el derroche y la innecesaria fastuosidad vaticana que lo único que hace es adormecer las conciencias y someter a la gente a su dogmatismo barato, a la complacencia con el poder y la fascinación de su boato imperial y teatral.

Me cuesta entender que un sindicato de trabajadores de la educación de nuestra gente (dentro del cual debería haber absoluta libertad de conciencia y visión crítica de los hechos como algo elemental e indiscutible) TODAVÍA se permita y avale semejante contradicción y golpe bajo a la búsqueda de transparencia, libertad de pensamiento, creatividad de la comunidad y lucha contra cualquier sometimiento.

Debo decirles que al escuchar a este señor he sufrido como pocas veces (quizá por porque parte de mi vida ha estado invlolucrada en esa corporación y la conozco por dentro como pocos) es difícil entender que aún hoy después de tantos años la gente no se permita abrir los ojos a la realidad y cerrarlos a las fantasías de hombres que utilizan a la humanidad para sus propios objetivos, sean cuales fueren, y los encierren en la fantasía estratégica de que ellos son «los enviados de un dios que busca no se sabe qué»… porque, que yo sepa, y todos ustedes también —sean o no ‘cristrianos’—, y según dicen ellos mismos en sus publicitados evangelios (que casi nadie leyó y los que lo leyeron se olvidaron de él), a su líder lo masacraron por decir la justa, por vivir sencilla y modestamente (no como el catolicismo escandaloso por su ostentación y alianza exhuberante en sus riquezas como no hay otro en el planeta), ser solidario y respetar a la gente como era y como es… «pero no a los hipócritas y sepulcros blanqueados que dicen una cosa y hacen otra» , que tiran una poiedra y esconden la mano y a quienes su Jesús (el de ellos porque en realidad lo deforman) fustigó sin piedad… por lo que terminó en el cadalso, más solo que una ostra.

El catolicismo imperial, nacido fastuosa y traidoramente en sus principios durante el imperio romano en el siglo IV, es la antítesis de su líder (que pregonan para tener «amoroso y bueno con todos», generalmente con figuras de persona amanerada, y llenarse de poder) como fenómeno fascinador de lo ‘sagrado’ (un gran invento ‘lo sagrado’) a la vista de la humanidad. No se trata de individuos enrolados en él, que pueden estar equivocados como lo estuve yo mismo hasta que, abriendo los ojos, pude ver su profunda y letal contradicción durante «5 siglos igual» ante la evidencia de la hipocresía, de la farsa y de la complicidad con el poder y la dictadura en cualquier forma y dimensión de ayer y de hoy.

Ya saben, no estoy enojado y mi intención no es ofender (aunque quizá ofenda o moleste) sino llamar a las cosas por su nombre y pensar por uno mismo, probablemente ‘distinto a mi’, pero bienvenido sea siempre que piensen por sí mismos y no por mandato de la eépoca imperial y media occidental.

Prof. Juan José Rossi

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¿QUÉ PIENSAN USTEDES? HOY, EN NUESTRO CONTINENTE ¿SOMOS LIBRES O SOMETIDOS?

Tengo la impresión de que muchos habitantes de Abya Yala (América) de hoy y de ayer no tenemos claro quiénes son los invasores y quiénes los invadidos.

A sabiendas o no, se da por descontado que en la condición de invadidos sólo estaban, y estarían todavía, los incorrectamente llamados ‘indios’ y no en conjunto la sociedad y sus estructuras. Es decir, invadidos y sometidos todos los habitantes, tanto los de origen cultural anterior a la invasión europea, cuanto los posteriormente arribados de forma voluntaria o por la fuerza ─los identificados con el sustantivo ‘esclavos’ cuando en realidad no eran tales sino ‘personas esclavizadas’ por el invasor─, los criollos y gauchos ─más exactamente los nacidos aquí por cruzamiento entre ‘humanos’ de culturas diferentes─ y, aunque se presuponga lo contrario, los mal llamados ‘inmigrantes’ de los últimos tiempos. TODOS, en tanto colectivo humano continental, conjuntamente invadido y sometido por el hecho insoslayable de ser nativos de esta tierra ―nacidos aquí o adoptados en algún momento de los últimos siglos, ahora y en el futuro― PERO consubstanciados, en la mayoría de los casos inconscientemente, con el pensamiento y paradigmas ‘occidentales’; conviviendo con un status quo filosófico, socio-político y religioso impuesto por el invasor inescrupuloso que, a pesar del tiempo transcurrido, con sutiles renovadas estrategias se da el lujo ―inclusive en y a través de nuestro sistema educativo― de mantener amordazado el devenir histórico de alrededor de 40 mil años, o los que sean, y la manera de pensar  propia de la humanidad milenaria de nuestro continente.

Queriendo o sin querer, filosófica y operativamente, muchos se sitúan, con un cierto aire de superioridad intelectual o académica,  en el bando del invasor y pensador occidental, si bien en la realidad todos somos tan  dependientes como los habitantes nativos de la primera hora colonial. En nuestra memoria y en nuestro acervo intelectual pasa desapercibido que la transacción económico-cultural iniciada ilegítimamente en los siglos XV-XVI consistió en una apropiación a ‘tranquera cerrada’, como si se tratara de la adquisición tradicional de una estancia con todo lo plantado, incluido el personal de trabajo. Esa transacción ha sido y es continua con breves intervalos y cambios de metodología. Dentro de ese proceso sórdido, subyacente, lo más grave es que no tomamos conciencia de que también a nosotros se nos ha hecho y hace pasar por personal-súbdito de la estancia, aunque circunstancialmente algunos ‘privilegiados’ tengan más poder que otros, más recursos culturales y materiales, que les hace suponer que son libres.

En tal sentido, si realmente buscamos ser ‘libres’, no deberíamos perder de vista que “el operativo invasión” iniciado y pergeñado a partir de 1492 tuvo y tiene dos dimensiones profundamente involucradas que estuvieron presentes en todo el proceso de apropiación y subsisten en la actualidad en el pensamiento asumido por la población y en las estructuras que la contienen..

Por un lado la dimensión  político-militar-religiosa institucional ―cuya estrategia mixta no conoció límites de crueldad― que se manifiesta en casi todos los documentos de época pero que quedó reflejado especialmente en el Requerimiento real compuesto para ser leído a los pueblos que iban encontrando a su paso. Entre otras barbaridades expresa: “Vos ruego e requiero reconozcáis a la iglesia por señora e superiora del universo, é al sumo pontífice en su nombre, é al rey é a la reyna como señores e superiores… si así no hiciéredes… con el ayuda de dios entraré poderosamente contra vosotros e vos traeré guerra por todas partes, é vos subjetaré al yugo e obediencia de la iglesia é de sus altezas e tomaré vuestras personas é vuestras mujeres e hijos é los haré esclabvos e como tales los venderé, é tomaré vuestros bienes, é vos haré todos los males e daños que pudiere…”. Es obvia la conjunción estratégica del poder político y religioso en función de sus objetivos.

Por otro lado, la dimensión ideológica y simbólica, basada en tradición y principios filosóficos dogmáticos, tanto de los griegos y romanos clásicos, cuanto del período imperial, del medioevo cristiano y del renacimiento. A partir de esos principios estigmáticos del pensamiento occidental europeo, neutralizaron y desvalorizaron en tanto diabólicas, salvajes o simplemente erróneas a las cosmovisiones locales y a su  filosofía de vida, imponiendo por la fuerza las propias de Europa, tanto a nivel de códigos de convivencia ―pretendidamente universales por ser, según ellos, ‘revelados’―, cuanto a conceptos o parámetros filosóficos  que generan los estilos de vida y las estructuras socio-políticas y religiosas.

Además de estas dos dimensiones, pilares de la invasión, aunque no excluyentes, se dio un fenómeno más grave y sutil que debería destacarse en tanto motor subyacente de la endemia que nos mantiene sometidos y cegados desde el primer momento. En efecto, por una serie de pulsiones e intereses surgidos del espectáculo que les ofrecía el continente y su humanidad, los invasores discontinuaron la historia milenaria y fecundísima del continente a partir de un silogismo absolutamente falso que cimentaron en una lógica ficticia y en una supuesta voluntad providencial de su dios. De esa manera, y a pesar de unas pocas voces europeas en contra[1], torcieron el eje histórico-cultural de la humanidad de esta tierra derivándolo hacia occidente de modo de convencerse a sí mismos que el continente les pertenecía por derecho ya que estaba “vacío” de gente o, a lo sumo, sólo habitado por “salvajes”. Para convencer a la sociedad europea de tal aberración debieron destruir y tapar metódicamente sistemas filosóficos, socio-políticos y económicos autóctonos de simple o refinadísima elaboración (entre estos últimos por ejemplo el guaraní, aymara, inca o azteca) imponiendo los propios a cualquier costo, mediante estrategias militares, prepotencia religiosa, implantación compulsiva de sus idiomas, su arte, su economía, su sistema laboral explotador y el educativo vertical y dogmático, concebido, este último, desde sus parámetros culturales y metodológicos sin tener en cuenta en lo más mínimo la realidad local producto de un devenir de muchos milenios, tan humano como el de los demás continentes.

Por eso no es casual sino “causal” que en general (con excepción de algunos países con fuerte presencia de culturas de origen anterior a la invasión) se suponga vagamente que en nuestro nuestra tierra no había ni hay verdaderos idiomas nativos y tampoco filosofía, cosmovisiones, ciencia, tecnología, economía, arte y auténtica política. Todo fue amordazado con un gran velo que extendieron desde Alaska a Tierra del Fuego. Baste recordar los textos en que fuimos formados docentes y alumnos en los que apenas se menciona, a lo sumo tangencial y anecdóticamente, la inmensa realidad histórico-cultural nativa de origen pre-invasión.

En última instancia la gente en general, estructurada y formateada al detalle ―¡ojo!, aún los que se hacen llamar todavía ‘indígenas’ como si lo fueran― dentro de un sistema filosófico y educativo concebido en su totalidad en Europa, da por sentado que aquí no hubo desde 40 mil años al presente verdaderos hombres protagonistas de una historia milenaria, sino “indios”, que en su concepto es lo mismo que decir, brutos e infieles. En realidad lo aceptamos inocentemente (casi sin culpa, aunque la mayoría trata de diferenciarse de ‘los indios’) porque estamos imbuidos de una densa historiografía, literatura “clásica” y presupuestos teóricos basados en una nefasta dicotomía y en los sofismas de marras hábilmente elaborados por teólogos y filósofos de pensamiento eurocéntrico-medieval-renacentista y, por supuesto, liberal-capitalista contemporáneo.

Es importante captar la estructura y el mecanismo de los sofismas subyacentes que adoptó y adopta diferentes formulaciones estratégicas según los objetivos concretos del invasor. O sea, según se trate de apropiarse, esclavizar (ahora con otros nombres), explotar, legislar o convertir. Fijemos la atención en la síntesis de dos ejemplos claves, tácita o explícitamente presentados en forma de silogismo:

Cuando los europeos aparecimos en este continente no había hombres cabales sino salvajes e infieles, en consecuencia no había historia ni cultura; es así que el hombre ingresó con nosotros  en 1492; por lo tanto a partir de esa fecha se inicia la verdadera historia y cultura en este continente.

Otra versión de este perverso y hábil silogismo es la siguiente: Los europeos descubrimos un continente vacío, sin príncipe cristiano, es decir, sin dueño; es así que la tierra de nadie pertenece al “primi capienti” y al papa representante de su dios dueño absoluto de todo; por lo tanto en adelante este continente es nuestro por derecho natural y divino.

Esta convicción de la sociedad europea en su conjunto (desde el papa y rey hasta campesinos y chancheros como los Pizarro), entre muchos hechos lamentables produjo la nefasta bula Inter caetera del disoluto papa Alejandro VI firmada de urgencia el 4 de mayo de 1493 para evitar una feroz guerra interna de intereses monárquicos y religiosos. Esta bula constituyó la defunción de la autonomía  política y cultural de nuestro continente. Entre otras barbaridades, absolutamente arbitrarias, expresa: “Nos, alabando en el Señor vuestro santo propósito (…) deseando que el nombre del Salvador sea introducido en aquellas partes … determinándoos a proseguir por completo… semejante expedición… debéis inducir los pueblos (que allí viven) recibir la profesión católica. (Para lo cual) motu propio…, de nuestra mera liberalidad y de plenitud de potestad todas las tierras  firmes descubiertas o por descubrir … por la autoridad de Dios omnipotente concedida a nosotros en san Pedro y por la del vicario de Jesucristo que representamos en la tierra con todos los dominios de la misma, con ciudades, fortalezas, lugares, villas y todas sus pertenencias… para siempre, según el tenor de las presentes, donamos, concedemos, asignamos y deputamos señores de ellas (las tierras de América) con plena y omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción”.

A este tipo de razonamiento en filosofía se lo denomina “sofisma” puesto que por lo menos una de sus proposiciones o premisas es absolutamente falsa, resultando errónea su conclusión aunque parezca correcta. En este caso la premisa falsa vertebral es que en el siglo XV europeo aquí (en Abya yala) no había gente, ni tampoco historia, cultura, filosofía, arte, ética y derecho. O sea, según ellos, no había humanidad ni proceso histórico genuino y autosuficiente como en África, Eurasia y Oceanía, aportando infinidad de argumentaciones ilegítimas (inclusive desde su propia ‘filosofía’ y el derecho romano) para sustentar semejante aberración que lisa y llanamente perseguía y persigue objetivos económicos de supervivencia y lujo a costa de la humanidad de otro continente. Poco importa si se hizo con buena o mala fe. No correspondía ni corresponde bajo ninguna excusa. Pero lo intentan seguir activando, ahora con el resto del mundo y otras estrategias.

Con esta argumentación subyacente y generadora de todas las acciones del invasor, ─más la “ayudita” del genocidio y enfermedades infecto-contagiosas─ acallaron brutalmente la enorme realidad y la memoria histórico-cultural del continente, todavía hoy oculta para la mayoría de los abyayalenses (‘americanos’). Trasplantaron sin opción su sistema ideológico o modo de pensar, el político, legal, religioso y lingüístico.

Sin ningún tipo de análisis crítico de nuestra parte, la literatura y la gente en general –quizá usted mismo– suponen como “legítimo y éticamente orientador” de nuestro continente al sistema occidental que nos envuelve, cuando en realidad es un método eficaz de vulgar sometimiento, aparentemente sutil, aunque conlleve una serie de innegables aspectos positivos e interesantes. Un método incorporado, tanto en la base misma de nuestra supuesta identidad cuanto en la concepción del sistema educativo que sutilmente genera nuestra mentalidad dependiente en todos los órdenes.

Es una realidad envolvente desde hace como mínimo 4 siglos ―al menos desde que el catolicismo y protestantismo lograron organizar e imponer su sistema educativo excluyente―, difícil de percibir  tanto en la estructura global de los sistemas político y educativo cuanto en lo subjetivo. Sin embargo, es posible revertirlo en la medida en que, bajando o superando los pre-juicios generados en ese largo tiempo, nos permitamos, aunque por el momento deba ser en forma individual o grupal fuera o al margen de enfoque oficial; es posible y necesario sumergirnos en la profunda y apasionante dimensión histórico-cultural de alrededor de 40 años de devenir de la ‘humanidad’ continental, poco importa en realidad si se trata de menor o mayor antigüedad. No debemos, ni podemos ─bajo ningún supuesto principio filosófico─ olvidar que la humanidad de Abya yala no es ni más ni menos que un desprendimiento, un avance tardío o reciente de la maravillosa dispersión de la especie Homo sapiens moderno (nosotros) que partiera un día lejano de África y se dispersara con absoluta libertad  por todo el planeta a lo largo de muchos miles de años, creando a su paso, como lo hizo en África, Eurasia, Oceanía y en Abya yala, sus propias estrategias de vida frente a ecosistemas distintos, que derivaron, naturalmente, en culturas diferentes, ninguna inferior o superior a las demás.

Cabe aquí aquel dicho popular: “A buen entendedor pocas palabras”, pero, agrego, el asunto no es solo “entender” sino comprometerse con lo nuestro.

Juan José Rossi,
Chajarí, junio de 2012

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Desestructurar  la dicotomía impuesta por el invasor en el continente y mantenida por los sistemas político y educativo vigentes

1. La problemática

Desde hace varias décadas se habla y se escribe bastante sobre los derechos de los pueblos ‘originarios’, sin ser por ello un fenómeno exclusivo en esta dimensión del quehacer político y educativo. En efecto, la población del continente en general, algunas gestiones políticas, sindicatos, individuos, organizaciones gubernamentales e independientes y  corporaciones religiosas –sobre todo católicas y protestantes– desarrollan un cierto accionar respecto de una serie de ‘derechos’ específicos de algunos sectores de la sociedad postergados, silenciados o sometidos. Este Congreso es muestra palmaria de lo que quiero significar. Nos preocupan, por ejemplo, los derechos negados o escamoteados de la mujer, de los niños, de las personas con capacidades diferentes, de  los géneros, de los trabajadores, etcétera, y, entre ellos, el de los actualmente llamados pueblos ‘originarios’, ‘indios’,  ‘indígenas’ o ‘aborígenes’.

Abordaré el tema desde una perspectiva diferente, no contrapuesta, a la que habitualmente nos motiva en nuestra militancia, anticipando que los vocablos pueblos ‘originarios’, ‘indios’, ‘indígenas’ y ‘aborígenes’, muy utilizados por la sociedad, resultan inadecuados para señalar la realidad de fondo que nos ocupa. Cabe aclarar, sin embargo, que de una u otra manera  la conciencia colectiva general, cuando los emplea, hace referencia a pueblos y culturas históricas surgidas progresivamente ―subsistan o no―  ‘antes de la invasión’ europea iniciada en 1492 y continuada de distintas formas sobre la población continental en su totalidad hasta el presente.

La relación clásica que establece la sociedad global entre los vocablos designantes y los designados no es legítima desde lo histórico y filosófico-antropológico. Más aún, es una interpretación errónea de la realidad continental basada en varios sofismas falsos que mantienen a la humanidad continental en un status quo de vil dependencia. Al respecto, nuestra reflexión será parabólica pues trataremos de entender cómo la ‘ciencia’ histórica paradójicamente ha distorsionado el devenir y el eje del proceso humano local. Lo cual obnubila nuestra mirada sobre los Derechos que nos competen, no por ser de tal o cual cultura, de uno u otro sector o por haber nacido antes o después, sino POR EL SÓLO HECHO DE SER DE LA ESPECIE HOMO SAPIENS.

Metodológicamente y para que se entienda mi propuesta de trabajo, considero oportuno señalar que probablemente la mayoría de los presentes, si no todos, al mencionar pueblos originarios o aborígenes, se han ubicado ‘frente’ a ellos, ‘a su lado’ o como sus ‘observadores’, inclusive ‘respetuosos’ de la realidad y del concepto en cuestión.

Por otra parte, estén o no bien utilizados los términos aborigen, indio, indígena y originario, es un hecho innegable que desde hace cinco siglos hasta hoy se ha considerado y se considera a las comunidades protagonistas de referencia (de antes y de ahora) casi como de ‘otra especie’. De una especie paralela, inferior o, a veces, superior a la que ‘supuestamente’ perteneceríamos ‘nosotros’ o el resto de los habitantes del continente que por diversos motivos, sabiéndolo o no, no nos sentimos arraigados y herederos del patrimonio histórico-cultural milenario ―a pesar de ser tan nativos como los de origen anterior a la invasión― sino sólo herederos y protagonistas del devenir colonial y republicano en sus diferentes manifestaciones socio-políticas.

Me refiero a un ‘nosotros’ complejo y multifacético, difícil de discernir y clasificar desde lo cultural y, sobre todo, desde alguna supuesta ascendencia biológica si es que esta realidad pudiera definir identidades y pertenencias a una determinada cultura. Veámoslo en un ejemplo: ¿qué serían los mal llamados ‘inmigrantes’ y sus descendientes biológicos nacidos en este continente? ¿Europeos? ¿Inmigrantes en contraposición a ‘indios’? ¿Mancebos, gauchos, criollos?  ¿O todos somos ‘nativos’ de esta tierra, es decir, ‘nacidos  o ‘adoptados’ aquí’, con los derechos y obligaciones que tal realidad genera en los habitantes de todos los tiempos, región o pueblo? ¿Existen en América dos tipos de humanidades que generan DD diferentes?

¿Hubo o hay realmente un ‘ellos’ y un ‘nosotros’ a partir de la progresiva invasión occidental? ¿Hay ‘indios’ y ‘no-indios’, ‘originarios’ y ‘no-originarios’, ‘invasores’ e ‘invadidos’, ‘inmigrantes’ y ‘los otros’ con relación a la pertenencia y compromiso con esta tierra, con su filosofía y DDHH? ¿Alguna diferencia substancial  por el sólo hecho de portar apellido foráneo o de ser, supuestamente, descendiente de algún nacido en Europa, Asia, África u Oceanía, cuya ascendencia, más o menos lejana, en definitiva se ignora y resulta irrelevante buscarla en función del compromiso del presente DEL COLECTIVO CONTINENTAL? Es lamentable, pero todavía muy real, que una gran parte de la población argentina se crea europea, inmigrante, criolla o gringa apoyada en el endeble o nulo argumento de la ascendencia biológica y apellido de origen extra continental. Esta dicotomía, muy incorporada en la memoria colectiva y en el sistema, no pasa de ser una estrategia sutil ―y burda para el que quiera verlo― instrumentada inteligentemente por el invasor para mantener hasta hoy el sometimiento global de la humanidad del continente.

Sean quienes fueren los que conformamos el ‘nosotros’ actual en tanto resultado del cruzamiento de individuos de la única especie Homo sapiens que nace, se multiplica y habita esta tierra desde hace miles de años ―pensemos en los asiáticos ingresantes por Bering hace alrededor de 40.000, en los creadores de las pinturas rupestres hace más de 10.000, en los olmecas, quechuas, onas o guaraníes de hace entre 4.000 y 2000 años, etc.― ¿somos realmente diferentes unos de otros respecto del Patrimonio cultural, de los DDHH y de otras realidades del continente por el solo hecho, en nuestro caso, de interponerse una reciente invasión que todavía tiene vigencia porque no reaccionamos?

¿Ese ‘nosotros’ supuestamente no-aborigen, por ejemplo, tiene derechos distintos al de los pueblos de ascendencia cultural pre-invasión, hoy llamados ‘originarios’? ¿Qué se supone que fueron antes y qué son ahora las invasiones a la especie humana de nuestro continente o de cualquier otro? Qué fue la invasión de los chichimecas al valle de México, qué la de los incas hasta el sur de Mendoza o qué la de mapuches sobre tehuelches en las pampas argentina ¿Acaso fueron y constituyen el quiebre abrupto de la historia de la humanidad invadida dividiéndola en dos como el aceite en el agua? Las invasiones, sean cortas o largas en el tiempo ¿fijan la historia o simplemente constituyen circunstancias coercitivas políticas, económicas y religiosas que, tarde o temprano, son o deberían ser reabsorbidas por el torrente humano y cultural propio Y por el Patrimonio que viene amasándose desde miles de años y superando toda invasión?

Ya que conocemos superlativamente la historia de Europa y el Cercano Oriente ―por cierto infinitamente mejor que la nuestra― reflexionemos: ¿qué sucedió en Oriente con la invasión del ejército romano y en Europa con la de los mal llamados ‘Bárbaros’? ¿Se quebró la historia de uno y otro territorio? ¿Empezó una nueva, paralela a la anterior, o fue reabsorbida progresivamente por el torrente propio de cada lugar, como sucedió también, por ejemplo, con la profunda influencia oriental en occidente respecto de lo científico y de lo simbólico-bíblico hebreo? Pregunten en occidente si en su historia hay ‘indios’ u ‘originarios’ porque antes vivieron los neandertales y cromagnones procedentes de África o sus descendientes ligures, latinos, celtas, griegos, romanos y galos ‘invadiéndose’ unos a otros? En Europa no se transmiten dos historias paralelas ni la presencia de dos humanidades, pero aquí sí porque se nos impuso esa mirada dicotómica de la realidad en tanto estrategia de dominación y, lo que es peor, la aceptamos como borregos.

SE NOS MANIPULA, HACIÉNDOSENOS CREER QUE TENEMOS DOS HISTORIAS Y DOS FILOSOFÍAS DE VIDA (y si no, analicen los ensayos de filosofía e historia y los textos escolares): la de aquí (la de los ‘indios’ que, como dije y repetiré, no existen) y la de occidente, colonia y república (en la que nos sentimos incluidos). Pero entonces, ¿qué filosofía de vida tenemos, qué historia nos respalda o qué seríamos los que hemos nacido aquí pero no nos consideramos ni indio, ni inmigrante, ni gringo? ¿Seríamos parias, una tercera humanidad, ‘mestizos’? ¿O, quizá, pertenecientes a algún grupo de la  miserable escala que inventaron los europeos para dejar sentado que ellos estaban por encima de todos los nacidos aquí antes y después de su irrupción absolutamente casual y no prevista? ¿quizá alguien se considere ‘mestizo’ (o sea, fruto de la unión entre español e ‘india’), castizo (de mestizo y española), mulato (de español y ‘negra’), morisco (de mulato y española), saltaatrás (de chino e india), lobo (de saltaatrás y mulato), gíbaro (de lobo y china), albarazado (de gíbaro y mulata), calpamulato (de sambaigo y loba), tenteenelaire (de calpamulato y cambuja), noteendiendo (de tenteenelaire y mulata) o tornatrás (fruto de noteendiendo e india)? Téngase en cuenta que en la óptica del invasor no se trataba de engendrar un hijo ‘entre’ español e india sino ‘en’ o ‘con’ india o africana como mero receptáculo. (ver más información)

Responderé en pocas palabras a esta serie de interrogantes con la intención de provocar la reflexión y la discusión, respetando el compromiso que cada uno y cada institución tiene con algún sector de la sociedad que ‘supuestamente’ estaría más sometido o marginado que nosotros. Lo que quiero significar es que muchos hablan de DD de las mujeres y niños mientras sutilmente los someten desde una visión machista y autoritaria de la vida ―al estilo, por ejemplo, del catolicismo imperial― emergente de la filosofía de vida occidental. Así como muchos dicen ¡“pobrecitos los indios que viven marginados”! ¿marginados de quiénes y de qué? ¿No será a la inversa? Conocen cómo es la vida y la cultura en el medio del Gran Chaco y cuál la de las monstruosas urbes?

Repito, lo que diré, y lo que puedan leer luego en el desarrollo escrito de la ponencia, no son fórmulas de acción inmediata. Pretende sugerir un planteo filosófico de ‘fondo’ y puesta en relieve de un sustrato y de parámetros comunes a todos, desde cuyo contenido considero que deberíamos mirar, analizar y asumir nuestros DDHH como población nativa, única heredera de una filosofía de vida y de un proceso cultural  milenarios, distintos a los de occidente. ES UN PLANTEO DESDE LA EPISTEME PROPIA (pensamiento estructurado) EMERGENTE DE LA HUMANIDAD CONTINENTAL. Un planteo EN FUNCIÓN DE UNA PRÁCTICA REVOLUCIONARIA (filosófica, política, económica y simbólica) en el sentido de re-volver a lo auténticamente nuestro, a mirar hacia y desde nosotros mismos. Desde un ‘nosotros’ que nos involucra  a todos por igual, más allá de diferencias legitimas circunstanciales y culturales. Ciertamente no se trata de fórmulas mágicas inmediatistas que puedan calmar la angustia que provocan la distorsión histórica y la filosófica que, por inercia irreflexiva, todavía transmite y controla el sistema.

En nuestro continente –mal llamado ‘’América’– hubo, hay y habrá una sola humanidad, un solo hombre, una sola especie… la que, impulsada por su nomadismo congénito, un día partió de África, se dirigió a los 4 puntos cardinales, ingresando finalmente a nuestra tierra aún deshabitada y a otras si las hubiere. Exactamente el mismo hombre, siempre. Más aún, con las mismas características, las mismas expectativas y tendencias, las mismas necesidades, mañas y estrategias pero con diferencias que nosotros llamamos ‘culturales’. En consecuencia:

  • NO HAY ‘INDIOS’, ‘BLANCOS’, NEGROS Y AMARILLOS, ni un antes y ahora, SINO ‘PERSONAS’, HOMO SAPIENS, ‘INDIVIDUOS PENSANTES’, es decir, ‘nosotros’ , ‘animales de poca monta’ o ‘matacos’ como nos bautizaron los españoles en sus entradas del s. XVI, en nuestros representantes nativos de la especie de entonces en aquella región, los wichí. Tengamos el color que tengamos o hayamos nacido cuando y donde hubiéremos nacido o sido adoptados en este continente, somos nativos, con los mismos derechos y obligaciones. En general se supone que aquí hubo ‘indios’ ¡craso error! No los hubo, como no los hubo en los demás continentes, excepto en la India porque allí simplemente es un nombre y no una sustancia. Cuando nosotros estudiamos o nos aproximamos a los mapuche o charrúa, lo hacemos como lo hacen los europeos con su etapa lítica o con los latinos, godos, griegos y romanos o su edad media: es decir, como sus antepasados, cada uno con su historia y cultura que es parte del patrimonio de la humanidad europea como tal y actual.
  • NO HAY DOS HISTORIAS: la anterior (supuestamente de ‘indígenas’) y la posterior a la invasión (¿a cuál nos podríamos referir: a la azteca o inca en el XIV-XV, a la de occidente de 1492 o a los perversos condicionamientos político-económicos pretendidos por el llamado ‘primer mundo’ desde el sigo XIX en adelante?) Una sola historia con un sólo torrente humano y manifestaciones diferentes, entrecruzamientos múltiples, inter influencias, invasiones, bloqueos a lo largo del tiempo… un fenómeno que se ha dado y se da en todos los continentes.
  • NO EXISTE EL MENTADO ‘MESTIZAJE’: el término sólo encierra una estrategia de poder y una distorsión de la realidad puesto que parte de la base de que hay superior e inferior, indios y no indios, negros y blancos, civilizados y no civilizados. Pero solo hay hombres, estrategias y circunstancias de vida diferentes según el hábitat y tradición en que se nace y se vive.
  • En el devenir de la humanidad solo se da ENTRECRUZAMIENTO ENTRE LAS PERSONAS, no mestizaje, si bien las circunstancias del entrecruzamiento puede darse en situaciones política y culturalmente abusivas, injustas, crueles, letales para una de las partes, en nuestro caso para toda la humanidad del continente, aunque aparentemente unos vivan (por ej. profesionales, terratenientes, tecnócratas y empresarios) mejor que otros desde lo material o se crean más cultos que otros. Inclusive es probable que los presentes nos creamos más civilizados o más humanizados que otros porque van a la escuela o tienen una profesión o tecnología de punta en su casa.
  • Considero ―al menos para reflexionar juntos― que, con muy buena voluntad de individuos y organizaciones, tanto unos como otros miramos la primera línea de árboles y perdemos de vista al bosque. Pero esta conciencia no es casual sino provocada por el sistema invasor.

Creo que nos sumergimos en una lucha casuística y anecdótica y sin querer, por el peso del sistema (que ciertamente sigue siendo invasor), soslayamos, no sólo la pérdida profunda y solidaria de los derechos de la única especie humana que viene amasando la historia y filosofía propia del continente desde el ingreso del hombre hasta nuestros días, sino que DIRECTA O INDIRECTAMENTE SOMOS FUNCIONALES AL INVASOR DE LA HUMANIDAD CONTINENTAL COMO TAL. Lo somos más allá de las importantes diferencias internas culturales que siempre las hubo aquí y en todas partes.

Funcionales a un invasor con muchas caras que busca mantenernos ocupados en discutir quiénes tienen más o menos derechos, quiénes son originarios o inmigrantes, quiénes invasores y quiénes no, si católicos, protestantes o judíos… mientras desde una episteme y un poder foráneo muy experimentado y con renovadas estrategias nos mantienen ‘colonizados’ y sometidos epistemológica, cultural y económicamente a todos por igual, aunque algunos crean que son libres porque ganan mucho dinero y pueden defender DDHH puntuales de ciertos sectores de la sociedad.  Esto también le pasa a EE.UU, hermanos del norte, aunque se crea no sólo occidental sino primer mundo.

Más allá de la discusión histórico-filosófico-antropológica de fondo apenas sugerida respecto del único tipo de hombre y la única historia del continente, en la literatura general y en los ensayos de historia y etnografía se considera a los pueblos ‘originarios’ a lo sumo como ‘especiales’, ‘pobrecitos’, ‘marginales’ o dependientes, casi como bebés incapaces de valerse por sí mismos, a quienes hay que ayudar de forma indefinida para que logren sus DDHH, para que calmemos nuestra culpa de supuestos invasores y, una vez ‘asistidos’ circunstancialmente o tenidos en cuenta en la prensa, sus problemas habrían sido superados siguiendo al margen de la sociedad cuando en realidad son personas y grupos exactamente iguales al resto de la humanidad continental, pero con cultura diferente. Peor aún, suelen ser  tratados en forma grandilocuente por los medios de comunicación y los políticos y con ocasional gran preocupación por parte de algunos organismos estatales o privados, pero siempre como si fueran minusválidos y de la vereda de enfrente ―aunque no lo expresen―, extranjeros en la propia tierra donde nacieron y todavía como si fueran ‘nuestras’ víctimas, como si nosotros (ustedes) estuviéramos en deuda con ellos SIN SER TAN NATIVOS E INVADIDOS COMO ELLOS.

Este mecanismo nos retrotrae en la historia, nos fija como en una fotografía. Entonces, mientras discutimos responsabilidades en ese terreno, aceptamos como nuestro el sistema y la episteme occidental que nos somete a todos por igual más allá de nuestra conciencia y acción reivindicativa de algunos de los muchos DDHH que se podrían enumerar y por los que, sin duda tenemos que luchar solidariamente.

En lo que respecta a los pueblos llamados ‘originarios’, en la práctica social, política, periodística y, en general, en la conciencia colectiva, se comenta y se siembra la sensación de que no se respetan sus derechos. Suele decirse que todavía se los considera ‘objeto’ de civilización y de ayuda desde un  paternalismo y asistencialismo humillantes, y es así. Desde el siglo XVI no hay un cambio significativo en ese sentido puesto que los Estados, sus organismos, el sistema educativo, los autores de ensayos históricos y etnográficos, las personas e instituciones independientes ―sobre todo religiosas― siguen siendo burda o sutilmente paternalistas, dicotómicas y discriminatorias. Por dos razones se mantiene ese status quo:

La primera porque la humanidad continental y, en especial la argentina ―supuestamente ‘no originaria’ sino ‘criolla’ o ‘inmigrante’― piensa que es distinta y con derechos diferentes a los de la sociedad que habitualmente se sindica como originaria.

La segunda razón –más compleja– es que los pueblos, hoy denominados ‘originarios’, en general siguen afirmándose y asumiéndose distintos frente a ‘nosotros’, es decir, con otros derechos y otras obligaciones a los supuestamente ‘no originarios’. En definitiva un ‘nosotros’  muy complicado desde lo filosófico, antropológico e histórico ya que, sin negar diferencias culturales que se dan en todo el planeta y siempre, estamos hablando, según hemos reafirmado, de una sola humanidad y especie nacida en la misma tierra en distintos momentos del devenir: el homo sapiens que, con cierta frecuencia, ha sido y es objeto de invasiones que, tarde o temprano, son reabsorbidas por el torrente histórico de cada región o continente. Tal como sucedió, por ejemplo, con la invasión de los ‘Bárbaros’ a Occidente.

Ante esa realidad y problema de fondo subyacente, con relación a los DDHH de personas, grupos y la población en su totalidad, se impone un cambio substancial de la percepción del sustrato histórico-cultural que nos respalda y compromete a todos por igual y del accionar de la sociedad, del poder político y del sistema educativo. Se impone, obviamente, un cambio en 180º del enfoque personal y colectivo de esta realidad aunque esto momentáneamente implique la sensación de que nada hacemos por los derechos humanos de determinados sectores.

Ahora bien, un cambio profundo del enfoque sistémico y personal de los presupuestos filosóficos con los que nos relacionamos a los llamados pueblos originarios de la Argentina y América supone, ante todo, reformular la perspectiva epistemológica de la ciencia histórica, los contenidos y la estructura de la enseñanza, sus métodos de investigación y de transferencia de esos contenidos en la relación con el sector de la población que sostiene y vive alguna cultura de origen pre-invasión (también la nuestra es originaria) que, a pesar de la enorme presión de que fueron objeto durante cinco siglos, aún perviven y defienden su identidad transformándose en TESTIGOS CALIFICADOS DEL MILENARIO MUNDO HISTÓRICO-CULTURAL que EN SÍ MISMO ES PATRIMONIO DE TODA LA HUMANIDAD CONTINENTAL Y NO SOLO DE ALGÚN SECTOR.

Es obvio que el invasor, hoy replegado en sus torres de marfil occidentales (llámense FMI, club de París, comunidad europea, BANCO MUNDIAL, vaticano, etc.) intenta dividir la historia en dos, en antes y después, para establecer claramente que ellos SIEMPRE inauguran o plantan la verdadera humanidad, la civilización y la historia del continente para de ese modo apropiárselo sin escrúpulo, con argumentos filosóficos falsos. Pero la realidad es otra, aunque no seamos conscientes de ella. En efecto, en el continente hay un solo tipo de hombre, una filosofía y una historia QUE NO PERTECEN A ALGÚN GRUPO EN PARTICULAR SINO A TODOS LOS EMERGENTES DE ESTA TIERRA.

2. Una mirada distinta de la Historia y Cultura continental

Un presupuesto a tener en cuenta en cualquier proyecto político y reforma educativa para todos y en cualquier modalidad de militancia, tanto en nuestra propia investigación personal como en la transferencia a terceros (hijos, alumnos, amigos, ensayos históricos, cine, teatro, periodismo, sociedad en general) ES LA URGENCIA DE CONOCER NUESTRA REALIDAD DESDE PARÁMETROS SURGIDOS DE LA COSMOVISIÓN Y FILOSOFÍA O PENSAMIENTO NATIVO que, sin lugar a dudas, era y es distinto (no mejor ni peor) al de los demás continentes del planeta. Inversamente, éstos eran y serán distintos  al emergente o nativo de América. Pero automáticamente surge la objeción clásica de los académicos occidentalizados: ¿de qué filosofía nativa me habla?¿Acaso filosofía no es la de los griegos, romanos u orientales? ¿La de Sócrates, Platón, Aristóteles, Aberroes, Descartes o Nietsche?

Con relación a la estructura básica del pensamiento americano téngase presente, como premisa genérica, su visión global del cosmos y su simbología significante. El nativo de todos los tiempos, no de alguna cultura en particular, se mueve dentro de tres niveles o mundos simbólicos que configuran su universo en una perfecta e indisoluble unidad: el de arriba, significado generalmente por el cóndor, águila o copa de un gran árbol; el de la superficie, por el jaguar y el hombre y el de abajo por los reptiles, especialmente la serpiente y batracios. Tres mundos involucrados. Saliendo uno de otro y abrazados iconográficamente por las alas del cóndor en un círculo perfecto que da sentido armónico a la vida. Al menos una coherencia simbólica y gráfica frente a una realidad compleja y difícil de entender, tan difícil e insondable como es la nuestra en la actualidad a pesar de indiscutibles adelantos científicos y tecnológicos que, al parecer, poco sirven a la humanidad sumergida y dependiente, es decir, la mayoría.

El respeto por el otro y el modus vivendi en y con la tierra; el tipo de trama social solidario; el ayllu o minga, entre otras manifestaciones, no surgieron por azar o salvajismo, como diría Darwin (. La visión propia del universo fundamentó y fundamenta el estilo de vida, las estructuras sociales y los lazos de la gente entre sí y con los componentes de la naturaleza, “uno” de los cuales es el hombre. Nuestro continente milenario tuvo y tiene su propio estilo de vida y genuina filosofía que, no por desconocida o tomada anecdóticamente por el sistema (como es el caso de cosmovisiones y mitología nativa), es inexistente o sin legítima fuerza.

Uno de los manifiestos más conocido en occidente-cristiano y en América –quizá en el mundo entero– es, precisamente, el contenido de la carta que un jefe Seattle envió en 1855 al presidente Franklin Pierce quien propuso ―para calmarlos y luego someterlos  al pensamiento occidental de la propiedad privada― “comprar” las tierras a los habitantes nativos Suwamish del noroeste del actual EE.UU. Como toda respuesta el jefe dictó, para ser transcripta en inglés porque el presidente desconocía el idioma Suwamish, la memorable carta en la que argumentaba de forma contundente y pacífica en contra del proyecto colonialista, que finalmente se puso en práctica. Una síntesis perfecta de su contenido filosófico-práctico lo encontramos en uno de sus párrafos que, a su vez, expresa tanto el pensamiento del nativo de América como sus actitudes cotidianas que aseguraban el equilibrio del medio ambiente:

La tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra”.

El jefe Seattle, un habitante del continente que vivió y luchó (‘aparentemente’ sin éxito) antes que nosotros, reflexionó: “Sabemos que el hombre blanco —término que no hace referencia al color de la piel sino a la filosofía y comportamiento de los invasores sean éstos ingleses, holandeses, hindúes, egipcios o tunecinos— no entiende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que otro, porque es un extraño que llega en la noche a sacar lo que necesita. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el universo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras de sí sólo un desierto”.

ESTE ES EL DERECHO FUNDAMENTAL DE TODOS, el subyacente ¿por qué? porque surge de una filosofía milenaria de esta tierra donde hemos nacido o hemos sido adoptados; de una filosofía gestada por la humanidad continental, no sólo para algunos que pretendan apropiarse de su riqueza y de su fuerza con exclusividad.

LA FILOSOFÍA DE AMÉRICA APUNTA LEJOS, sin demasiados y ampulosos discursos y tratados de filosofía y política, es decir, APUNTA a organizar lo existente PARA TODOS, con una visión propia que no excluye a nadie, aún cuando genere diferencias notables en la praxis política. Por eso no son iguales el sistema de los incas y el de los guaraníes, el de los charrúas y diaguitas, el de los mapuche y el que debemos pensar nosotros. Todos sobre una misma base filosófica que nos identifique como auténticos hijos de esta tierra y no la del invasor empedernido.. .

En cuanto a la preocupación más específica de los ‘derechos humanos’ de los pueblos y personas consideradas aborígenes, en el fondo considero que son los mismos que los nuestros. En todo caso para sentirnos unos y otros en pie de igualdad ante el pasado, presente y futuro de nuestra humanidad sin duda es condición sine qua non ‘conocernos’ y ‘respetarnos’ como somos y queremos seguir siendo, aceptando las diferencias que pudieren surgir.

El estudio de la esencia y características de los pueblos de origen anterior a la invasión tendría sentido si se orientara a estimular el respeto de las diferencias, a resolver problemas concretos y a reforzar la identidad de la gente para contrarrestar el embate de quienes se consideran superiores y nos someten por igual a nivel internacional y nacional. Para ese conocimiento, inclusive obras clásicas funcionales al sistema y distorsionantes de la realidad o puramente enciclopédicas y teóricas; las realizadas por curiosidad o para obtener una licenciatura o doctorado, pueden ser correctamente utilizadas por quienes están motivados y sobre aviso, sean docentes, militantes, vecinos, periodistas o políticos, con el compromiso de recuperar todo el proceso histórico-cultural de nuestro territorio e incorporarlo al contenido de nuestro patrimonio e identidad.

Con relación a las políticas del Poder, de la Sociedad y del Sistema Educativo

En 1984 el Ministerio de Bienestar Social de la Nación convocó a todas las Instituciones no gubernamentales relacionadas con “indígenas” para conformar una Coordinadora en función de acciones comunes “efectivas”. También fueron invitadas a participar las Asociaciones aborígenes Independientes con sede en Capital Federal. El proyecto, optimista al principio, naufragó rápidamente.

Sin prejuzgar las intenciones políticas, que probablemente fueron “buenas”, ya en la segunda reunión –donde cada uno sabía quién era quién– el foro se transformó en un cuadrilátero ideológico-práctico. En cuanto algunos representantes, incluidos los aborígenes, esgrimieron argumentos en pro de acciones dirigidas a la autodeterminación,  respeto por su estilo de vida tradicional, educación en el idioma propio e igualdad de posibilidades, todas las instituciones asistencialistas y paternalistas se quitaron la máscara de la democracia y exigieron “acción rápida con ayuda generosa” para “paliar” el hambre y el frío de los “pobres indios” carenciados. ¡Como si en algo se la hubieran calmado a lo largo de estos cinco 5 siglos con las reiteradas cruzadas caritativas!

Finalmente un importante número de instituciones  votó a favor de una campaña urgente de recolección de ropas y víveres para los “indígenas” (inclusive se realizó una pegatina en Capital y Gran Bs. As.) con resultado mísero y efímero si se tiene en cuenta que, en una gran urbe de más de 12 millones de habitantes, se recolectaron unas pocas “cosas usadas y alimentos” que apenas paliaron un día del “hambre y carencia” multisecular de comunidades que, en realidad, lo que tienen es “hambre” de justicia y de respeto, no de limosna. Hambre de ser reconocidos y valorados con sus diferencias culturales y derechos en pie de igualdad con el resto de la sociedad y con relación a otras ‘parcialidades’ o guetos que se ufanan todavía –como si siguieran siendo europeos u orientales– de sus derechos y añoranzas siendo, sin embargo, de origen foráneo en la medida en que se sientan tales. Por otra parte, el producto de la colecta, aún apelando al ‘sentimiento’ de la población –‘lástima’ sería más exacto–, fue en extremo magro, porque pocos creen en esos aportes ocasionales cuyo destino, además, finalmente se ignora y son sumamente transitorios.

Fue aquella la primera y última acción conjunta de la Coordinadora. Al poco tiempo se desintegró ante la deserción de las Asociaciones aborígenes e instituciones más conscientes de la necesidad de encarar soluciones de fondo a nivel nacional, en el orden jurídico, social y educativo.

La anécdota ilustra el tipo de políticas que implementaron gobiernos e instituciones, antes y después de la Independencia de nuestro país. Políticas autoritarias o protectoras, siempre “asistencialistas” y discriminatorias, con consecuencias nefastas para los destinatarios que, al ser tratados como mendigos o carenciados endémicos, se les negó la posibilidad de autodeterminación y crecimiento en la dirección que ellos eligieran en tanto culturas y pueblos preexistentes a la invasión europea y a la república. Un enfoque del problema sin objetivos y definiciones claras a nivel nacional, ni con basamento en principios de igualdad de derechos.

Distinto pensaban algunos ideólogos de Mayo y hombres de acción como San Martín, Belgrano, Moreno y Artigas…pero no fueron escuchados. Partiendo de la base de que son ‘naciones culturales’ (también lo eran antes de la invasión del XVI) perfectamente constituidas desde tiempo inmemorial no estaría demás que intelectuales y políticos actuales tuvieran en cuenta, al menos, conceptos y disposiciones concretas de personajes criollos como los de la Junta en enero de 1811 y de Belgrano para los pueblos guaraníes de Misiones. Sólo citaré algunos párrafos de aquellos documentos ignorados de inmediato por la mentalidad y modus operandi de gobernantes ‘liberales’ y europeizados cuyo interés vertebral era apropiarse a cualquier costo de sus tierras. Orden de la Junta a Juan José Castelli:

(La Junta ha acordado) que, sin perjuicio de los diputados que deben elegirse en todas las ciudades y villas, se elija en cada Intendencia (…) un representante de los indios que, siendo de su misma calidad y nombrado por ellos mismos, concurra al Congreso con igual carácter y representación que los demás diputados (…); haciendo al mismo tiempo que se publique en forma solemne esta resolución para que, convencidos los naturales (en este concepto hay un reconocimiento de su preexistencia) del interés que toma el gobierno en la ‘mejora de su suerte y recuperación íntegra de sus derechos imprescriptibles, se esfuercen por su parte a trabajar con celo y firmeza en la grande obra de la felicidad general.

Por su parte Manuel Belgrano, siendo gobernador de Misiones, dispuso de la siguiente manera:

A consecuencia de la proclama que expedí para hacer saber a los naturales de los pueblos de Misiones que venía a restituirlos a sus derechos de libertad, propiedad y seguridad de que por tantas generaciones han estado privados, sirviendo únicamente para las rapiñas de los que han gobernado (…)  he venido en determinar los siguientes artículos (se transcriben algunos):

1º) Todos los naturales de Misiones son libres, gozarán de sus propiedades y podrán disponer de ellas como mejor les acomode, como no sea atentando contra sus semejantes (por ejemplo, en la actualidad, los criollos que viven en las mismas condiciones que los aborígenes, pero no los terratenientes y extranjeros que invaden esas regiones sin ni siquiera vivir en ellas, por el sólo hecho de disponer mucho dinero).

2º) Desde hoy les liberto del tributo (…)

4º) Respecto a haberse declarado en todo iguales a los (de origen) españoles (…) les habilito para todos los empleos civiles, políticos, militares y eclesiásticos (…)

7º) A los naturales se les darán gratuitamente las propiedades de las suertes de tierras que se le señalen, que en el pueblo será de un tercio de cuadra y en la campaña según las leguas (‘leguas’, no metros) y calidad de tierras que hubiere cada pueblo.

8º) A los (de origen) españoles se les venderá la suerte que desearen en el pueblo después (‘después’!) de acomodados los naturales, e igualmente en la campaña por precios moderados para formar un fondo con qué atender a los objetos que adelante se dirá

18º) En atención a que nada se haría con repartir tierras a los naturales, si no se les hacen anticipaciones así de instrumentos para la agricultura, como de ganados para el fomento de las crías, ocurriré a la excelentísima Junta, para que abra una suscripción, para el primer objeto (…) (Sigue el texto).

Demás está comentar la sabiduría de Belgrano y la necedad de los gobernantes  posteriores que hicieron caso omiso de su visión humana y justiciera porque esa necedad es obvia, continuó y continúa en el presente. Todas son puras declamaciones y escándalos momentáneos cuando grupos aborígenes son desplazados de sus tierras en el Gran Chaco o en el Sur para dar cabida a un ‘famoso’ o a empresarios que compran por migajas (para ellos) a las tierras y a los políticos.

Recién en las últimas décadas del siglo XX se produjo un avance significativo. En efecto, tras la dictadura militar y el incidente Malvinas que reclutó cientos de aborígenes, casi al unísono y por un mágico resorte, políticos y legisladores cada uno en su ámbito, aprobaron una Ley Nacional (1985) y varias Provinciales  “de protección al aborigen”. Inclusive en la Constitución Reformada de 1994 se eliminó por aclamación el único artículo que se refería discriminatoria e indirectamente a los “indios” (sic)  y se introdujo uno nuevo con características positivas. Se dio un paso adelante  indiscutible, pero la perspectiva continuaría descontextuada y solo letra escrita, por no decir “muerta” si nos atuviéramos estrictamente a la ley.

La Constitución vigente hasta 1994 decía:

“Corresponde al Congreso…conservar el trato pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo” (Art.67 / 15). El artículo en sí, fruto de 300 años de vil dependencia de Europa y de su filosofía, inoculó en europeos radicados en el nuestro continente y en los criollos y mancebos arbitrariedades que hoy nos parecen aberrantes pero que fueron vividas como normales casi dos siglos de emancipación republicana.

Conservar el trato pacífico con los indios”, decía la  Constitución anterior, como si se tratara de enemigos, “ellos”, que vivían en estas tierras desde miles de años antes que los invasores!

Promover su conversión al catolicismo” haciendo alarde, con ese objetivo, del profundo eurocentrismo y soberbia de la cultura occidental impuesta en nuestro territorio sin ningún respeto por las preexistentes y las posteriores de signo no cristiano. Sobre todo, soberbia del catolicismo que se creyó con derecho y obligación de humillar a estos pueblos hasta su exterminio cultural y físico.

Pero este artículo trasnochado de aquella Constitución ya pasó. Ni siquiera los políticos y legisladores creían en él, aunque nada hacían para desmentirlo. El nuevo, incorporado a la Constitución reformada, dice:

“Corresponde al Congreso (…) reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afecten. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones”.

Este inciso modifica sustancialmente el tono del anterior y reconoce derechos concretos de los Pueblos aborígenes en la línea del pensamiento de Belgrano.

Sin embargo, este necesario paso adelante permanece fuera de contexto de la perspectiva histórica de todos los habitantes del territorio y del ámbito socio-político-educativo nacional manteniendo básicamente la dicotomía entre “ellos” y “nosotros” (aborígenes y no-aborígenes). Estrategia solapada, o más bien inconsciente que, tarde o temprano,  aislará a las comunidades en un mundo inexistente o las hará emigrar de sus enclaves tradicionales –que la Constitución contempla entregárselos en propiedad– hacia cordones urbanos presionados por falta de hábitat adecuado y por la subyugante tecnología contemporánea, en especial por propuestas ladinas de  empresas nacionales y transnacionales y de terratenientes ávidos de sus tierras –muchas de ellas todavía fiscales o eclesiásticas cuya titularidad es profundamente discutible por tratarse de tierras arrebatadas ‘legal pero ilegítimamente’ a los habitantes nativos de este continente.

No es este el lugar adecuado para pasar lista de los permanentes atropellos  con relación al problema de las tierras en que viven los aborígenes desde tiempo inmemorial. Solo daré un ejemplo que encierra una aparente generosidad de leyes y gobiernos de turno. Tanto en el Gran Chaco como en la Patagonia durante las tres últimas décadas se les ha entregado algunos miles o cientos de hectáreas con la obligación “obvia” de alambrar su perímetro y evitar conflictos con los terratenientes que no pierden oportunidad para “correr los postes” y prohibirles el ingreso a sus propiedades en procura de recursos naturales. Paralelamente, sobre todo en el Gran Chaco donde la perspectiva de producción es más densa, se establecen importantes empresas madereras, cerealeras, horticultoras y ganaderas. Las consecuencias son inmediatas: los aborígenes se ven obligados a constreñirse al interior de pequeñas fracciones de tierra para cazar, pescar y recolectar –lo que en la práctica resulta irrisorio–, con la sola opción de entrar a las enormes propiedades circundantes, (ya no fiscales o a lo sumo Parques Nacionales donde también tienen prohibido cazar, pescar, recolectar frutos y leña, etc.), tan solo como mano de obra transitoria y sumamente barata.

De este modo, indirectamente previsto por la Ley, se logra que las culturas de los diferentes Pueblos nativos se resientan una vez más con una lógica desorientación que los atomiza, margina, desanima y les engendra en su interior impotencia y profundo rechazo por la sociedad “no aborigen”. En la práctica se ven obligados a “integrarse sin remedio” a pautas coercitivas y foráneas a su cultura (igual que durante el cruel coloniaje). Una vez más se repite el  mecanismo eurocéntrico en nombre de “la civilización y el progreso”. Políticos, gobernantes, legisladores, educadores y todo tipo de funcionarios se arrogan la facultad de decidir la vida de esos pueblos milenarios. Deberían tener presente que no es lo mismo para una Nación cultural aceptar voluntariamente las reglas del juego de otra cultura que recibirlas por imposición inapelable tal como viene sucediendo en el continente desde el siglo XV.

Los ‘indios’, ‘indígenas’ o ‘aborígenes’ –todos términos que suelen englobar distintas y exquisitas culturas sin diferenciación alguna, como una bolsa de gatos de distinto pelaje– para la conciencia de mucha gente y los gobiernos de turno todavía constituyen una ‘carga’ en lugar de considerárselos ‘testigos’ privilegiados de nuestra cultura milenaria. Una ‘basurita’ en el ojo en lugar de un ojo sabio, noble y creativo. Por eso, precisamente, nunca hay presupuesto para ejecutar las leyes –al menos en las propuestas concretas que ellas prevén– y las mismas permanecen descontextuadas de posibles soluciones de fondo. SOLUCIONES QUE MÁS TIENEN QUE VER CON TODOS LOS HABITANTES DE LA ARGENTINA QUE CON LOS ABORÍGENES PROPIAMENTE DICHOS AISLADOS DEL RESTO.

En la medida en que para la sociedad y gobiernos los ‘indios’ sigan siendo todavía ‘indios’ y no sustancialmente ‘nosotros mismos’ nunca habrá proyectos que encaren los problemas de fondo.

Tanto el nuevo inciso de la Constitución como recientes leyes pueden convertirse en un paso adelante indiscutible a pesar de ciertas limitaciones impuestas por la mentalidad heredada de casi cinco siglos de historia distorsionada por los invasores. Por el momento es letra escrita. Interpretarla y ponerla en práctica es tarea de todos, también de legisladores y gobiernos. Fundamentalmente no depende de una oficina burócrata instalada en Buenos Aires que ni siquiera está en manos de aborígenes, y menos de decretazos, sino de un cambio de  mentalidad, en especial del contenido en sí de la educación y de la óptica con que se lo transmite a la población. Tarea ardua, pero posible y apasionante.

Las sucesivas reformas educativas propuestas por Ley 24195 adolecen de esta distorsión sustancial. En ellas se contempla la ‘organización institucional’, ‘procesos orgánicos de participación’,  ‘tiempos y espacios en el aula flexible’, ‘inclusión progresiva de los contenidos básicos comunes’ (que en términos generales son los mismos de siempre adaptados al progreso tecnológico del mundo y deteniéndose más en la globalización que en las diferencias culturales de las regiones),  ‘trabajo institucional de los alumnos’ y ‘las nuevas modalidades de gestión’. Todas fórmulas rimbombantes que pueden ser útiles bien empleadas, pero que solo hacen referencia a los métodos de encarar la educación y a su estructura institucional.

El eje medular de esta función pública que pretende educar al hombre sigue siendo foráneo al continente. Este problema atañe a todos los habitantes –aborígenes y no-aborígenes– en su intento de buscar y encontrar su Identidad común argentino-americana.

En el caso de las comunidades aborígenes  el problema de los contenidos se agrava porque prácticamente en los programas curriculares su realidad tan solo resulta un apéndice de segunda. Por otra parte, paralelamente se priva a la población en general  del derecho inalienable de conocer la totalidad de la propia historia de esta tierra donde nacimos. En consecuencia en textos y literatura oficial u oficiosa lo indígena es apéndice mientras que lo colonial y republicano es “la historia” que, además, se obliga a ser aprendida como tal a los aborígenes. Grave error de concepto y de perspectiva largamente defendido por las vertientes del poder invasor europeo-criollo que frena el desarrollo auténtico de nuestra identidad. Si se analiza desprejuiciadamente el último  intento de reforma pueden apreciarse  pautas que deberían hacernos reaccionar: sus criterios y parámetros de contenido y método son calcados del estilo europeo y la bibliografía básica no es de creación argentino-americana.

La Ley Nacional 23302/85 sobre ‘política indígena y apoyo a las comunidades aborígenes’ trasunta inequívocamente esa óptica, sin negarle por ello aciertos enunciativos que casi no se llevan a la práctica. El Artículo 14 expresa:

“La autoridad de aplicación coordinará con el Ministerio respectivo y con los gobiernos provinciales la realización de planes de alfabetización y educación para la elevación cultural y social de los miembros de las comunidades indígenas, contemplando la implementación de campañas intensivas de alfabetización para adultos y la creación de escuelas hogares y de servicios educativos en todos los niveles de enseñanza en las comunidades indígenas, EMPLEANDO ADEMÁS LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN MASIVOS” (subrayados y mayúsculas del legislador)

El Art. 15 subraya aún más la confusión del Legislador rrespecto del derecho de todos de conocer y asumir la totalidad de nuestra historia continental. Por eso agrega:

“En la enseñanza se deberá resguardar la tradición histórico-cultural de cada comunidad indígena, sus juegos y deportes y el aprendizaje del cultivo de la tierra con el conocimiento de las técnicas modernas procurando habilitar y mantener granjas o huertas escolares. Se enseñará la historia argentina y se promoverá el estudio de sus antecedentes aborígenes y la enseñanza y práctica del cooperativismo. ABOLIÉNDOSE  EN  LA ENSEÑANZA TODA  ALUSION  DENIGRANTE DE LOS ANTEPASADOS INDIGENAS.  SE ENSEÑARÁ  LA  HISTORIA  DE  LOS PUEBLOS INDÍGENAS COMO PARTE FUNDAMENTAL DE LA ARGENTINA, LOS SISTEMAS DE TRABAJO PROPIOS DE LAS COMUNIDADES O TRIBUS, TÉCNICAS COOPERATIVAS, ETC.” (subrayados y mayúsculas del legislador. Sigue, extenso,  el texto de la ley).

La Ley en sí merecería un análisis específico que no me he propuesto realizar en esta oportunidad, pero en términos generales se podría decir que, de cumplirse, hubiera significado gran avance.

En cuanto a su puesta en práctica, hasta el presente existen muy pocas señales de implementación por parte de los gobiernos que se han sucedido desde su promulgación, probablemente  porque no se sabe  qué y cómo hacerlo. Queda, por supuesto, una puerta abierta que educadores y políticos lúcidos pueden aprovechar para una próxima reforma.

El mismo panorama predomina en el ámbito provincial donde se han promulgado leyes del mismo tenor y con los mismos resultados de la nacional.

En el ámbito de las políticas no oficiales o privadas se han impulsado proyectos y sugerencias más combativas y arriesgadas cuyos resultados fueron dispares y, en general, transitorios. Un ejemplo típico es el de los Congresos, Encuentros y Jornadas Nacionales de sólo aborígenes o mixtos. Todos ellos  concluyeron con propuestas declamatorias aunque legítimamente reivindicativas. En los últimos 30 años se han conocido más de 100 Encuentros en los que se nombraron comisiones, consejos y autoridades en el ámbito de pueblos “indios” con la consigna, entre otras, de encarar soluciones al problema de la educación y tierras, pero sin consecuencias prácticas significativas en el ámbito de recuperación de idiomas nativos o de implementación de las propuestas legales. Quizá una de las causas de la inoperancia de estos Encuentros deba atribuirse a que los mismos suelen ser manipulados por los gobiernos de turno o por una u otra institución confesional u oportunista con ansias de poder y de prestigio o, quizá, porque responden sutilmente a consignas de mejorar externamente la situación ‘manteniendo’  el status quo real.

Paralelamente a estos intentos privados y oficiales, la situación de la base, tanto en comunidades aborígenes como en el resto de la población, permanece la misma en todos los niveles. También en lo que se refiere a tierras, educación y cultura. En efecto, la transmisión del Patrimonio propio de cada pueblo solo se perpetúa gracias a sus métodos tradicionales muy efectivos en función de una forzosa supervivencia “marginal” con relación a la sociedad global. Por otra parte, su participación en la educación formal, no concebida para ellos, es casi nula porque el eje de la historia y cultura de la Argentina y América paradójicamente sigue siendo Europa. Todo lo anterior a la invasión aparece como tangencial y foráneo para los contenidos fundamentales del sistema educativo, tanto para unos como para otros.

Es cierto que los contenidos y la perspectiva de la educación no se pueden revertir “por decreto”, ni existe una fórmula mágica para lograrlo. Pero se han dado intentos significativos como aquel proyecto de ley presentado en Diputados en 1985 que, si bien fue rechazado en esa oportunidad, reveló  modestamente un camino a seguir. El proyecto propugnaba que “todos los establecimientos de enseñanza dependientes  del Ministerio  de  Educación incluyan como materia progresiva, –no como apéndice de cualquier otra– las culturas nativas de América y Argentina para el conocimiento del proceso histórico-cultural milenario de los diferentes grupos humanos que habitaron y habitan el continente y nuestro territorio nacional”.

Desde mi perspectiva el núcleo del problema radica no sólo en lo político sino en el sistema educativo continental y nacional ya que su contenido y método atañen no solo a los aborígenes sino a la sociedad como tal y, más específicamente, a quienes se sienten “capacitados” o con derecho a resolver “desde fuera” el problema de aquellos, manteniéndose así el eje curvo de la historia y el círculo vicioso del colonialismo cultural.

Hay, pues, una realidad incuestionable que deberíamos modificar: el contenido del sistema educativo que permanece sustancialmente idéntico a lo que desde el inicio de la invasión  impusieron los europeos. Desde entonces solo hubo intentos de adecuación del sistema a los tiempos, pero siempre con parámetros y criterios culturales foráneos

A veces el sistema educativo  –obviamente me refiero sobre todo a las personas que lo representan en distintos momentos– se confunde o se disfraza con metodologías renovadas y con propuestas ‘revolucionarias’ por el hecho, como se ha afirmado más arriba, de cambiarse nomenclaturas, incorporarse métodos de enseñanza aplicables en cualquier lugar del mundo y carreras ‘con salida laboral’ y/o modificarse la división y duración de los niveles en la estructura. En cierta forma es todo aceptable y puede ser positivo. Pero el eje curvado de la historia, los principios y parámetros culturales sobre los que está construido su contenido siguen inamovibles en su esencia.  Permanece el mismo desde que en nuestro continente se implantó (“transplantó”) un tipo de “educación” invasor, apoyado en “vertientes” de un enclave histórico-cultural determinado (Europa) que directa o indirectamente disimulan todavía lo medular y propio que se debería transmitir (por ejemplo la filosofía continental milenaria). Esta estrategia  ejecutada durante siglos por las instituciones eclesiásticas y políticas de aquel continente  infiltró sus conveniencias, ideología y estructuras declamatorias de la libertad y respeto que pregonan a cuatro vientos cuando se trata de sí mismos, pero que no la practicaron ni practican con la humanidad milenaria de América. Estrategia vigente gracias, sobre todo, a la colaboración de mentes criollas colonizadas y obsecuentes que anhelan parecerse a ese ‘primer mundo’, según ellos fascinante. No está mal abrirse a ese mundo siempre que estemos dispuestos a defender lo medular nuestro, que es la libertad en los distintos órdenes y el la aceptación consciente del proceso cultural milenario de nuestro continente, no-inferior al de Europa, sino diferente.

Tanto el ‘enfoque curvo’ retrospectivo de la historia cuanto los principios y parámetros culturales (técnicamente diríamos la episteme) del sistema transplantado están tan íntimamente incorporados en nuestra conciencia y en los intersticios del aparato educativo que ni se nos ocurre ponerlos abiertamente en tela de juicio. Y si lo hacemos, sentimos culpa por aparecer “antipatriotas”, es decir, por atrevernos a discutir el paquete que nos legaron los europeos desde el s. XV. Confundimos “patriotismo” –que en la práctica suele ser declamatorio– con recortar ‘mansamente’ nuestra mirada sobre nosotros mismos y así perder de vista el verdadero eje y el contenido de nuestra historia milenaria.

Este fenómeno de “trasplante” pesa estructural y afectivamente en el ámbito nacional. Hace que los intentos de revertir el enfoque y la praxis educativa, tanto en comunidades aborígenes como en el resto de la sociedad, resulte muy difícil. Por ese motivo mientras no se modifique la cuestión medular que nos atañe a todos por igual (aborígenes y no-aborígenes) parece absolutamente necesario que las comunidades de origen pre-invasión occidental, por sí mismas manifiesten sus expectativas sin claudicar y mantengan su propio estilo de transferencia cultural que les permitirá subsistir hasta que la globalización lo permita o ellos quieran. No es ironía esto último sino constatación de la dirección que asumen las reformas del estado. No se buscan cambios sustanciales y “revolucionarios” que abran caminos a soluciones de conjunto en el área de la educación. Solo adecuación a las exigencias del ‘primer’ mundo tanto productor de la ciencia y tecnología como de las salidas laborales que supuestamente ese mundo exigirá.

Para finalizar la propuesta, entiendo que se imponen cambios ‘revolucionarios’, no en el sentido socio-político que aplican algunos filósofos ‘occidentales’ que no dejan de ser eurocéntricos y colonialistas, sino el de re-volver, dar vuelta la perspectiva hacia nosotros mismos. No mirar nuestra historia ‘desde’ Europa hacia aquí a partir del 1492 (con su episteme, estructuras e instituciones que se han propuesto anular lo legítimo local para reinar ellos y usufructuarnos),  sino “enchufarnos” en la realidad y el pensamiento milenario del  territorio americano y, en nuestro caso, argentino, es decir, desde cuando entró el primer grupo humano  al continente  y a nuestra tierra, hace miles de años,  y echó a rodar el fascinante proceso de la historia y cultura local hasta el presente.

La ‘revolución’ deseada no sucederá por decreto, ni es recomendable que así sea. Debe producirse por cambio de mentalidad, por el esfuerzo creativo de cada uno de nosotros (sobre todo del docente, político y militante en cualquier orden) que implica investigar toda  la  historia pre  y  post-invasión en un mismo nivel de jerarquía; con mirada crítica, desprejuiciada y dispuesta a abarcar el amplio y profundo proceso cultural de nuestro territorio. Este proceso que  para la mayoría permanece en la nebulosa y silenciado por la historia oficial es, sin embargo, accesible a todos gracias a los numerosos estudios de arqueología, etnografía, antropología, crítica literaria y conceptual de las fuentes tradicionales.

La perspectiva de trabajo propuesta supone un cambio en el enfoque de los proyectos y programas educativos y en muchos otros órdenes de la vida nacional –por ejemplo, derechos de las comunidades nativas de origen pre-invasión, la elección de quiénes de nuestros antepasados deben ocupar los monumentos, qué símbolos son verdaderamente argentinos, qué hacer con nuestro derecho congénito a vivir en la tierra y compartirla, etc.– lo cual, obviamente, presentará fuertes resistencias conscientes e inconscientes. Pero no hay otro camino porque  todo ello constituye el verdadero eje de nuestra historia  en el que la invasión ‘solo’ se inserta como incidente traumático pero superable. Invasión  triunfante momentáneamente por la fuerza militar, el poder del dinero  y la cruz oriental.

Vista desde los complicados problemas de supervivencia y frente a centros internacionales del poder militar, político, económico y religioso que presionan a través de sus influyentes Medios de Comunicación la propuesta puede parecer utópica, teórica o romántica. Medios que, a su manera, manipulan la forma de pensar y el estilo de de vida… llevándonos con sutileza al consumismo virulento como ideal de felicidad humana. Es difícil enfrentarse a este fenómeno social, al poder económico transnacional y al avance arrollador de la subyugante tecnología que tiende a desplazar lo humanístico y regional en tanto valores irrenunciables. Pero vale la pena intentarlo.

De este modo considero que estaremos empezando seriamente a reencontrarnos y vivenciar nuestro derecho vertebral sobre nuestro patrimonio milenario y de los pueblos emergentes en el largo camino recorrido y por recorrer de la humanidad local.

Juan José Rossi
Prof. ‘Historia Americana 1’ – Director Museo Yuchán de Concepción del Uruguay y del Ivy marä ey de Chajarí

Congreso CTA en Paraná, Entre Ríos – Marzo de 2011

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Desde lo filosófico y antropológico, estrictamente no existen culturas y pueblos originarios en esta tierra o, por el contrario, son todos originarios. A lo sumo se podría decir que determinadas culturas emergieron del proceso humano local ‘antes de la invasión occidental’. Pero inclusive los actuales habitantes del continente ―mal llamado ‘América’― y sus culturas, por más influencias de Europa, África y Asia que hayan incorporado en su reciente devenir, son legítimamente ‘originarios’. ’Originarios’ aunque desde lo biológico se sepa o se presuma que la ascendencia de sus protagonistas no surge de alguna línea de vertientes humanas anteriores a la invasión europea o  no se  tenga conciencia de ello.

Sin duda un fenómeno complejo y discutible el del entrecruzamiento de personas que cristalizó, no en los últimos siglos, sino a lo largo de milenios y en todo el planeta, desde el origen de la humanidad. Más aún, que cristaliza ahora y cristalizará en el futuro, sobre todo si se tiene en cuenta que estos diversos emergentes se dieron y se dan con influencias y entrecruzamientos internos y territorialmente foráneos, a veces difíciles de detectar, en especial cuando media alguna invasión compulsiva en algún momento del proceso histórico local como sucedió abiertamente entre los siglos XV y XVIII y continúa sucediendo de forma intensa a raíz de la movilidad planetaria y la globalización compulsiva.

Lo que sucedió, sucede y sucederá en nuestro continente o en cualquier otro, sobre todo en Europa ―si bien intenta disimularlo con su típico eurocentrismo y xenofobia puritana― es un proceso dinámico, causal, zigzagueante y de permanente entrecruzamientos, influencias e intercambios de la humanidad que habita ese o cualquier otro continente o región, como puede ser, por ejemplo, América en general o La Patagonia y el Litoral argentino en particular.

Por otra parte, la ascendencia o descendencia cultural de un individuo o de un grupo no está determinada por lo ‘biológico’ (si así fuera estaríamos aceptando la existencia de razas en una continuidad biológica substancial, lo que científicamente y por el sentido común, es inaceptable). En efecto, somos todos igualmente hombres y no existe el ‘mestizaje’ biológico sino simplemente encuentro o entrecruzamiento de personas, sean estas del mismo color o no, del mismo o de distintos continentes o con igualdades y diferencias de otro tipo. La identidad cultural no es hereditaria, aunque parezca o así se lo suponga ingenua o interesadamente. Se define por lo estrictamente cultural y el compromiso de los individuos y los grupos con el patrimonio y la tradición de la tierra o lugar en que se nace o se es adoptado. Es decir, por el hecho de que un individuo o un pueblo (se tenga la ascendencia biológica que se pretenda tener, lo cual no determina supuestas ascendencias) viva y asuma ‘prácticamente’, sin proselitismos ni reclamos de exclusividades anacrónicas, lo vertebral del patrimonio cultural en cuestión, es decir, la cosmovisión, la filosofía de vida y la organización socio-política propias en el contexto de una comunidad real que las activa. Sería contradictorio ―en todo caso puede ser estratégico con fines espurios al hecho mismo de pertenecer y asumir una cultura a la que grupos y personas afirman representar―, por ejemplo, pretender ser celta, galo, inca o huarpe si en la práctica se vive como ‘occidental-cristiano’, bajo la hegemonía del Vaticano y la filosofía europea, aceptando las reglas socio-políticas y jurídicas de esa u otra cultura invasora. Hoy muchos pregonan ser ‘indígenas’ cuando en realidad no existen como tales, puesto que ese adjetivo es una ficción creada por el invasor para diluir y desvalorizar una única historia humana continental de todos los tiempos, la del hombre. Algunos afirman ser kollas, diaguitas o charrúas pero sienten y afirman ser católicos y occidentales acogiéndose, confundidos, a  leyes, condiciones y estructuras del supuesto invasor ‘blanco’.

Esos supuestos invasores ‘blancos’ serían, en la opinión general y sobre todo en el enfoque actual de los mal llamados ‘indígenas’, todos los que no nos asumimos como ‘indígenas’ o de alguna parcialidad en particular. Es decir,  quienes, por ejemplo, vivimos en territorio argentino o uruguayo que, sin reconocernos ‘aborígenes’, sin embargo sentimos como ‘nuestra’ a la historia y la cultura de todos los tiempos de este territorio enriquecidas a lo largo de miles de años por el devenir y la presencia de un proceso humano causal del que emergieron, emergen y emergerán incontables manifestaciones culturales y políticas nativas. Es decir, culturas ‘de este lugar’, pero que naturalmente se entrecruzan e inter-influyen, que se han sucedido unas a otras, se suceden y sucederán indefinidamente en el tiempo creando, trasmitiendo y heredando, en ese devenir, un patrimonio común que todos, sin diferencias ni exclusiones, deberíamos asumir como propio por el solo hecho de haber nacido en esta tierra. Por otra parte, claramente es eso lo que hacen y sienten los europeos de cara a su historia y patrimonio cultural. Para ellos no existen dos historias paralelas o contrapuestas, la de los ‘indios’ por un lado (que serían, en el caso de Europa, los antiguos cromagnones, neanderthales, ligures, latinos, celtas, galos, griegos, romanos, etc. o los sami del presente) y, por otro, la de los ’blancos’ (por ejemplo, franceses, alemanes, ingleses u holandeses actuales, que en realidad son más morochos’ que los sami de Suecia). Para los europeos, como debe ser, hay una sola historia y un patrimonio cultural que esa humanidad amasó en el tiempo, que respeta y valora y que, más allá de diferencias ideológicas y políticas, comparten y defienden a nivel continental. Tampoco establecen hitos sustancialmente divisorios de su historia (un ‘antes’ y ‘después’) por el hecho de haber sido también ellos invadidos en alguna instancia ―fue el caso de los llamados ‘Bárbaros’―.

Todo lo cual no obsta a que determinadas sociedades, conformadas en el devenir de la región ―como la gitana, vasca, gallega, etc.―, luchen por alguna autonomía política basada y respaldada en la continuidad de su experiencia como nación cultural, inclusive con su idioma propio, en el contexto de un sistema socio-económico occidental-cristiano-capitalista que ellos en la actualidad comparten obligados o voluntariamente, según el caso.

Llevada esta reflexión a nuestros días, parece extemporáneo y disolvente que, por ejemplo,  guaraníes o mapuches de cualquier territorio pretendan ser ‘los invadidos’ a quienes la sociedad o nación argentina (¿nosotros?),  ―‘occidentalizada’ por la fuerza en muchos aspectos de su sistema filosófico, político y jurídico―  debería ‘devolverles’ la tierra e instituciones políticas tradicionales que los europeos (no nosotros, aunque muchos hayan sido o sean obsecuentes con esa invasión) se apropiaron o destruyeron en su momento. Mal le pese a algunos auto-denominados ‘indios’, los aquí nacidos ayer, hoy y mañana somos todos ‘nativos’ y como tales herederos de una historia, de valores (no de una estructura política en particular porque hubo y habrá miles) y de una filosofía continental milenaria genuina que, entre todos, tenemos el derecho y la responsabilidad de conocer, asumir y tratar de recuperar en la práctica. Recuperar no haciendo proselitismo de tal o cual nación o cultura ―desaparecida o no― emergente antes o después de la invasión, sino sumiendo en el pensamiento y en los hechos los valores y principios que a lo largo de miles de años cristalizaron en esta tierra, como son, por ejemplo, las cosmovisiones (no precisamente ciertas celebraciones, ritos y  danzas que se modifican permanentemente, sino la filosofía de vida que las respalda y que es celebrada en encuentros colectivos), la no propiedad privada de la tierra, la mitología propia, la única historia del hombre continental por más invasiones internas o externas que se hayan producido en el continente. En efecto, la invasión de los europeos no fue la única, también los incas y aztecas política y económicamente invadieron naciones autónomas, por mencionar apenas  ejemplos más recientes de nuestra milenaria historia humana continental.

Se suele pasar por alto que en los espacios habitados por el hombre se dan procesos causales y zigzagueantes profundamente hilvanados por diferentes estrategias (de las que, gracias a la memoria que el genero Homo desarrolló en el proceso evolutivo, va cristalizando el patrimonio cultural de los pueblos y de la humanidad), activadas, estas estrategias, en íntima relación con el ecosistema en un permanente e inevitable intercambio causado por múltiples causas y motivaciones, entre los grupos próximos o lejanos de distintas vertientes. En este sentido no hay culturas o pueblos ‘originarios’ con exclusión de otros, sino ‘emergentes’ de un complejo proceso humano que continúa. Emergentes de un torrente ―la historia humana planetaria o regional― que genera pensamientos propios, singulares y determinantes en los distintos enclaves y que, en su trayectoria sin fin, se enriquece a través de su íntima relación con el entorno y demás grupos cercanos o distantes, sean estos de donde fueren y vinieren de donde vinieren. Suponer lo contrario ―es decir que los pueblos son endógenos y puros o que tienen una historia paralela y derechos exclusivos basados en una supuesta ascendencia biológica, por otra parte imposible de comprobar― es, como mínimo, ingenuo desde un análisis filosófico-antropológico e histórico.

La historia y el pensamiento o filosofía de un lugar se configura desde lo propio en un necesario intercambio, buscado o no, con lo externo y advenedizo por distintas circunstancias. Esto sucedió tanto en el territorio europeo como en el africano, asiático y el nuestro. La experiencia y el patrimonio humano paraquense y tiahuanacota influyeron, por ejemplo, profundamente en todo el norte argentino-chileno; los gé, kaingang, pano y arawak sobre la floresta brasileña, paraguaya y el Litoral; los incas  en todo el sub-continente Sur y también  África, Europa y Asia sobre nuestro continente en su totalidad en la medida en que estos últimos, a veces coercitivamente ―como fue el caso de los europeos―  ingresaron e ingresan en el torrente milenario de esta tierra para mezclarse de distintas maneras con las estrategias propias del lugar invadido. A partir de allí se generan diversas circunstancias indeseables e injustificables propias de una invasión. Surgen nuevas estrategias de supervivencia presionadas por el poder invasor y al mismo tiempo con el sello explícito o subyacente del patrimonio milenario local. En ese devenir complejo, la historia de un continente o región cambia, se destruye y se enriquece a partir de la experiencia humana que busca siempre el bienestar donde quiera que el hombre despliegue su capacidad creativa y sus deseos de vivir. Es eso lo que nos moviliza como especie y mueve a la humanidad, no simplemente el hecho de reclamar la pertenencia aislada ―y supuestamente incontaminada― a una u otra cultura emergente de ese proceso.

Decir que las culturas y los pueblos que encontraron los invasores europeos son ‘originarios’, puede sonar bien. Pero es riesgoso utilizarlo porque nos retrotrae a una visión dicotómica de nuestra milenaria historia continental que es urgente recuperar porque, efectivamente, es la ‘nuestra’. Probablemente sea mejor decir ‘originarias’ que indias, indígenas o aborígenes, todos ellos términos inadecuados para expresar el concepto o la realidad que se quiere significar ya que en este continente nunca hubo ‘indios’ ni ‘indígenas’ sino simplemente hombres o habitantes protagonistas de un proceso que continúa con los nativos actuales, es decir, con nosotros en tanto plural abarcativo, con todos los nacidos y adoptados ‘aquí’. En todo caso ciertamente hubo y hay indios en la India de Asia. Tampoco ‘aborígenes’ puesto que este término (en latín ab-origine, esto es ‘desde el origen’) debería aplicarse a los hombres que realmente fueron desde el origen de la población ―en nuestro caso, los primeros de la hoy mal llamada América―. Estrictamente el término se refiere a los grupos que ‘primero’ ingresaron por Bering ―o por donde haya sido― hace alrededor de 40.000 años. Ellos realmente iniciaron la aventura del hombre ―y precisamente desde lo que hoy se llama Asia― en nuestra tierra. Ellos nos preceden desde el inicio a todos los hombres que, a partir de aquellos tiempos remotos, hemos nacido o han sido adoptados en esta tierra, sin importar las circunstancias.

Si pudiéramos hablar de cultura o grupo ‘originario’ en algún espacio del planeta, se trataría del primero que hubiera ingresado a ese sitio con el patrimonio cultural que venía generando desde milenios y con el que echó a rodar el proceso abierto que se continúa en los grupos subsiguientes gracias al patrimonio que heredan y que luego transforman, enriquecen o descartan por la fuerza de su experiencia y por su relación selectiva con los diferentes enclaves, el Waj Mapu de los mapuche, la Pacha de los andinos o la Ivy de los guaraníes, que, como bien sabemos, no son estructuras políticas sino filosofía pura, es decir, formas de ver, interpretar y apreciar el universo y la vida.

En el caso de nuestro continente, fueron los asiáticos (denominación circunstancial y arbitraria que designa a los habitantes del espacio hoy denominado “Asia” que, a su vez, provenían de África) quienes, al parecer, primero ingresaron por Bering a nuestra tierra con su  patrimonio cultural propio, así como en Europa ingresaron los africanos mientras se dispersaban lentamente hacia el oeste y el norte. De ahí en más, estrictamente ninguna otra cultura es ‘originaria’ de uno u otro espacio o, por el contrario, todas son originarias impulsadas por el torrente histórico que heredan.

Desde los primeros grupos de hombres que habitamos el continente, se conformaron a través del tiempo diversas cosmovisiones y una filosofía de vida original que se ha ido enriqueciendo, y seguirá enriqueciéndose, a pesar de ciertas interrupciones transitorias (¿qué son 500 años en el contexto de 40.000 o más?), a través del tiempo y de la experiencia basada en la filosofía y en el modo de pensar propio de la humanidad continental. Un proceso, por otra parte, que puede cristalizar en breve, mediano o largo plazo

Uno de esos principios filosóficos creados y asumidos por el hombre nativo de esta tierra a través del tiempo es, precisamente, que todos los nacidos y adoptados en un determinado lugar son hijos de la tierra, con todos los derechos y obligaciones que tal realidad conlleva, más allá de la voluntad de uno u otro grupo que pueda pretender la exclusividad, o prioridad, de ese derecho a pertenecer a la tierra por la sola circunstancia de haber nacido en ella. En tal sentido, es tan hijo de esta tierra un selk’nam o aonik’enk de 3000 años atrás, un charrúa de hace 1000 y todos nosotros en la actualidad que también somos fruto de esta tierra, de la Pacha o Ivy en  el sentido filosófico más profundo. Sin dejar de tener presente, por supuesto ―y esto vale para todos los continentes― que el hombre nacido en un lugar puede, y de hecho lo hace, renegar de su matriz, es decir, de la Pacha o Mapu, del respeto que debemos al entorno en que se nace: es decir, el espacio vital que comprende la tierra, el aire, el sol, el agua, los vientos y el clima de un determinado lugar con los parámetros filosóficos que en ella cristalizaron y que trascienden las pretensiones de uno u otro grupo o individuo. Ese espacio vital en el que hemos nacido, no por elección, sino por circunstancias fortuitas. Por otra parte, no debe disimularse que no sólo los mal llamados ‘blancos’ transgreden los principios filosóficos tradicionales del continente sino también los mal llamados ‘indígenas’ u ‘originarios’ en la jerga de moda.

Ahora bien, una invasión puntual o circunstancial de no importa qué envergadura u origen y los que se pretenden o suponen ser sus descendientes;  un sistema político cualquiera, por más poderoso que sea; una agresión temporal del orden social y simbólico (como es la imposición de un sistema político, filosófico o religioso foráneo) … NO MODIFICAN EL PRINCIPIO FILOSÓFICO-ANTROPOLÓGICO DE MARRAS que está referido al hombre como tal y no a determinados hombres por pertenecer circunstancialmente a una u otra cultura emergente del torrente histórico local.

En este sentido no deben soslayarse dos realidades de peso filosófico y socio-político:

1.     Es cierto que desde 1492 comenzó una mortífera INVASIÓN a la humanidad ‘nativa’ por parte de otro continente que usufructuó y usufructúa descaradamente del nuestro, contra lo que ‘TODOS’ deberíamos luchar, sin excepción. Una invasión que continúa a través de estrategias aparentemente sutiles pero profundas, como es lo cultural globalizador en sus expresiones filosóficas y religiosas, y burdas como es el condicionamiento económico a nivel internacional.

2.     Esta Invasión es AL HOMBRE COMO TAL. Al hombre que habitaba el continente en el siglo XV, a los hombres que nacieron hasta el XVIII, a nosotros hoy y al de mañana. Esta invasión continuará si no nos sacudimos juntos el yugo. No se trata de una invasión al “indio” (que, como afirmamos, nunca existió ni existe en el continente), o al afroamericano, al criollo o gaucho… sino invasión al hombre como tal desde un centro de poder que, en este caso, nos sigue sometiendo mientras nosotros nos desgastamos peleando o discutiendo entre nosotros para dejar sentado quién es primero y quién tiene más derecho sobre los recursos, la tierra y su filosofía. Cuando en realidad todos somos hijos de la misma tierra que nuestra filosofía milenaria conceptualizó maravillosamente en el mito de la Pacha Mama o Mapu. TODOS TENEMOS LOS MISMOS DERECHOS Y OBLIGACIONES POR SER HOMBRES, por haber nacido en esta PACHA.

La estrategia básica del invasor es, precisamente, hacernos caer en la trampa de las peleas y divisiones internas y en la discusión académica de quiénes tienen más derechos sobre el patrimonio continental. Mientras no lo entendamos seguiremos sometidos, unos social y económicamente y la mayoría cultural y filosóficamente, sobre todo en el aspecto religioso y educativo que, en forma sutil o burda, son todavía alienantes y en beneficio de un centro de poder foráneo que ni siquiera respeta el origen que se atribuye, es decir, en su líder Jesús, que ―al menos según el tenor de los escritos bíblicos―  jamás se impuso a nadie y ni siquiera fue proselitista y menos invasor, a lo sumo discutió abiertamente con el poder establecido y con los hipócritas dando testimonio de algo con lo que se puede o no estar de acuerdo, como sucedió por ejemplo con Mahoma, Gandhi, el Che Guevara y tantos otros.

No referirse a los pueblos de origen anterior a la invasión del siglo XVI con el término ‘originarios’ no significa menospreciar la historia de nuestros antepasados, su contenido cultural y su presencia actual en nuestra historia. Historia que, como afirmamos, no empieza con ellos sino con los primeros hombres que ingresaron al continente hace muchos miles de años y que se continúa en la actualidad con nosotros, los nativos, los nacidos ‘aquí’. Tampoco los europeos consideran ‘originarios’ a los ligures, latinos, celtas, galos, griegos o romanos sino simplemente ‘sus antepasados’ de una única historia que empieza para ellos con el ingreso del Homo sapiens arcaico hace alrededor de un millón de años. Pero nuestro sistema educativo ―inventado e impuesto por el invasor y paradójicamente sostenido todavía― y nosotros mismos somos de tan corta mirada con relación a la humanidad de nuestro continente de todos los tiempos que hablamos de dos historias, la de los ‘indios’  y  la ‘nuestra’. Hablamos de ‘prehistoria’ si se trata de antes de la invasión, y de ‘historia’ si nos referimos al período colonial y republicano.

Una única historia continental, la del hombre. Presupuesto válido tanto para la Europa invasora y, a veces, invadida como para nuestra América invadida y mancillada con un nombre que nada tiene que ver con la trayectoria cultural de nuestra humanidad y con la simbología que produjo a través de los milenios.

Ya lo dijo Martín Fierro con sus palabras: “mientras nos peleamos los de adentro nos devoran los de afuera”. Es preciso levantar nuestra mirada hacia el pasado, palpitar el ingreso a esta tierra de nuestros primeros antepasados y admirar sus estrategias, simples y contundentes, lo cual no significa reproducirlas estructuralmente. Urge dignificar nuestra mirada hacia el presente y el futuro próximo asumiendo nuestra única historia en función de un compromiso que nos involucre a todos en la búsqueda de un estilo de vida propio, emergente y basado en la filosofía milenaria de nuestro continente, es decir, en el ‘pertenecer a la tierra’ y no en el ‘ser dueños de la tierra’; en el ser solidarios entre nosotros en tanto hombres y no de tal o cual parcialidad; solidarios frente a la agresión congénita de los occidentales cebados por nuestra riqueza humana y de la naturaleza; en el imperativo de ser libres y mancomunados en un pensamiento y estrategias creativas ante un ‘primer’ mundo que puja por dividirnos de mil maneras para reinar y desvalorizarnos y hacernos creer (a veces lo creemos) que estamos bien porque recibimos limosnas, sus espejitos y cuentitas de colores a costa de nuestra libertad de elegir cómo queremos ser y hacia dónde queremos ir.

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Es probable que las generaciones de americanos que directa o indirectamente  protagonizaron en la década de 1992 el intento de rechazar o de conmemorar el quinto centenario del 12 de octubre de 1492 recuerden conmocionados, escépticos o vagamente interesados, el hecho de que en aquella década del siglo XX nuestro Continente  y  Europa –no así los demás continentes– se debatían en una curiosa pero significativa discusión en torno al contenido y significado de esa conmemoración. Debate que, sin duda, se mantiene al rojo vivo en ciertos sectores de la sociedad. ¿Debe o no festejarse  el arribo absolutamente casual de tres barquitos europeos a un inmenso continente que ‘ellos’ desconocían? ¿Qué acontecimientos de aquella circunstancia merecerían hoy  la atención de la humanidad y por qué? ¿Quiénes deberían festejar? ¿Qué fue realmente aquel desembarco? ¿Descubrimiento, conquista, invasión o qué…?

De hecho, en 1992, la conmemoración occidental fue ignorada por Asia, África y Oceanía y despertó un relativo interés en el ‘viejo’ y  ‘nuevo’ mundo. ‘Nuevo’, por supuesto, según la caracterización que impusieron políticos, historiadores y antropólogos de aquel supuesto ‘viejo’ mundo, en todo caso no más viejo, o quizá más joven, que África y Asia. El hecho es que en la península Ibérica –sobre todo los naturales de Andalucía, plataforma de lanzamiento de la fiebre del ‘descubrimiento’– durante todo el año 1992 celebraron su ‘hazaña’ de quinientos años atrás con rimbombantes artículos y programas televisivos, con una pretenciosa Exposición Internacional en Sevilla, placas y monumentos alusivos, ceremonias religiosas católicas de acción de gracias y ‘fiel’ reconstrucción de las tres famosas carabelas y su botadura en la que, por alguna distracción de los constructores, una de ellas terminó rápidamente en el fondo del mar ante la mirada, entre suspicaz y trágica, de miles de espectadores que se consolaban cuchicheando por lo bajo “¡menos mal que no se hundieron las de Colón, de lo contrario no estaríamos festejando todo el oro, plata, madera, conversiones, especias, mano de obra regalada, esclavos, tierras, materia prima de todo tipo, preciosas obras de arte… que, ‘con nuestro generoso esfuerzo’, logramos salvar del anonimato y salvajismo trayéndolas a nuestra tierra y, de ese modo, cimentar el gran imperio español en ciernes de aquella época,  llegar  a ser lo grande que somos y, de paso, civilizar a los primitivos y salvajes del nuevo mundo!”

Tengo plena conciencia de que frente a la persistente euforia y despliegue europeo respecto de su supuesto ‘descubrimiento’ de nuestro continente no hubo coincidencias en las reacciones de distintos sectores del planeta, ni entonces –siglos XV-XVI– y menos ahora. Por el contrario, fue como el detonante de un disenso que se profundiza día a día entre quienes buscan sacar a luz la realidad de los hechos y aquellos que defienden a ultranza un status quo impostado, es decir ‘mentiroso’, que les permite seguir usufructuando América y ‘festejar’ una especie de titularidad de algo que ellos sienten todavía como propio frente al mundo. ¡La bendita ‘madre’ patria! En todo caso, madre  perversa, dominante,  esclavista,  extractiva y filicida tras la fascinante –para ellos– máscara de civilización y evangelización compulsiva.

En efecto, no pocas voces críticas y ‘aguafiestas’ del triunfalismo europeo –español, inglés, francés, holandés o portugués, poco importa, todos europeos– se hicieron oír a lo largo de 519 años. Durante el sometimiento no sólo los teólogos y filósofos Francisco de Vitoria (1486-1546), Francisco Suárez (1548-1617), Melchor Cano (1509-1560), Luis de León (1527-1591), Bartolomé de Las Casas (1474-1566), Pedro de Aragón, Antonio de Montesinos (+ c. 1526), Juan de Mariana (1536-1624) y Fernando de Santillán (1570) entre otros en la misma Europa– anatematizaron el accionar y la fabulación argumental de los ‘conquistadores’ sino que siempre, también en la actualidad, personas, grupos y científicos neutrales o críticos, distantes o cercanos a los intereses que motorizaron la invasión, censuraron entonces, y desaprueban ahora, los supuestos derechos y pretensiones de España y demás países asociados para el permanente despojo y humillación de la humanidad de la mal llamada América.

Como muestra del disenso baste recordar que en 1982, apenas diez años antes del quinto centenario de la invasión, representantes sudamericanos ante las Naciones Unidas (seguramente ‘despistados’ y obsecuentes) propusieron emitir una resolución por la cual desde ese organismo se honrara oficialmente al explorador, comerciante (fue el primer europeo esclavista y buscador de oro en el continente) y artificialmente místico Cristóbal Colón. El gesto, que pretendió ser simbólico, desató una espectacular batahola entre los miembros de las Naciones Unidas. El embajador de Irlanda adujo que un monje irlandés del siglo VI había sido el primero en ‘descubrir’ este continente, mucho antes de que se llamara América. El de Islandia aseveró airadamente que fue el vikingo Leif  Ericson quien llegó al nuevo mundo 500 años antes que Colón. Los delegados africanos reivindicaron para sí ¿por qué no? la gesta, y así otros.

Según el antropólogo y arqueólogo norteamericano Kenneth Feder, “aquel debate en gran medida fue irónico” aunque oculta, sin duda, una polémica de fondo que condiciona substancialmente la ‘hazaña’ en sí y la cascada de  conclusiones a la que los europeos arribaron después de su fortuito desembarco en octubre de 1492. Efectivamente, ¿quiénes descubrieron en realidad a este continente? Un interrogante que también podríamos plantear para Europa. De todos modos, con relación a nuestro continente, no importa demasiado sostener la prioridad de los viajes de Colón o creer que exploradores portugueses hicieron recaladas en el continente unas décadas antes que aquel; o considerar a Madoc, noble inglés, llegando al continente norte en 1170; ni tampoco resulta significativo aceptar la exploración vikinga alrededor del 1000 o los reclamos del monje irlandés Brendan atribuyéndose la gesta en el siglo VI europeo o que marineros chinos  estuvieran hace  alrededor de 1500 años o que se hallen razonables los reclamos de una presencia celta hace unos 2500 años o de Libia hace 5000 antes de la era europeo-cristiana.

Sean cuales fueren las pretensiones de uno u otro, los habitantes nativos de nuestro continente ya estaban aquí desde por lo menos 40 mil años antes del casual desembarco europeo. Estaban perfectamente organizados para recibir a los extranjeros llegados de cualquier lugar y época. Por lo tanto es a ellos, sin metáfora, a quienes debe otorgárseles, de pleno derecho, el título de ‘descubridores’ de esta porción del planeta. Ellos fueron quienes iniciaron –como en otros tiempos otros hombres en África, Asia, Europa y Oceanía– una auténtica historia continental tejida con la permanente creación de estrategias que les hicieran posible vivir satisfactoriamente y de acuerdo a sus expectativas.

Hace 80, 50 ó 25 mil años (en realidad poco importa la antigüedad y la fecha, lo significativo es el acontecimiento en sí) pequeños grupos de nuestra especie, desprendidos accidentalmente de congéneres que habían llegado al Ártico tras una fascinante dispersión desde África, traspusieron los hielos que unían ambas masas continentales o, quizá, lo hicieron transitando el fondo nada profundo de un estrecho que, seco transitoriamente por efecto de las glaciaciones, se ofrecía como ruta abierta para lograr recursos y refugios. A partir de aquel acontecimiento fundacional, aquellos ‘hombres’ (no primitivos ni  ‘salvajes’) se abrieron a la  experiencia sin retorno de crear para sí condiciones de vida aceptables en el orden material y simbólico. Poco a poco generaron diferentes estrategias para alimentarse, reposar y encontrar explicación a los fenómenos circundantes en el contexto de ecosistemas cálidos o fríos, montañosos, desérticos o selváticos. Surgieron, entonces, distintos modos de ser de núcleos que, en forma lenta, progresiva y zigzagueante –tal como sucedió en las demás regiones del planeta–, arribaron a sistemas culturales diferentes íntimamente relacionados con el hábitat.

Desde hace muchos miles de años el hombre ‘americano’, el mismo que se desplazaba por las sabanas de África, las estepas de Asia o valles y montañas de Europa, buscó, imaginó, experimentó y creó caminos por donde transitar la existencia. Por eso llegó a fabricar variedad de utensilios que, de rudimentarios en aquellos días lejanos arribaron a sofisticados en la actualidad; a crear métodos de caza, pesca, horticultura; a inventar formas de curar sus dolencias y entender el dinamismo de los astros; a descubrir la pintura, agricultura, cerámica, escultura, tejeduría, metalurgia y ciencias en distintos órdenes; a crear, hace dos mil años, el “0” e implementar calendarios en función del dominio del tiempo, de sus fiestas y de su producción agrícola-ganadera. Poco a poco, impulsado por sus propias expectativas y por el creciente número de habitantes, el hombre de este continente se fue organizando con estructuras cada vez más complejas y verticales hasta llegar a espectaculares señoríos, reinados, confederaciones e imperios de una solidez asombrosa, como fue el caso de los mayas, iroqueses, mochicas, aztecas, incas o diaguitas, por mencionar apenas  unos pocos contemporáneos de la invasión europea. Eran hombres y como tales también generaban conflictos, guerras y todo tipo de disputas que subrayaban, precisamente, su condición de humanos tras una sobrevivencia digna y satisfactoria. Una mirada retrospectiva del devenir continental (por cierto todavía poco conocido) nos faculta, sin duda, a discutir la antigüedad y las vías de ingreso del Homo sapiens, y muchas cosas más que la historia y arqueología se encargan de elucidar con sus investigaciones. Pero lo incuestionable es que a partir del 1492 del calendario ‘occidental’ comenzó a desembarcar en el continente una avalancha de grupúsculos europeos que, con relativa facilidad, aplastaron con armas y ‘convencieron’ ideológicamente a los habitantes nativos, transmutando o exterminando su cultura amasada con ingenio y esfuerzo a través de miles de años. Un genocidio y culturicidio sin par en la historia universal, aunque todavía apenas se tenga conciencia de semejante aberración de un continente invasor paradójicamente autodenominado “cristiano”

Europa, con su poder, estrategias, experiencia y conocimientos de muchos milenios, se enfrentó alocadamente, sin reflexionar en la medida de su capacidad, a una humanidad libre, inexperta en la guerra, ajena a la traición, desprevenida y sumamente hospitalaria. Muchos analistas, desnaturalizando aquella intervención, ingenuamente todavía interpretan que se trató de ‘civilización’, ‘evangelización’ y de un ‘encuentro’ de culturas. Pero sabemos que sólo fue invasión, prepotencia de unos pocos sobre una mayoría indefensa (sólo tenían arcos, flechas, lanzas y piedras o palos, sin organización estratégica) que ni siquiera imaginaba un golpe mortal.

En la distancia del tiempo parece increíble que tantos habitantes (como mínimo setenta millones), culturas, naciones y confederaciones perfectamente organizadas hayan sucumbido en tan corto plazo a manos de unos pocos invasores ansiosos y cargados de compulsivos designios, algunos de ellos disfrazados de ‘ideales’ divinos inexplicablemente fanáticos y proselitistas. En tal sentido se podrían enumerar varias razones explicativas de orden mítico, táctico, estratégico militar y político-religioso, pero al menos mencionaremos dos de ellas que parecerían ser condicionantes y explicativas de los sucesos. Una del orden práctico y otra del ideológico. Es decir, por un lado los reinos ibéricos tenían la urgencia de resolver problemas políticos y económicos internos y externos causados por la atomización de la península y su guerra contra la ocupación árabe; por otro, la sociedad europea, sobre todo ibérica, protagonista de aquellos desembarcos era, o se consideraba a sí misma, “católica”, esto es, consustanciada  formalmente con una institución religiosa imperial cuya cosmovisión  mesiánica y  configuración expansionista –como lo expresa su propia auto denominación católica, que en griego significa universal– condicionaba profundamente a las conciencias y estados de esa época.

Ambos poderes, el político-militar (España y Portugal en el comienzo, Inglaterra y demás estados poco después) y el institucional religioso (Vaticano y sectores heterodoxos, todos hambrientos de proselitismo barato) desencadenaron e impulsaron una determinada manera de relación que originó y justificó equívocos, prejuicios, aberraciones, omisiones y errores garrafales tanto en su accionar cuanto en la interpretación y transmisión oral y escrita del mundo cultural, político y mítico al que habían arribado por azar y que se transformaría en golpe de suerte ‘para ellos’  y letal para los nativos. Recuérdese, como muestra, el patético y cruel  “Requerimiento” que durante el siglo XVI los recién llegados leían en castellano o latín (¡) a los nativos para someterlos con la consiguiente destrucción si no se sometían.

Aquellos europeos de diferentes estratos sociales que se lanzaron a la aventura caliente del ‘descubrimiento’ de oro, riquezas manufacturadas, materias primas, tierras y poder (algún tipo de poder, no importaba cuál) y hermosas mujeres ‘complacientes’ ―vistas desde los prejuicios hipócritas de los occidentales― no vieron o no quisieron ver, ni transmitieron con objetividad las realidades complejas que iban encontrando en su tenaz avance por la periferia e interior del continente. Recién en el siglo XX, y con más claridad en los últimos cuarenta años, se han podido activar criterios objetivos de investigación arqueológica, histórica y lingüística, en consecuencia también una adecuada corrección de las distorsiones y una justa apreciación del mundo que encontraron los diferentes agentes y protagonistas de la invasión. Un mundo vastísimo en culturas, población, organización social, ciencia, arte y tecnología que, sin embargo, los arribados ignoraron o disimularon quebrándolo irremediablemente. A pesar de incuestionables adelantos historiográficos, el sistema educativo se resiste todavía  a asumir como propia la historia global y milenaria de nuestro continente y desde allí realizar una lectura científica del devenir de los hechos.

Desde aquel 12 de octubre de hace poco más de quinientos años, los europeos pretendieron ‘descubrir’ lo que ya existía en proceso desde por lo menos 400 siglos; cerraron los ojos ante la magnitud de la población nativa de más de 70 millones de habitantes, que luego diezmaron o sometieron cruelmente, según el caso, en función de sus designios; despreciaron el desarrollo y logros tecnológicos de las diversas culturas, desplazándolos prepotentemente por los suyos en nombre de su civilización; destruyeron sistemas sociales y religiosos locales sustentados por cosmovisiones generalmente simples, poéticas, originales y coherentes, aunque muy distintas a la mitología europea; informaron y transmitieron herméticamente a la posteridad una realidad distorsionada por su visión eurocéntrica e interesada que, de hecho, justificó teológica, política y filosóficamente el genocidio, esclavitud, culturicidio y expoliación de materias primas, bienes y arte elaborados primorosamente. Sólo recuérdese lo que el artista alemán Alberto Durero consignó en sus Memorias (alrededor del 1525) al apreciar las múltiples obras que Cortés robó y envió al emperador Carlos V: Nada de cuanto viera anteriormente había alegrado tanto mi corazón. Los objetos que del nuevo país del oro –se refiere a nuestro continente, ya entonces considerado “país del oro”– han sido traídas al rey, comprenden, entre otros, un sol de oro macizo, ancho como los dos brazos extendidos, y una lámina de plata maciza de la misma anchura. También hay dos salas llenas de armas de todas clases, corazas y otros objetos extraordinarios, más bellos que maravillas. Algunos revelan un arte sorprendente, a tal punto que me quedé estupefacto ante el sutil ingenio de los habitantes de esos lejanos países.

Hoy, gracias a la superación de ciertos prejuicios generados por el invasor y, sobre todo, gracias a la investigación y conclusiones de ciencias como la arqueología, antropología, etnografía, lingüística e historia, podemos y debemos reformularnos preguntas cuyas respuestas modifican profundamente el concepto que tenemos del invasor, de nosotros mismos y de la historia y cultura de nuestro continente. Ante el consumado fenómeno de la drástica irrupción europea en 1492, en cierto sentido también positiva e irreversible en algunos aspectos, cabe preguntarse quiénes eran unos y otros, vencedores y vencidos; cuáles fueron los profundos condicionamientos ideológicos y religiosos que hicieron y hacen posible todavía una relación destructiva y traumática a nivel intercontinental. En efecto, sabemos que las desproporciones continúan. Baste recordar las condiciones y rechazo que los europeos manifiestan cuando se trata de migración de americanos a sus países y el trato humillante de que son objetos. Olvidan la avalancha de invasores europeos delincuentes, perversos, fanáticos, prepotentes, violadores, esclavistas y autoritarios a nuestras tierras durante más de 5 siglos.

En efecto, más allá de la ideología de cada uno  resulta sumamente saludable preguntarse quiénes eran y quiénes son realmente los nativos y los europeos, vencidos y vencedores. Cómo vivían y se comportaban unos y otros en sus diferentes hábitat. Cómo y cuáles eran y son sus respectivas cosmovisiones y religiosidad, es decir, su manera propia de concebir, ver e interpretar el universo, el mundo, la vida y la muerte. En fin, los habitantes del continente ¿eran y somos, como se dijo, salvajes… y los europeos civilizados? ¿o simplemente diferentes?

No se trata de comparar dos mundos distintos o de  contraponerlos en función de legitimar a uno y reprobar o descalificar al otro, sino de reconocer sin prejuicios que existían y existen formas opcionales de configurar y transmitir estrategias (historia y cultura) que hacen más placentera y significativa la vida de los hombres en los distintos enclaves del planeta. Reconocimiento elemental, de hoy y  de ayer,  que debería generar una sana actitud de respeto de unas culturas hacia otras, aceptando las diferencias en pie de igualdad, por más grandes que sean estas diferencias. Teniendo en cuenta, además, que cada continente tuvo y tiene su propia historia a partir del momento en que el hombre recaló en él desplegando sus potencialidades por el sólo hecho de ser hombre y no ‘africano’ o ‘europeo’, ‘cristiano’, ‘musulmán’ o creyente de la cosmovisión andina.

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