Uno Entre RiosPara el investigador Juan José Rossi, el invasor del continente americano impuso hace siglos divisiones que todavía sostenemos con candidez (hasta en las aulas) y sirven al imperialismo.

Durante el Congreso de Derechos Humanos desarrollado esta semana por la Central de Trabajadores Argentinos –CTA- en la sede del sindicato Agmer, con presencia de militantes de varios países, el historiador Juan José Rossi presentó nuevas miradas en torno de los pueblos originarios de Nuestra América y, lo dijo: con ánimo de llamar a la reflexión, y hasta provocar polémica.

Nota de Daniel Tirso Fiorotto / Redacción Diario Uno, sobre la presentación de Juan José Rossi, publicada completa a continuación, en exclusiva, para los lectores del sitio web.

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Desestructurar  la dicotomía impuesta por el invasor en el continente y mantenida por los sistemas político y educativo vigentes

1. La problemática

Desde hace varias décadas se habla y se escribe bastante sobre los derechos de los pueblos ‘originarios’, sin ser por ello un fenómeno exclusivo en esta dimensión del quehacer político y educativo. En efecto, la población del continente en general, algunas gestiones políticas, sindicatos, individuos, organizaciones gubernamentales e independientes y  corporaciones religiosas –sobre todo católicas y protestantes– desarrollan un cierto accionar respecto de una serie de ‘derechos’ específicos de algunos sectores de la sociedad postergados, silenciados o sometidos. Este Congreso es muestra palmaria de lo que quiero significar. Nos preocupan, por ejemplo, los derechos negados o escamoteados de la mujer, de los niños, de las personas con capacidades diferentes, de  los géneros, de los trabajadores, etcétera, y, entre ellos, el de los actualmente llamados pueblos ‘originarios’, ‘indios’,  ‘indígenas’ o ‘aborígenes’.

Abordaré el tema desde una perspectiva diferente, no contrapuesta, a la que habitualmente nos motiva en nuestra militancia, anticipando que los vocablos pueblos ‘originarios’, ‘indios’, ‘indígenas’ y ‘aborígenes’, muy utilizados por la sociedad, resultan inadecuados para señalar la realidad de fondo que nos ocupa. Cabe aclarar, sin embargo, que de una u otra manera  la conciencia colectiva general, cuando los emplea, hace referencia a pueblos y culturas históricas surgidas progresivamente ―subsistan o no―  ‘antes de la invasión’ europea iniciada en 1492 y continuada de distintas formas sobre la población continental en su totalidad hasta el presente.

La relación clásica que establece la sociedad global entre los vocablos designantes y los designados no es legítima desde lo histórico y filosófico-antropológico. Más aún, es una interpretación errónea de la realidad continental basada en varios sofismas falsos que mantienen a la humanidad continental en un status quo de vil dependencia. Al respecto, nuestra reflexión será parabólica pues trataremos de entender cómo la ‘ciencia’ histórica paradójicamente ha distorsionado el devenir y el eje del proceso humano local. Lo cual obnubila nuestra mirada sobre los Derechos que nos competen, no por ser de tal o cual cultura, de uno u otro sector o por haber nacido antes o después, sino POR EL SÓLO HECHO DE SER DE LA ESPECIE HOMO SAPIENS.

Metodológicamente y para que se entienda mi propuesta de trabajo, considero oportuno señalar que probablemente la mayoría de los presentes, si no todos, al mencionar pueblos originarios o aborígenes, se han ubicado ‘frente’ a ellos, ‘a su lado’ o como sus ‘observadores’, inclusive ‘respetuosos’ de la realidad y del concepto en cuestión.

Por otra parte, estén o no bien utilizados los términos aborigen, indio, indígena y originario, es un hecho innegable que desde hace cinco siglos hasta hoy se ha considerado y se considera a las comunidades protagonistas de referencia (de antes y de ahora) casi como de ‘otra especie’. De una especie paralela, inferior o, a veces, superior a la que ‘supuestamente’ perteneceríamos ‘nosotros’ o el resto de los habitantes del continente que por diversos motivos, sabiéndolo o no, no nos sentimos arraigados y herederos del patrimonio histórico-cultural milenario ―a pesar de ser tan nativos como los de origen anterior a la invasión― sino sólo herederos y protagonistas del devenir colonial y republicano en sus diferentes manifestaciones socio-políticas.

Me refiero a un ‘nosotros’ complejo y multifacético, difícil de discernir y clasificar desde lo cultural y, sobre todo, desde alguna supuesta ascendencia biológica si es que esta realidad pudiera definir identidades y pertenencias a una determinada cultura. Veámoslo en un ejemplo: ¿qué serían los mal llamados ‘inmigrantes’ y sus descendientes biológicos nacidos en este continente? ¿Europeos? ¿Inmigrantes en contraposición a ‘indios’? ¿Mancebos, gauchos, criollos?  ¿O todos somos ‘nativos’ de esta tierra, es decir, ‘nacidos  o ‘adoptados’ aquí’, con los derechos y obligaciones que tal realidad genera en los habitantes de todos los tiempos, región o pueblo? ¿Existen en América dos tipos de humanidades que generan DD diferentes?

¿Hubo o hay realmente un ‘ellos’ y un ‘nosotros’ a partir de la progresiva invasión occidental? ¿Hay ‘indios’ y ‘no-indios’, ‘originarios’ y ‘no-originarios’, ‘invasores’ e ‘invadidos’, ‘inmigrantes’ y ‘los otros’ con relación a la pertenencia y compromiso con esta tierra, con su filosofía y DDHH? ¿Alguna diferencia substancial  por el sólo hecho de portar apellido foráneo o de ser, supuestamente, descendiente de algún nacido en Europa, Asia, África u Oceanía, cuya ascendencia, más o menos lejana, en definitiva se ignora y resulta irrelevante buscarla en función del compromiso del presente DEL COLECTIVO CONTINENTAL? Es lamentable, pero todavía muy real, que una gran parte de la población argentina se crea europea, inmigrante, criolla o gringa apoyada en el endeble o nulo argumento de la ascendencia biológica y apellido de origen extra continental. Esta dicotomía, muy incorporada en la memoria colectiva y en el sistema, no pasa de ser una estrategia sutil ―y burda para el que quiera verlo― instrumentada inteligentemente por el invasor para mantener hasta hoy el sometimiento global de la humanidad del continente.

Sean quienes fueren los que conformamos el ‘nosotros’ actual en tanto resultado del cruzamiento de individuos de la única especie Homo sapiens que nace, se multiplica y habita esta tierra desde hace miles de años ―pensemos en los asiáticos ingresantes por Bering hace alrededor de 40.000, en los creadores de las pinturas rupestres hace más de 10.000, en los olmecas, quechuas, onas o guaraníes de hace entre 4.000 y 2000 años, etc.― ¿somos realmente diferentes unos de otros respecto del Patrimonio cultural, de los DDHH y de otras realidades del continente por el solo hecho, en nuestro caso, de interponerse una reciente invasión que todavía tiene vigencia porque no reaccionamos?

¿Ese ‘nosotros’ supuestamente no-aborigen, por ejemplo, tiene derechos distintos al de los pueblos de ascendencia cultural pre-invasión, hoy llamados ‘originarios’? ¿Qué se supone que fueron antes y qué son ahora las invasiones a la especie humana de nuestro continente o de cualquier otro? Qué fue la invasión de los chichimecas al valle de México, qué la de los incas hasta el sur de Mendoza o qué la de mapuches sobre tehuelches en las pampas argentina ¿Acaso fueron y constituyen el quiebre abrupto de la historia de la humanidad invadida dividiéndola en dos como el aceite en el agua? Las invasiones, sean cortas o largas en el tiempo ¿fijan la historia o simplemente constituyen circunstancias coercitivas políticas, económicas y religiosas que, tarde o temprano, son o deberían ser reabsorbidas por el torrente humano y cultural propio Y por el Patrimonio que viene amasándose desde miles de años y superando toda invasión?

Ya que conocemos superlativamente la historia de Europa y el Cercano Oriente ―por cierto infinitamente mejor que la nuestra― reflexionemos: ¿qué sucedió en Oriente con la invasión del ejército romano y en Europa con la de los mal llamados ‘Bárbaros’? ¿Se quebró la historia de uno y otro territorio? ¿Empezó una nueva, paralela a la anterior, o fue reabsorbida progresivamente por el torrente propio de cada lugar, como sucedió también, por ejemplo, con la profunda influencia oriental en occidente respecto de lo científico y de lo simbólico-bíblico hebreo? Pregunten en occidente si en su historia hay ‘indios’ u ‘originarios’ porque antes vivieron los neandertales y cromagnones procedentes de África o sus descendientes ligures, latinos, celtas, griegos, romanos y galos ‘invadiéndose’ unos a otros? En Europa no se transmiten dos historias paralelas ni la presencia de dos humanidades, pero aquí sí porque se nos impuso esa mirada dicotómica de la realidad en tanto estrategia de dominación y, lo que es peor, la aceptamos como borregos.

SE NOS MANIPULA, HACIÉNDOSENOS CREER QUE TENEMOS DOS HISTORIAS Y DOS FILOSOFÍAS DE VIDA (y si no, analicen los ensayos de filosofía e historia y los textos escolares): la de aquí (la de los ‘indios’ que, como dije y repetiré, no existen) y la de occidente, colonia y república (en la que nos sentimos incluidos). Pero entonces, ¿qué filosofía de vida tenemos, qué historia nos respalda o qué seríamos los que hemos nacido aquí pero no nos consideramos ni indio, ni inmigrante, ni gringo? ¿Seríamos parias, una tercera humanidad, ‘mestizos’? ¿O, quizá, pertenecientes a algún grupo de la  miserable escala que inventaron los europeos para dejar sentado que ellos estaban por encima de todos los nacidos aquí antes y después de su irrupción absolutamente casual y no prevista? ¿quizá alguien se considere ‘mestizo’ (o sea, fruto de la unión entre español e ‘india’), castizo (de mestizo y española), mulato (de español y ‘negra’), morisco (de mulato y española), saltaatrás (de chino e india), lobo (de saltaatrás y mulato), gíbaro (de lobo y china), albarazado (de gíbaro y mulata), calpamulato (de sambaigo y loba), tenteenelaire (de calpamulato y cambuja), noteendiendo (de tenteenelaire y mulata) o tornatrás (fruto de noteendiendo e india)? Téngase en cuenta que en la óptica del invasor no se trataba de engendrar un hijo ‘entre’ español e india sino ‘en’ o ‘con’ india o africana como mero receptáculo. (ver más información)

Responderé en pocas palabras a esta serie de interrogantes con la intención de provocar la reflexión y la discusión, respetando el compromiso que cada uno y cada institución tiene con algún sector de la sociedad que ‘supuestamente’ estaría más sometido o marginado que nosotros. Lo que quiero significar es que muchos hablan de DD de las mujeres y niños mientras sutilmente los someten desde una visión machista y autoritaria de la vida ―al estilo, por ejemplo, del catolicismo imperial― emergente de la filosofía de vida occidental. Así como muchos dicen ¡“pobrecitos los indios que viven marginados”! ¿marginados de quiénes y de qué? ¿No será a la inversa? Conocen cómo es la vida y la cultura en el medio del Gran Chaco y cuál la de las monstruosas urbes?

Repito, lo que diré, y lo que puedan leer luego en el desarrollo escrito de la ponencia, no son fórmulas de acción inmediata. Pretende sugerir un planteo filosófico de ‘fondo’ y puesta en relieve de un sustrato y de parámetros comunes a todos, desde cuyo contenido considero que deberíamos mirar, analizar y asumir nuestros DDHH como población nativa, única heredera de una filosofía de vida y de un proceso cultural  milenarios, distintos a los de occidente. ES UN PLANTEO DESDE LA EPISTEME PROPIA (pensamiento estructurado) EMERGENTE DE LA HUMANIDAD CONTINENTAL. Un planteo EN FUNCIÓN DE UNA PRÁCTICA REVOLUCIONARIA (filosófica, política, económica y simbólica) en el sentido de re-volver a lo auténticamente nuestro, a mirar hacia y desde nosotros mismos. Desde un ‘nosotros’ que nos involucra  a todos por igual, más allá de diferencias legitimas circunstanciales y culturales. Ciertamente no se trata de fórmulas mágicas inmediatistas que puedan calmar la angustia que provocan la distorsión histórica y la filosófica que, por inercia irreflexiva, todavía transmite y controla el sistema.

En nuestro continente –mal llamado ‘’América’– hubo, hay y habrá una sola humanidad, un solo hombre, una sola especie… la que, impulsada por su nomadismo congénito, un día partió de África, se dirigió a los 4 puntos cardinales, ingresando finalmente a nuestra tierra aún deshabitada y a otras si las hubiere. Exactamente el mismo hombre, siempre. Más aún, con las mismas características, las mismas expectativas y tendencias, las mismas necesidades, mañas y estrategias pero con diferencias que nosotros llamamos ‘culturales’. En consecuencia:

  • NO HAY ‘INDIOS’, ‘BLANCOS’, NEGROS Y AMARILLOS, ni un antes y ahora, SINO ‘PERSONAS’, HOMO SAPIENS, ‘INDIVIDUOS PENSANTES’, es decir, ‘nosotros’ , ‘animales de poca monta’ o ‘matacos’ como nos bautizaron los españoles en sus entradas del s. XVI, en nuestros representantes nativos de la especie de entonces en aquella región, los wichí. Tengamos el color que tengamos o hayamos nacido cuando y donde hubiéremos nacido o sido adoptados en este continente, somos nativos, con los mismos derechos y obligaciones. En general se supone que aquí hubo ‘indios’ ¡craso error! No los hubo, como no los hubo en los demás continentes, excepto en la India porque allí simplemente es un nombre y no una sustancia. Cuando nosotros estudiamos o nos aproximamos a los mapuche o charrúa, lo hacemos como lo hacen los europeos con su etapa lítica o con los latinos, godos, griegos y romanos o su edad media: es decir, como sus antepasados, cada uno con su historia y cultura que es parte del patrimonio de la humanidad europea como tal y actual.
  • NO HAY DOS HISTORIAS: la anterior (supuestamente de ‘indígenas’) y la posterior a la invasión (¿a cuál nos podríamos referir: a la azteca o inca en el XIV-XV, a la de occidente de 1492 o a los perversos condicionamientos político-económicos pretendidos por el llamado ‘primer mundo’ desde el sigo XIX en adelante?) Una sola historia con un sólo torrente humano y manifestaciones diferentes, entrecruzamientos múltiples, inter influencias, invasiones, bloqueos a lo largo del tiempo… un fenómeno que se ha dado y se da en todos los continentes.
  • NO EXISTE EL MENTADO ‘MESTIZAJE’: el término sólo encierra una estrategia de poder y una distorsión de la realidad puesto que parte de la base de que hay superior e inferior, indios y no indios, negros y blancos, civilizados y no civilizados. Pero solo hay hombres, estrategias y circunstancias de vida diferentes según el hábitat y tradición en que se nace y se vive.
  • En el devenir de la humanidad solo se da ENTRECRUZAMIENTO ENTRE LAS PERSONAS, no mestizaje, si bien las circunstancias del entrecruzamiento puede darse en situaciones política y culturalmente abusivas, injustas, crueles, letales para una de las partes, en nuestro caso para toda la humanidad del continente, aunque aparentemente unos vivan (por ej. profesionales, terratenientes, tecnócratas y empresarios) mejor que otros desde lo material o se crean más cultos que otros. Inclusive es probable que los presentes nos creamos más civilizados o más humanizados que otros porque van a la escuela o tienen una profesión o tecnología de punta en su casa.
  • Considero ―al menos para reflexionar juntos― que, con muy buena voluntad de individuos y organizaciones, tanto unos como otros miramos la primera línea de árboles y perdemos de vista al bosque. Pero esta conciencia no es casual sino provocada por el sistema invasor.

Creo que nos sumergimos en una lucha casuística y anecdótica y sin querer, por el peso del sistema (que ciertamente sigue siendo invasor), soslayamos, no sólo la pérdida profunda y solidaria de los derechos de la única especie humana que viene amasando la historia y filosofía propia del continente desde el ingreso del hombre hasta nuestros días, sino que DIRECTA O INDIRECTAMENTE SOMOS FUNCIONALES AL INVASOR DE LA HUMANIDAD CONTINENTAL COMO TAL. Lo somos más allá de las importantes diferencias internas culturales que siempre las hubo aquí y en todas partes.

Funcionales a un invasor con muchas caras que busca mantenernos ocupados en discutir quiénes tienen más o menos derechos, quiénes son originarios o inmigrantes, quiénes invasores y quiénes no, si católicos, protestantes o judíos… mientras desde una episteme y un poder foráneo muy experimentado y con renovadas estrategias nos mantienen ‘colonizados’ y sometidos epistemológica, cultural y económicamente a todos por igual, aunque algunos crean que son libres porque ganan mucho dinero y pueden defender DDHH puntuales de ciertos sectores de la sociedad.  Esto también le pasa a EE.UU, hermanos del norte, aunque se crea no sólo occidental sino primer mundo.

Más allá de la discusión histórico-filosófico-antropológica de fondo apenas sugerida respecto del único tipo de hombre y la única historia del continente, en la literatura general y en los ensayos de historia y etnografía se considera a los pueblos ‘originarios’ a lo sumo como ‘especiales’, ‘pobrecitos’, ‘marginales’ o dependientes, casi como bebés incapaces de valerse por sí mismos, a quienes hay que ayudar de forma indefinida para que logren sus DDHH, para que calmemos nuestra culpa de supuestos invasores y, una vez ‘asistidos’ circunstancialmente o tenidos en cuenta en la prensa, sus problemas habrían sido superados siguiendo al margen de la sociedad cuando en realidad son personas y grupos exactamente iguales al resto de la humanidad continental, pero con cultura diferente. Peor aún, suelen ser  tratados en forma grandilocuente por los medios de comunicación y los políticos y con ocasional gran preocupación por parte de algunos organismos estatales o privados, pero siempre como si fueran minusválidos y de la vereda de enfrente ―aunque no lo expresen―, extranjeros en la propia tierra donde nacieron y todavía como si fueran ‘nuestras’ víctimas, como si nosotros (ustedes) estuviéramos en deuda con ellos SIN SER TAN NATIVOS E INVADIDOS COMO ELLOS.

Este mecanismo nos retrotrae en la historia, nos fija como en una fotografía. Entonces, mientras discutimos responsabilidades en ese terreno, aceptamos como nuestro el sistema y la episteme occidental que nos somete a todos por igual más allá de nuestra conciencia y acción reivindicativa de algunos de los muchos DDHH que se podrían enumerar y por los que, sin duda tenemos que luchar solidariamente.

En lo que respecta a los pueblos llamados ‘originarios’, en la práctica social, política, periodística y, en general, en la conciencia colectiva, se comenta y se siembra la sensación de que no se respetan sus derechos. Suele decirse que todavía se los considera ‘objeto’ de civilización y de ayuda desde un  paternalismo y asistencialismo humillantes, y es así. Desde el siglo XVI no hay un cambio significativo en ese sentido puesto que los Estados, sus organismos, el sistema educativo, los autores de ensayos históricos y etnográficos, las personas e instituciones independientes ―sobre todo religiosas― siguen siendo burda o sutilmente paternalistas, dicotómicas y discriminatorias. Por dos razones se mantiene ese status quo:

La primera porque la humanidad continental y, en especial la argentina ―supuestamente ‘no originaria’ sino ‘criolla’ o ‘inmigrante’― piensa que es distinta y con derechos diferentes a los de la sociedad que habitualmente se sindica como originaria.

La segunda razón –más compleja– es que los pueblos, hoy denominados ‘originarios’, en general siguen afirmándose y asumiéndose distintos frente a ‘nosotros’, es decir, con otros derechos y otras obligaciones a los supuestamente ‘no originarios’. En definitiva un ‘nosotros’  muy complicado desde lo filosófico, antropológico e histórico ya que, sin negar diferencias culturales que se dan en todo el planeta y siempre, estamos hablando, según hemos reafirmado, de una sola humanidad y especie nacida en la misma tierra en distintos momentos del devenir: el homo sapiens que, con cierta frecuencia, ha sido y es objeto de invasiones que, tarde o temprano, son reabsorbidas por el torrente histórico de cada región o continente. Tal como sucedió, por ejemplo, con la invasión de los ‘Bárbaros’ a Occidente.

Ante esa realidad y problema de fondo subyacente, con relación a los DDHH de personas, grupos y la población en su totalidad, se impone un cambio substancial de la percepción del sustrato histórico-cultural que nos respalda y compromete a todos por igual y del accionar de la sociedad, del poder político y del sistema educativo. Se impone, obviamente, un cambio en 180º del enfoque personal y colectivo de esta realidad aunque esto momentáneamente implique la sensación de que nada hacemos por los derechos humanos de determinados sectores.

Ahora bien, un cambio profundo del enfoque sistémico y personal de los presupuestos filosóficos con los que nos relacionamos a los llamados pueblos originarios de la Argentina y América supone, ante todo, reformular la perspectiva epistemológica de la ciencia histórica, los contenidos y la estructura de la enseñanza, sus métodos de investigación y de transferencia de esos contenidos en la relación con el sector de la población que sostiene y vive alguna cultura de origen pre-invasión (también la nuestra es originaria) que, a pesar de la enorme presión de que fueron objeto durante cinco siglos, aún perviven y defienden su identidad transformándose en TESTIGOS CALIFICADOS DEL MILENARIO MUNDO HISTÓRICO-CULTURAL que EN SÍ MISMO ES PATRIMONIO DE TODA LA HUMANIDAD CONTINENTAL Y NO SOLO DE ALGÚN SECTOR.

Es obvio que el invasor, hoy replegado en sus torres de marfil occidentales (llámense FMI, club de París, comunidad europea, BANCO MUNDIAL, vaticano, etc.) intenta dividir la historia en dos, en antes y después, para establecer claramente que ellos SIEMPRE inauguran o plantan la verdadera humanidad, la civilización y la historia del continente para de ese modo apropiárselo sin escrúpulo, con argumentos filosóficos falsos. Pero la realidad es otra, aunque no seamos conscientes de ella. En efecto, en el continente hay un solo tipo de hombre, una filosofía y una historia QUE NO PERTECEN A ALGÚN GRUPO EN PARTICULAR SINO A TODOS LOS EMERGENTES DE ESTA TIERRA.

2. Una mirada distinta de la Historia y Cultura continental

Un presupuesto a tener en cuenta en cualquier proyecto político y reforma educativa para todos y en cualquier modalidad de militancia, tanto en nuestra propia investigación personal como en la transferencia a terceros (hijos, alumnos, amigos, ensayos históricos, cine, teatro, periodismo, sociedad en general) ES LA URGENCIA DE CONOCER NUESTRA REALIDAD DESDE PARÁMETROS SURGIDOS DE LA COSMOVISIÓN Y FILOSOFÍA O PENSAMIENTO NATIVO que, sin lugar a dudas, era y es distinto (no mejor ni peor) al de los demás continentes del planeta. Inversamente, éstos eran y serán distintos  al emergente o nativo de América. Pero automáticamente surge la objeción clásica de los académicos occidentalizados: ¿de qué filosofía nativa me habla?¿Acaso filosofía no es la de los griegos, romanos u orientales? ¿La de Sócrates, Platón, Aristóteles, Aberroes, Descartes o Nietsche?

Con relación a la estructura básica del pensamiento americano téngase presente, como premisa genérica, su visión global del cosmos y su simbología significante. El nativo de todos los tiempos, no de alguna cultura en particular, se mueve dentro de tres niveles o mundos simbólicos que configuran su universo en una perfecta e indisoluble unidad: el de arriba, significado generalmente por el cóndor, águila o copa de un gran árbol; el de la superficie, por el jaguar y el hombre y el de abajo por los reptiles, especialmente la serpiente y batracios. Tres mundos involucrados. Saliendo uno de otro y abrazados iconográficamente por las alas del cóndor en un círculo perfecto que da sentido armónico a la vida. Al menos una coherencia simbólica y gráfica frente a una realidad compleja y difícil de entender, tan difícil e insondable como es la nuestra en la actualidad a pesar de indiscutibles adelantos científicos y tecnológicos que, al parecer, poco sirven a la humanidad sumergida y dependiente, es decir, la mayoría.

El respeto por el otro y el modus vivendi en y con la tierra; el tipo de trama social solidario; el ayllu o minga, entre otras manifestaciones, no surgieron por azar o salvajismo, como diría Darwin (. La visión propia del universo fundamentó y fundamenta el estilo de vida, las estructuras sociales y los lazos de la gente entre sí y con los componentes de la naturaleza, “uno” de los cuales es el hombre. Nuestro continente milenario tuvo y tiene su propio estilo de vida y genuina filosofía que, no por desconocida o tomada anecdóticamente por el sistema (como es el caso de cosmovisiones y mitología nativa), es inexistente o sin legítima fuerza.

Uno de los manifiestos más conocido en occidente-cristiano y en América –quizá en el mundo entero– es, precisamente, el contenido de la carta que un jefe Seattle envió en 1855 al presidente Franklin Pierce quien propuso ―para calmarlos y luego someterlos  al pensamiento occidental de la propiedad privada― “comprar” las tierras a los habitantes nativos Suwamish del noroeste del actual EE.UU. Como toda respuesta el jefe dictó, para ser transcripta en inglés porque el presidente desconocía el idioma Suwamish, la memorable carta en la que argumentaba de forma contundente y pacífica en contra del proyecto colonialista, que finalmente se puso en práctica. Una síntesis perfecta de su contenido filosófico-práctico lo encontramos en uno de sus párrafos que, a su vez, expresa tanto el pensamiento del nativo de América como sus actitudes cotidianas que aseguraban el equilibrio del medio ambiente:

La tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra”.

El jefe Seattle, un habitante del continente que vivió y luchó (‘aparentemente’ sin éxito) antes que nosotros, reflexionó: “Sabemos que el hombre blanco —término que no hace referencia al color de la piel sino a la filosofía y comportamiento de los invasores sean éstos ingleses, holandeses, hindúes, egipcios o tunecinos— no entiende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que otro, porque es un extraño que llega en la noche a sacar lo que necesita. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el universo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras de sí sólo un desierto”.

ESTE ES EL DERECHO FUNDAMENTAL DE TODOS, el subyacente ¿por qué? porque surge de una filosofía milenaria de esta tierra donde hemos nacido o hemos sido adoptados; de una filosofía gestada por la humanidad continental, no sólo para algunos que pretendan apropiarse de su riqueza y de su fuerza con exclusividad.

LA FILOSOFÍA DE AMÉRICA APUNTA LEJOS, sin demasiados y ampulosos discursos y tratados de filosofía y política, es decir, APUNTA a organizar lo existente PARA TODOS, con una visión propia que no excluye a nadie, aún cuando genere diferencias notables en la praxis política. Por eso no son iguales el sistema de los incas y el de los guaraníes, el de los charrúas y diaguitas, el de los mapuche y el que debemos pensar nosotros. Todos sobre una misma base filosófica que nos identifique como auténticos hijos de esta tierra y no la del invasor empedernido.. .

En cuanto a la preocupación más específica de los ‘derechos humanos’ de los pueblos y personas consideradas aborígenes, en el fondo considero que son los mismos que los nuestros. En todo caso para sentirnos unos y otros en pie de igualdad ante el pasado, presente y futuro de nuestra humanidad sin duda es condición sine qua non ‘conocernos’ y ‘respetarnos’ como somos y queremos seguir siendo, aceptando las diferencias que pudieren surgir.

El estudio de la esencia y características de los pueblos de origen anterior a la invasión tendría sentido si se orientara a estimular el respeto de las diferencias, a resolver problemas concretos y a reforzar la identidad de la gente para contrarrestar el embate de quienes se consideran superiores y nos someten por igual a nivel internacional y nacional. Para ese conocimiento, inclusive obras clásicas funcionales al sistema y distorsionantes de la realidad o puramente enciclopédicas y teóricas; las realizadas por curiosidad o para obtener una licenciatura o doctorado, pueden ser correctamente utilizadas por quienes están motivados y sobre aviso, sean docentes, militantes, vecinos, periodistas o políticos, con el compromiso de recuperar todo el proceso histórico-cultural de nuestro territorio e incorporarlo al contenido de nuestro patrimonio e identidad.

Con relación a las políticas del Poder, de la Sociedad y del Sistema Educativo

En 1984 el Ministerio de Bienestar Social de la Nación convocó a todas las Instituciones no gubernamentales relacionadas con “indígenas” para conformar una Coordinadora en función de acciones comunes “efectivas”. También fueron invitadas a participar las Asociaciones aborígenes Independientes con sede en Capital Federal. El proyecto, optimista al principio, naufragó rápidamente.

Sin prejuzgar las intenciones políticas, que probablemente fueron “buenas”, ya en la segunda reunión –donde cada uno sabía quién era quién– el foro se transformó en un cuadrilátero ideológico-práctico. En cuanto algunos representantes, incluidos los aborígenes, esgrimieron argumentos en pro de acciones dirigidas a la autodeterminación,  respeto por su estilo de vida tradicional, educación en el idioma propio e igualdad de posibilidades, todas las instituciones asistencialistas y paternalistas se quitaron la máscara de la democracia y exigieron “acción rápida con ayuda generosa” para “paliar” el hambre y el frío de los “pobres indios” carenciados. ¡Como si en algo se la hubieran calmado a lo largo de estos cinco 5 siglos con las reiteradas cruzadas caritativas!

Finalmente un importante número de instituciones  votó a favor de una campaña urgente de recolección de ropas y víveres para los “indígenas” (inclusive se realizó una pegatina en Capital y Gran Bs. As.) con resultado mísero y efímero si se tiene en cuenta que, en una gran urbe de más de 12 millones de habitantes, se recolectaron unas pocas “cosas usadas y alimentos” que apenas paliaron un día del “hambre y carencia” multisecular de comunidades que, en realidad, lo que tienen es “hambre” de justicia y de respeto, no de limosna. Hambre de ser reconocidos y valorados con sus diferencias culturales y derechos en pie de igualdad con el resto de la sociedad y con relación a otras ‘parcialidades’ o guetos que se ufanan todavía –como si siguieran siendo europeos u orientales– de sus derechos y añoranzas siendo, sin embargo, de origen foráneo en la medida en que se sientan tales. Por otra parte, el producto de la colecta, aún apelando al ‘sentimiento’ de la población –‘lástima’ sería más exacto–, fue en extremo magro, porque pocos creen en esos aportes ocasionales cuyo destino, además, finalmente se ignora y son sumamente transitorios.

Fue aquella la primera y última acción conjunta de la Coordinadora. Al poco tiempo se desintegró ante la deserción de las Asociaciones aborígenes e instituciones más conscientes de la necesidad de encarar soluciones de fondo a nivel nacional, en el orden jurídico, social y educativo.

La anécdota ilustra el tipo de políticas que implementaron gobiernos e instituciones, antes y después de la Independencia de nuestro país. Políticas autoritarias o protectoras, siempre “asistencialistas” y discriminatorias, con consecuencias nefastas para los destinatarios que, al ser tratados como mendigos o carenciados endémicos, se les negó la posibilidad de autodeterminación y crecimiento en la dirección que ellos eligieran en tanto culturas y pueblos preexistentes a la invasión europea y a la república. Un enfoque del problema sin objetivos y definiciones claras a nivel nacional, ni con basamento en principios de igualdad de derechos.

Distinto pensaban algunos ideólogos de Mayo y hombres de acción como San Martín, Belgrano, Moreno y Artigas…pero no fueron escuchados. Partiendo de la base de que son ‘naciones culturales’ (también lo eran antes de la invasión del XVI) perfectamente constituidas desde tiempo inmemorial no estaría demás que intelectuales y políticos actuales tuvieran en cuenta, al menos, conceptos y disposiciones concretas de personajes criollos como los de la Junta en enero de 1811 y de Belgrano para los pueblos guaraníes de Misiones. Sólo citaré algunos párrafos de aquellos documentos ignorados de inmediato por la mentalidad y modus operandi de gobernantes ‘liberales’ y europeizados cuyo interés vertebral era apropiarse a cualquier costo de sus tierras. Orden de la Junta a Juan José Castelli:

(La Junta ha acordado) que, sin perjuicio de los diputados que deben elegirse en todas las ciudades y villas, se elija en cada Intendencia (…) un representante de los indios que, siendo de su misma calidad y nombrado por ellos mismos, concurra al Congreso con igual carácter y representación que los demás diputados (…); haciendo al mismo tiempo que se publique en forma solemne esta resolución para que, convencidos los naturales (en este concepto hay un reconocimiento de su preexistencia) del interés que toma el gobierno en la ‘mejora de su suerte y recuperación íntegra de sus derechos imprescriptibles, se esfuercen por su parte a trabajar con celo y firmeza en la grande obra de la felicidad general.

Por su parte Manuel Belgrano, siendo gobernador de Misiones, dispuso de la siguiente manera:

A consecuencia de la proclama que expedí para hacer saber a los naturales de los pueblos de Misiones que venía a restituirlos a sus derechos de libertad, propiedad y seguridad de que por tantas generaciones han estado privados, sirviendo únicamente para las rapiñas de los que han gobernado (…)  he venido en determinar los siguientes artículos (se transcriben algunos):

1º) Todos los naturales de Misiones son libres, gozarán de sus propiedades y podrán disponer de ellas como mejor les acomode, como no sea atentando contra sus semejantes (por ejemplo, en la actualidad, los criollos que viven en las mismas condiciones que los aborígenes, pero no los terratenientes y extranjeros que invaden esas regiones sin ni siquiera vivir en ellas, por el sólo hecho de disponer mucho dinero).

2º) Desde hoy les liberto del tributo (…)

4º) Respecto a haberse declarado en todo iguales a los (de origen) españoles (…) les habilito para todos los empleos civiles, políticos, militares y eclesiásticos (…)

7º) A los naturales se les darán gratuitamente las propiedades de las suertes de tierras que se le señalen, que en el pueblo será de un tercio de cuadra y en la campaña según las leguas (‘leguas’, no metros) y calidad de tierras que hubiere cada pueblo.

8º) A los (de origen) españoles se les venderá la suerte que desearen en el pueblo después (‘después’!) de acomodados los naturales, e igualmente en la campaña por precios moderados para formar un fondo con qué atender a los objetos que adelante se dirá

18º) En atención a que nada se haría con repartir tierras a los naturales, si no se les hacen anticipaciones así de instrumentos para la agricultura, como de ganados para el fomento de las crías, ocurriré a la excelentísima Junta, para que abra una suscripción, para el primer objeto (…) (Sigue el texto).

Demás está comentar la sabiduría de Belgrano y la necedad de los gobernantes  posteriores que hicieron caso omiso de su visión humana y justiciera porque esa necedad es obvia, continuó y continúa en el presente. Todas son puras declamaciones y escándalos momentáneos cuando grupos aborígenes son desplazados de sus tierras en el Gran Chaco o en el Sur para dar cabida a un ‘famoso’ o a empresarios que compran por migajas (para ellos) a las tierras y a los políticos.

Recién en las últimas décadas del siglo XX se produjo un avance significativo. En efecto, tras la dictadura militar y el incidente Malvinas que reclutó cientos de aborígenes, casi al unísono y por un mágico resorte, políticos y legisladores cada uno en su ámbito, aprobaron una Ley Nacional (1985) y varias Provinciales  “de protección al aborigen”. Inclusive en la Constitución Reformada de 1994 se eliminó por aclamación el único artículo que se refería discriminatoria e indirectamente a los “indios” (sic)  y se introdujo uno nuevo con características positivas. Se dio un paso adelante  indiscutible, pero la perspectiva continuaría descontextuada y solo letra escrita, por no decir “muerta” si nos atuviéramos estrictamente a la ley.

La Constitución vigente hasta 1994 decía:

“Corresponde al Congreso…conservar el trato pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo” (Art.67 / 15). El artículo en sí, fruto de 300 años de vil dependencia de Europa y de su filosofía, inoculó en europeos radicados en el nuestro continente y en los criollos y mancebos arbitrariedades que hoy nos parecen aberrantes pero que fueron vividas como normales casi dos siglos de emancipación republicana.

Conservar el trato pacífico con los indios”, decía la  Constitución anterior, como si se tratara de enemigos, “ellos”, que vivían en estas tierras desde miles de años antes que los invasores!

Promover su conversión al catolicismo” haciendo alarde, con ese objetivo, del profundo eurocentrismo y soberbia de la cultura occidental impuesta en nuestro territorio sin ningún respeto por las preexistentes y las posteriores de signo no cristiano. Sobre todo, soberbia del catolicismo que se creyó con derecho y obligación de humillar a estos pueblos hasta su exterminio cultural y físico.

Pero este artículo trasnochado de aquella Constitución ya pasó. Ni siquiera los políticos y legisladores creían en él, aunque nada hacían para desmentirlo. El nuevo, incorporado a la Constitución reformada, dice:

“Corresponde al Congreso (…) reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afecten. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones”.

Este inciso modifica sustancialmente el tono del anterior y reconoce derechos concretos de los Pueblos aborígenes en la línea del pensamiento de Belgrano.

Sin embargo, este necesario paso adelante permanece fuera de contexto de la perspectiva histórica de todos los habitantes del territorio y del ámbito socio-político-educativo nacional manteniendo básicamente la dicotomía entre “ellos” y “nosotros” (aborígenes y no-aborígenes). Estrategia solapada, o más bien inconsciente que, tarde o temprano,  aislará a las comunidades en un mundo inexistente o las hará emigrar de sus enclaves tradicionales –que la Constitución contempla entregárselos en propiedad– hacia cordones urbanos presionados por falta de hábitat adecuado y por la subyugante tecnología contemporánea, en especial por propuestas ladinas de  empresas nacionales y transnacionales y de terratenientes ávidos de sus tierras –muchas de ellas todavía fiscales o eclesiásticas cuya titularidad es profundamente discutible por tratarse de tierras arrebatadas ‘legal pero ilegítimamente’ a los habitantes nativos de este continente.

No es este el lugar adecuado para pasar lista de los permanentes atropellos  con relación al problema de las tierras en que viven los aborígenes desde tiempo inmemorial. Solo daré un ejemplo que encierra una aparente generosidad de leyes y gobiernos de turno. Tanto en el Gran Chaco como en la Patagonia durante las tres últimas décadas se les ha entregado algunos miles o cientos de hectáreas con la obligación “obvia” de alambrar su perímetro y evitar conflictos con los terratenientes que no pierden oportunidad para “correr los postes” y prohibirles el ingreso a sus propiedades en procura de recursos naturales. Paralelamente, sobre todo en el Gran Chaco donde la perspectiva de producción es más densa, se establecen importantes empresas madereras, cerealeras, horticultoras y ganaderas. Las consecuencias son inmediatas: los aborígenes se ven obligados a constreñirse al interior de pequeñas fracciones de tierra para cazar, pescar y recolectar –lo que en la práctica resulta irrisorio–, con la sola opción de entrar a las enormes propiedades circundantes, (ya no fiscales o a lo sumo Parques Nacionales donde también tienen prohibido cazar, pescar, recolectar frutos y leña, etc.), tan solo como mano de obra transitoria y sumamente barata.

De este modo, indirectamente previsto por la Ley, se logra que las culturas de los diferentes Pueblos nativos se resientan una vez más con una lógica desorientación que los atomiza, margina, desanima y les engendra en su interior impotencia y profundo rechazo por la sociedad “no aborigen”. En la práctica se ven obligados a “integrarse sin remedio” a pautas coercitivas y foráneas a su cultura (igual que durante el cruel coloniaje). Una vez más se repite el  mecanismo eurocéntrico en nombre de “la civilización y el progreso”. Políticos, gobernantes, legisladores, educadores y todo tipo de funcionarios se arrogan la facultad de decidir la vida de esos pueblos milenarios. Deberían tener presente que no es lo mismo para una Nación cultural aceptar voluntariamente las reglas del juego de otra cultura que recibirlas por imposición inapelable tal como viene sucediendo en el continente desde el siglo XV.

Los ‘indios’, ‘indígenas’ o ‘aborígenes’ –todos términos que suelen englobar distintas y exquisitas culturas sin diferenciación alguna, como una bolsa de gatos de distinto pelaje– para la conciencia de mucha gente y los gobiernos de turno todavía constituyen una ‘carga’ en lugar de considerárselos ‘testigos’ privilegiados de nuestra cultura milenaria. Una ‘basurita’ en el ojo en lugar de un ojo sabio, noble y creativo. Por eso, precisamente, nunca hay presupuesto para ejecutar las leyes –al menos en las propuestas concretas que ellas prevén– y las mismas permanecen descontextuadas de posibles soluciones de fondo. SOLUCIONES QUE MÁS TIENEN QUE VER CON TODOS LOS HABITANTES DE LA ARGENTINA QUE CON LOS ABORÍGENES PROPIAMENTE DICHOS AISLADOS DEL RESTO.

En la medida en que para la sociedad y gobiernos los ‘indios’ sigan siendo todavía ‘indios’ y no sustancialmente ‘nosotros mismos’ nunca habrá proyectos que encaren los problemas de fondo.

Tanto el nuevo inciso de la Constitución como recientes leyes pueden convertirse en un paso adelante indiscutible a pesar de ciertas limitaciones impuestas por la mentalidad heredada de casi cinco siglos de historia distorsionada por los invasores. Por el momento es letra escrita. Interpretarla y ponerla en práctica es tarea de todos, también de legisladores y gobiernos. Fundamentalmente no depende de una oficina burócrata instalada en Buenos Aires que ni siquiera está en manos de aborígenes, y menos de decretazos, sino de un cambio de  mentalidad, en especial del contenido en sí de la educación y de la óptica con que se lo transmite a la población. Tarea ardua, pero posible y apasionante.

Las sucesivas reformas educativas propuestas por Ley 24195 adolecen de esta distorsión sustancial. En ellas se contempla la ‘organización institucional’, ‘procesos orgánicos de participación’,  ‘tiempos y espacios en el aula flexible’, ‘inclusión progresiva de los contenidos básicos comunes’ (que en términos generales son los mismos de siempre adaptados al progreso tecnológico del mundo y deteniéndose más en la globalización que en las diferencias culturales de las regiones),  ‘trabajo institucional de los alumnos’ y ‘las nuevas modalidades de gestión’. Todas fórmulas rimbombantes que pueden ser útiles bien empleadas, pero que solo hacen referencia a los métodos de encarar la educación y a su estructura institucional.

El eje medular de esta función pública que pretende educar al hombre sigue siendo foráneo al continente. Este problema atañe a todos los habitantes –aborígenes y no-aborígenes– en su intento de buscar y encontrar su Identidad común argentino-americana.

En el caso de las comunidades aborígenes  el problema de los contenidos se agrava porque prácticamente en los programas curriculares su realidad tan solo resulta un apéndice de segunda. Por otra parte, paralelamente se priva a la población en general  del derecho inalienable de conocer la totalidad de la propia historia de esta tierra donde nacimos. En consecuencia en textos y literatura oficial u oficiosa lo indígena es apéndice mientras que lo colonial y republicano es “la historia” que, además, se obliga a ser aprendida como tal a los aborígenes. Grave error de concepto y de perspectiva largamente defendido por las vertientes del poder invasor europeo-criollo que frena el desarrollo auténtico de nuestra identidad. Si se analiza desprejuiciadamente el último  intento de reforma pueden apreciarse  pautas que deberían hacernos reaccionar: sus criterios y parámetros de contenido y método son calcados del estilo europeo y la bibliografía básica no es de creación argentino-americana.

La Ley Nacional 23302/85 sobre ‘política indígena y apoyo a las comunidades aborígenes’ trasunta inequívocamente esa óptica, sin negarle por ello aciertos enunciativos que casi no se llevan a la práctica. El Artículo 14 expresa:

“La autoridad de aplicación coordinará con el Ministerio respectivo y con los gobiernos provinciales la realización de planes de alfabetización y educación para la elevación cultural y social de los miembros de las comunidades indígenas, contemplando la implementación de campañas intensivas de alfabetización para adultos y la creación de escuelas hogares y de servicios educativos en todos los niveles de enseñanza en las comunidades indígenas, EMPLEANDO ADEMÁS LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN MASIVOS” (subrayados y mayúsculas del legislador)

El Art. 15 subraya aún más la confusión del Legislador rrespecto del derecho de todos de conocer y asumir la totalidad de nuestra historia continental. Por eso agrega:

“En la enseñanza se deberá resguardar la tradición histórico-cultural de cada comunidad indígena, sus juegos y deportes y el aprendizaje del cultivo de la tierra con el conocimiento de las técnicas modernas procurando habilitar y mantener granjas o huertas escolares. Se enseñará la historia argentina y se promoverá el estudio de sus antecedentes aborígenes y la enseñanza y práctica del cooperativismo. ABOLIÉNDOSE  EN  LA ENSEÑANZA TODA  ALUSION  DENIGRANTE DE LOS ANTEPASADOS INDIGENAS.  SE ENSEÑARÁ  LA  HISTORIA  DE  LOS PUEBLOS INDÍGENAS COMO PARTE FUNDAMENTAL DE LA ARGENTINA, LOS SISTEMAS DE TRABAJO PROPIOS DE LAS COMUNIDADES O TRIBUS, TÉCNICAS COOPERATIVAS, ETC.” (subrayados y mayúsculas del legislador. Sigue, extenso,  el texto de la ley).

La Ley en sí merecería un análisis específico que no me he propuesto realizar en esta oportunidad, pero en términos generales se podría decir que, de cumplirse, hubiera significado gran avance.

En cuanto a su puesta en práctica, hasta el presente existen muy pocas señales de implementación por parte de los gobiernos que se han sucedido desde su promulgación, probablemente  porque no se sabe  qué y cómo hacerlo. Queda, por supuesto, una puerta abierta que educadores y políticos lúcidos pueden aprovechar para una próxima reforma.

El mismo panorama predomina en el ámbito provincial donde se han promulgado leyes del mismo tenor y con los mismos resultados de la nacional.

En el ámbito de las políticas no oficiales o privadas se han impulsado proyectos y sugerencias más combativas y arriesgadas cuyos resultados fueron dispares y, en general, transitorios. Un ejemplo típico es el de los Congresos, Encuentros y Jornadas Nacionales de sólo aborígenes o mixtos. Todos ellos  concluyeron con propuestas declamatorias aunque legítimamente reivindicativas. En los últimos 30 años se han conocido más de 100 Encuentros en los que se nombraron comisiones, consejos y autoridades en el ámbito de pueblos “indios” con la consigna, entre otras, de encarar soluciones al problema de la educación y tierras, pero sin consecuencias prácticas significativas en el ámbito de recuperación de idiomas nativos o de implementación de las propuestas legales. Quizá una de las causas de la inoperancia de estos Encuentros deba atribuirse a que los mismos suelen ser manipulados por los gobiernos de turno o por una u otra institución confesional u oportunista con ansias de poder y de prestigio o, quizá, porque responden sutilmente a consignas de mejorar externamente la situación ‘manteniendo’  el status quo real.

Paralelamente a estos intentos privados y oficiales, la situación de la base, tanto en comunidades aborígenes como en el resto de la población, permanece la misma en todos los niveles. También en lo que se refiere a tierras, educación y cultura. En efecto, la transmisión del Patrimonio propio de cada pueblo solo se perpetúa gracias a sus métodos tradicionales muy efectivos en función de una forzosa supervivencia “marginal” con relación a la sociedad global. Por otra parte, su participación en la educación formal, no concebida para ellos, es casi nula porque el eje de la historia y cultura de la Argentina y América paradójicamente sigue siendo Europa. Todo lo anterior a la invasión aparece como tangencial y foráneo para los contenidos fundamentales del sistema educativo, tanto para unos como para otros.

Es cierto que los contenidos y la perspectiva de la educación no se pueden revertir “por decreto”, ni existe una fórmula mágica para lograrlo. Pero se han dado intentos significativos como aquel proyecto de ley presentado en Diputados en 1985 que, si bien fue rechazado en esa oportunidad, reveló  modestamente un camino a seguir. El proyecto propugnaba que “todos los establecimientos de enseñanza dependientes  del Ministerio  de  Educación incluyan como materia progresiva, –no como apéndice de cualquier otra– las culturas nativas de América y Argentina para el conocimiento del proceso histórico-cultural milenario de los diferentes grupos humanos que habitaron y habitan el continente y nuestro territorio nacional”.

Desde mi perspectiva el núcleo del problema radica no sólo en lo político sino en el sistema educativo continental y nacional ya que su contenido y método atañen no solo a los aborígenes sino a la sociedad como tal y, más específicamente, a quienes se sienten “capacitados” o con derecho a resolver “desde fuera” el problema de aquellos, manteniéndose así el eje curvo de la historia y el círculo vicioso del colonialismo cultural.

Hay, pues, una realidad incuestionable que deberíamos modificar: el contenido del sistema educativo que permanece sustancialmente idéntico a lo que desde el inicio de la invasión  impusieron los europeos. Desde entonces solo hubo intentos de adecuación del sistema a los tiempos, pero siempre con parámetros y criterios culturales foráneos

A veces el sistema educativo  –obviamente me refiero sobre todo a las personas que lo representan en distintos momentos– se confunde o se disfraza con metodologías renovadas y con propuestas ‘revolucionarias’ por el hecho, como se ha afirmado más arriba, de cambiarse nomenclaturas, incorporarse métodos de enseñanza aplicables en cualquier lugar del mundo y carreras ‘con salida laboral’ y/o modificarse la división y duración de los niveles en la estructura. En cierta forma es todo aceptable y puede ser positivo. Pero el eje curvado de la historia, los principios y parámetros culturales sobre los que está construido su contenido siguen inamovibles en su esencia.  Permanece el mismo desde que en nuestro continente se implantó (“transplantó”) un tipo de “educación” invasor, apoyado en “vertientes” de un enclave histórico-cultural determinado (Europa) que directa o indirectamente disimulan todavía lo medular y propio que se debería transmitir (por ejemplo la filosofía continental milenaria). Esta estrategia  ejecutada durante siglos por las instituciones eclesiásticas y políticas de aquel continente  infiltró sus conveniencias, ideología y estructuras declamatorias de la libertad y respeto que pregonan a cuatro vientos cuando se trata de sí mismos, pero que no la practicaron ni practican con la humanidad milenaria de América. Estrategia vigente gracias, sobre todo, a la colaboración de mentes criollas colonizadas y obsecuentes que anhelan parecerse a ese ‘primer mundo’, según ellos fascinante. No está mal abrirse a ese mundo siempre que estemos dispuestos a defender lo medular nuestro, que es la libertad en los distintos órdenes y el la aceptación consciente del proceso cultural milenario de nuestro continente, no-inferior al de Europa, sino diferente.

Tanto el ‘enfoque curvo’ retrospectivo de la historia cuanto los principios y parámetros culturales (técnicamente diríamos la episteme) del sistema transplantado están tan íntimamente incorporados en nuestra conciencia y en los intersticios del aparato educativo que ni se nos ocurre ponerlos abiertamente en tela de juicio. Y si lo hacemos, sentimos culpa por aparecer “antipatriotas”, es decir, por atrevernos a discutir el paquete que nos legaron los europeos desde el s. XV. Confundimos “patriotismo” –que en la práctica suele ser declamatorio– con recortar ‘mansamente’ nuestra mirada sobre nosotros mismos y así perder de vista el verdadero eje y el contenido de nuestra historia milenaria.

Este fenómeno de “trasplante” pesa estructural y afectivamente en el ámbito nacional. Hace que los intentos de revertir el enfoque y la praxis educativa, tanto en comunidades aborígenes como en el resto de la sociedad, resulte muy difícil. Por ese motivo mientras no se modifique la cuestión medular que nos atañe a todos por igual (aborígenes y no-aborígenes) parece absolutamente necesario que las comunidades de origen pre-invasión occidental, por sí mismas manifiesten sus expectativas sin claudicar y mantengan su propio estilo de transferencia cultural que les permitirá subsistir hasta que la globalización lo permita o ellos quieran. No es ironía esto último sino constatación de la dirección que asumen las reformas del estado. No se buscan cambios sustanciales y “revolucionarios” que abran caminos a soluciones de conjunto en el área de la educación. Solo adecuación a las exigencias del ‘primer’ mundo tanto productor de la ciencia y tecnología como de las salidas laborales que supuestamente ese mundo exigirá.

Para finalizar la propuesta, entiendo que se imponen cambios ‘revolucionarios’, no en el sentido socio-político que aplican algunos filósofos ‘occidentales’ que no dejan de ser eurocéntricos y colonialistas, sino el de re-volver, dar vuelta la perspectiva hacia nosotros mismos. No mirar nuestra historia ‘desde’ Europa hacia aquí a partir del 1492 (con su episteme, estructuras e instituciones que se han propuesto anular lo legítimo local para reinar ellos y usufructuarnos),  sino “enchufarnos” en la realidad y el pensamiento milenario del  territorio americano y, en nuestro caso, argentino, es decir, desde cuando entró el primer grupo humano  al continente  y a nuestra tierra, hace miles de años,  y echó a rodar el fascinante proceso de la historia y cultura local hasta el presente.

La ‘revolución’ deseada no sucederá por decreto, ni es recomendable que así sea. Debe producirse por cambio de mentalidad, por el esfuerzo creativo de cada uno de nosotros (sobre todo del docente, político y militante en cualquier orden) que implica investigar toda  la  historia pre  y  post-invasión en un mismo nivel de jerarquía; con mirada crítica, desprejuiciada y dispuesta a abarcar el amplio y profundo proceso cultural de nuestro territorio. Este proceso que  para la mayoría permanece en la nebulosa y silenciado por la historia oficial es, sin embargo, accesible a todos gracias a los numerosos estudios de arqueología, etnografía, antropología, crítica literaria y conceptual de las fuentes tradicionales.

La perspectiva de trabajo propuesta supone un cambio en el enfoque de los proyectos y programas educativos y en muchos otros órdenes de la vida nacional –por ejemplo, derechos de las comunidades nativas de origen pre-invasión, la elección de quiénes de nuestros antepasados deben ocupar los monumentos, qué símbolos son verdaderamente argentinos, qué hacer con nuestro derecho congénito a vivir en la tierra y compartirla, etc.– lo cual, obviamente, presentará fuertes resistencias conscientes e inconscientes. Pero no hay otro camino porque  todo ello constituye el verdadero eje de nuestra historia  en el que la invasión ‘solo’ se inserta como incidente traumático pero superable. Invasión  triunfante momentáneamente por la fuerza militar, el poder del dinero  y la cruz oriental.

Vista desde los complicados problemas de supervivencia y frente a centros internacionales del poder militar, político, económico y religioso que presionan a través de sus influyentes Medios de Comunicación la propuesta puede parecer utópica, teórica o romántica. Medios que, a su manera, manipulan la forma de pensar y el estilo de de vida… llevándonos con sutileza al consumismo virulento como ideal de felicidad humana. Es difícil enfrentarse a este fenómeno social, al poder económico transnacional y al avance arrollador de la subyugante tecnología que tiende a desplazar lo humanístico y regional en tanto valores irrenunciables. Pero vale la pena intentarlo.

De este modo considero que estaremos empezando seriamente a reencontrarnos y vivenciar nuestro derecho vertebral sobre nuestro patrimonio milenario y de los pueblos emergentes en el largo camino recorrido y por recorrer de la humanidad local.

Juan José Rossi
Prof. ‘Historia Americana 1’ – Director Museo Yuchán de Concepción del Uruguay y del Ivy marä ey de Chajarí

Congreso CTA en Paraná, Entre Ríos – Marzo de 2011

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