Introducción

¿Desde qué mirada captar hoy los ecos de los imperialismos en el mundo? ¿A qué sectores de la humanidad se suelen proponer como sujeto de este análisis? ¿Por qué y para qué se quieren reconocer a supuestas víctimas y consecuencias de los imperialismos? ¿Hoy, por ejemplo, realmente se quieren poner en evidencia a los imperios del ‘primer mundo’ o de las transnacionales? ¿Para diluirlos y superarlos a nivel planetario (quizá una utopía ingenua) o con el fin implícito de desentrañar los mecanismos que ya no son efectivos para mantener alguna hegemonía que haga todavía posible la expansión territorial, económica, cultural y religiosa o la primacía aberrante de unos sobre otros y la extracción de recursos a costa de poblaciones directa o indirectamente sometidas?

Si se tratara de investigar los ecos del clásico e inmemorial imperialismo europeo ejercido en África; en América a partir de 1492 o en otros sectores del planeta en distintos momentos, habría que analizar ante todo POR QUÉ la predisposición casi congénita de ‘Occidente’ (y de sus actuales discípulos) para invadir de algún modo tierras y gente que no son de su incumbencia y que ni siquiera pertenecen a su territorio. A sectores que por diversas circunstancias aparecen como más frágiles desde lo tecnológico y defensivo pero absolutamente con los mismos derechos y obligaciones y con diferencias culturales legítimas y respetables. ¿Es todavía necesario insistir en que no hay culturas superiores e inferiores, de un ‘primer’ y ‘segundo’ mundo, sino simplemente diferentes? En fin, ¿por qué Europa y otros empedernidos invasores contemporáneos en su devenir no se conforman consigo mismos, a pesar de considerarse  ‘inteligentes’?

Las excusas estratégicas y los argumentos filosóficos aducidos para justificar semejante endemia enfermiza –que para ellos resultan ‘saludables’– objetivamente son falsos y sofisticados. Ahora bien, la respuesta de por qué Europa, ahora también EE.UU del Norte, en su relación con el resto de planeta ‘es como es’ se perfila tan obvia que pasa desapercibida. En efecto, el pequeño subcontinente y los Estados del Norte de América desaparecerían como tales si no intentaran expandirse permanentemente. Al menos así lo creen desde su supuesta superioridad cultural y socio-política. En efecto, desaparecerían por falta de recursos que sostengan esa ‘superioridad’ suponiendo ellos, en su inconsciente o subconsciente colectivo, que caerían en manos de pueblos emergentes potencialmente ‘enemigos’. Es decir, en manos de naciones jóvenes, fuertes y con recursos ilimitados, como son en la actualidad los de Asia, África y América que, en realidad, no tienen la más mínima intención de invadir a nadie.

Considero que en el caso específico del continente americano, no sería tan importante analizar ‘los ecos o consecuencias de los imperialismos’ que la sometieron y siguen sometiendo de manera solapada sino PORQUE Europa y EE.UU. del Norte, en sus respectivos procesos histórico-culturales, por cierto admirables en muchos aspectos, tuvieron y siguen teniendo la vocación y habilidad para someter a otros pueblos.

Los ecos o consecuencias vigentes de los imperialismos, al menos en América y África, son obvios. En realidad están a la vista para quienes quieran verlos en cientos de manifestaciones que no requieren estadísticas.

Ecos de los imperialismos en la mal llamada[1] ‘América’

La propuesta específica del presente trabajo puede parecer hiperbólica y distante respecto de una mirada retrospectiva de los últimos 5 siglos de vil dependencia del continente americano y de su coyuntura  actual. Sin embargo en él se esboza una crítica radical al sistema socio-político y cultural impuesto por el invasor y a la historiografía clásica vigente y actuante que, directa o indirectamente,  justifica y apuntala profundamente tal sometimiento.

La propuesta apunta también a re-significar el Patrimonio histórico-cultural milenario propio, de tal modo que dicho análisis crítico incida tanto en el sistema político y educativo como en la vida concreta del individuo y de la sociedad protagonista, por cierto densamente engañada respecto de la estructura y del contenido de su auténtico patrimonio histórico-cultural, todavía velado por el invasor occidental.

No se intenta discutir posiciones ideológicas e historiográficas sino tomar conciencia de la dependencia actual, siendo el objetivo subyacente buscar caminos o pistas que, más allá de diferencias étnicas, sociales, políticas, ideológicas interiores y de emergentes coyunturales, la propuesta movilice a enfrentar de forma constante y solidaria una realidad que, en sus efectos, es ‘crítica’. Crisis que, en mi análisis, trasciende los síntomas actuales y es endémica en la base misma de las estructuras socio-políticas y económicas impuestas estratégicamente por el invasor occidental y también endémica en la mentalidad de la población, es decir, en una particular predisposición a pensar, interpretar, generar y juzgar el devenir de los fenómenos humanos del continente desde la mirada del invasor hábilmente inoculada a partir del siglo XVI.

Presupuestos a tener en cuenta

Para evitar confusiones semánticas y filosóficas enunciaré algunos presupuestos que contribuyan al análisis y críticas pertinentes, tanto de la realidad continental cuanto del presente trabajo.

El primero es estrictamente histórico. Mal le pese a un importante sector de americanos, nuestro continente, impropiamente llamado ‘América’ o ‘nuevo mundo’ (en todo caso ‘nuevo’ para los planes del invasor), tiene como mínimo 40.000 años de historia. Una única, larga y fascinante historia de presencia humana que se inició al ingresar ―ya con un patrimonio estratégico común al resto de la humanidad en dispersión― desde Eurasia  los primeros grupos de hombres en un remoto tiempo sin fecha. Desde entonces se registra en el continente una sola historia que, aunque se haya intentado e intente quebrarla y ocultarla para usufructo de un sistema poderoso, subyace y continúa viva en la actualidad.

Ahora bien, en el contexto de ese milenario proceso histórico, solo hace 500 años (!) se produjo un incidente traumático, esta vez sí con fecha y nombre (1492/comienzo de la invasión europea). No fue precisamente el ‘descubrimiento’ del continente, como todavía se consigna en ensayos y textos escolares y se enseña y obliga a festejar con un día feriado, sino la aparición fortuita de exploradores foráneos (no prevista en las capitulaciones de los monarcas con Colón) y la consiguiente imposición compulsiva de un sistema socio-político-económico y cultural extranjero a una población de más de 70 millones de habitantes en aquel momento. El ‘choque’ de tres barcos europeos con islas del Caribe, marcó el inicio de una debacle y ocultamiento filosófico, político, económico y religioso inimaginable. Al descender aquellos tripulantes a las playas caribeñas, ignoraban por completo (en general se sigue ignorando) el torrente humano milenario y cultural que palpitaba y palpita desde Alaska al Cabo de Hornos. Más aún, ignoraban ―luego ocultaron― el proceso anterior por el que lentamente habían evolucionado sus habitantes diseminados de sur a norte. Aquellos intrusos despistados ni siquiera podían sospechar la variedad de naciones, sus 200 familias lingüísticas y más de mil idiomas dialectales; sus singulares estrategias de vida, su ciencia, agricultura, arte en orfebrería, cerámica y pintura, escultura monumental, observatorios astronómicos, magníficos centros de gobierno y de culto íntimamente relacionados, pirámides y ciudades de hasta 200.000 habitantes, estilos de vida diferentes y contrastantes, como pueden ser la azteca y guaraní o selk’nam y quechua.

Curiosamente, aquellos navegantes sólo captaron qué significaría para ellos haber encontrado ‘de casualidad’ un mundo distinto al de ellos, henchido de materias primas, especias, riquezas manufacturadas, tierras fértiles, y, en especial, mano de obra gratuita y ‘almas’ (es decir, personas) para convertirlas a un sistema de vida occidental dogmático y profundamente distorsionado. Lo cual resultaría letal para el universo cultural  del continente, sobre todo para su organización socio-política y su economía.

El segundo presupuesto es del orden de la metodología en historia. Más allá de ideologías, factores de poder político y religioso o de supuestas ascendencias biológicas, en éste o en cualquier otro continente, ‘todo es historia’. Es decir, todo lo humano que acontece y el proceso en sí de no importa qué grupo y qué lugar del planeta. Por ejemplo, es tan historia lo que pensaron, sintieron y actuaron los charrúas y mapuches (naciones nativas de Argentina) para defenderse de los invasores, cuanto lo que hicieron y sintieron los españoles, portugueses, ingleses, mercenarios y criollos en su accionar para desalojarlos y apropiarse de sus territorios. Lo mismo debe decirse de lo sucedido en Europa ―por ejemplo con las invasiones ‘Bárbaras’― o en cualquier otro continente. Ambas realidades, la del invadido y la del invasor, configuraron el proceso, pero ciertamente los invadidos con más derechos que los otros (aunque sucumbieran) y los últimos con más poder (por eso se impusieron) que los primeros. Inclusive, en la distancia y nebulosa de aquellos hechos desfigurados por los registros arbitrarios e incompetentes del vencedor, es posible que muchos de los nacidos posteriormente en esta tierra, por diversas razones ideológicas, religiosas o afectivas, se identifiquen más con los invasores que con los invadidos, o vise versa… Sin embargo ‘todo es historia regional o continental’ puesto que el proceso, desde el siglo XV en adelante, lo produjo la humanidad protagonista en su conjunto, obviamente en el presupuesto de que, respecto de lo acontecido en América antes y desde el siglo XV, invasores e invadidos eran y son hombres, cuestión sobre la que se insistirá más adelante.

El tercer presupuesto es una simple constatación. Para quienes hemos nacido en este continente, prescindiendo ahora de la categoría ‘tiempo’ (es decir, en qué momento: 20, 50, 500 o 10.000 años antes del presente) y prescindiendo de lo que hemos aprendido en el sistema impuesto desde hace sólo cinco siglos, nuestra auténtica historia es la  protagonizada por el hombre  desde que ingresó al continente hace más de 40.000 años, pasando también, pero no especialmente, por las circunstancias de la invasión de otro continente y de otra cultura. Aclaro que con la expresión ‘sistema invasor’ me refiero a lo político, económico,  filosófico, artístico y religioso o, en un término más amplio,  a lo cultural en tanto suma de las estrategias de vida y no sólo al hecho de la apropiación territorial.

El cuarto y último presupuesto es del orden filosófico y político. El componente substancial que determinó el destino de ‘América’ a partir del siglo XV hasta el presente, es que el invasor, desde una posición obsesivamente eurocéntrica y a medida que estructuraba estrategias y las ejecutaba con una lógica artificial al servicio de esos objetivos, consideró que en el continente no había hombres ni cultura. En consecuencia, tampoco auténtica filosofía, cosmovisiones, ética, idiomas, territorialidad, naciones y organización social. En definitiva concluyeron que aquí no existían verdaderos protagonistas y sujetos de una historia legítima y respetable, una humanidad con derechos adquiridos.

En nuestro continente solemos identificar con acierto los efectos y síntomas de la crisis; manejamos centenares de estadísticas escalofriantes sobre corrupción, pobreza, hambre, marginalidad, desocupación, analfabetismo, dependencia y obsecuencia de los gobernantes frente al más fuerte (antes fue Europa como tal, ahora el ‘primer mundo’ financiero). Sin menospreciar las investigaciones sociológicas sobre crisis y carencias, se debería ahondar y enfrentar con más seriedad las raíces y los mecanismos que las generan y que mantienen sumergida a la sociedad continental, paradójicamente en un contexto de territorios extremadamente ricos en recursos humanos y naturales.

En cuanto a la especificidad de la crisis de referencia, ella no es estrictamente de estructuras políticas y económicas sino de actitudes, de mentalidad y de perspectiva histórica en la conciencia de la sociedad que, de hecho, constituyen el camino a la crisis. Todo lo cual podría traducirse sociológica y psicológicamente por crisis de identidad.

Por diversas circunstancias, internas y externas, los analistas nativos del continente se conforman con describir síntomas coyunturales que suelen atribuirse a manejos económicos internacionales y a malos gobiernos locales, lo cual, en parte, es cierto. Por eso, en términos generales, desde que América es ‘teóricamente’ libre en tanto conjunto de Repúblicas Soberanas, siempre se ha considerado que la crisis y sus síntomas se superarían si la humanidad local fuera fiel (‘sustentable’) al sistema político occidental-democrático-cristiano-capitalista y si encontrara las personas adecuadas que la ‘salven’, hipótesis que inexorablemente se esfuma gestión tras gestión política, sin negar por ello esporádicos y circunstanciales intentos, como el de Cuba y Bolivia en la actualidad y muchos otros en tiempos pasados.

En este punto es legítimo preguntarse ¿Que salven quiénes al continente, de qué y para qué? En efecto, los que gobernaron durante el siglo de la invasión, en el período colonial y a partir de la emancipación política, y los que pretenden ahora conducir América… no fueron ni son entelequias o extraterrestres. Por el contrario, desde la rápida conformación del entrecruzamiento humano múltiple, todos los americanos fueron y son emergentes de un mismo sistema educativo configurado con pautas y rígidos parámetros filosóficos occidentales. Es decir, cuando históricamente, por ejemplo, argentinos o brasileños asumen el gobierno, se hayan formado no importa en qué establecimiento y hayan dicho lo que hayan dicho durante la campaña pre-electoral, terminan ateniéndose a la manera de pensar del invasor claudicando en favor de intereses foráneos y de privilegiados locales que en nada representan los derechos, las expectativas y las urgencias de la sociedad mayoritaria como tal. Sigue la dependencia, con la sensación de una frustración cada vez mayor, mientras hábilmente se hace creer al conjunto de los habitantes ―y lo creen a pie juntillas― que son y pertenecen al mundo histórico-cultural occidental al que, según esa hipótesis, la humanidad americana le debería todo.

Lo  cual  hace  pensar  que  existen realidades condicionantes muy profundas y una mentalidad en la población misma que, se haga lo que se haga, el continente se mantendrá sumergido y dependiente. Más aún, en decadencia si de autodeterminación, dignidad, equidad social y soberanía se trata. Descubrir esas realidades y su incidencia en el inconsciente individual y colectivo es condición sine qua non para captar y ‘empezar’ a superar las causas de la crisis, no importa si a corto, mediano o largo plazo.

He perfilado dos afirmaciones implícitas que deseo subrayar explícitamente para no perderlas de vista. Por un lado que nuestra crisis no es de ahora, como resultado de imperialismos recientes o incoherentes y, por otro, que es importante captar su ‘especificidad’ y apuntar a sus raíces para superarla. En síntesis, una crisis que perdura igual a sí misma desde que Europa logró trasplantar masivamente su sistema socio-político y filosófico para apropiarse del continente, de su gente y de sus recursos con el agravante de que sus habitantes, a sabiendas o no, le hicieron y hacen el juego a esa situación endémica enfermiza. ¿Por qué esta pasividad, en especial en los que asumen el rol de políticos y educadores?

Aunque muchos la disimulan, nadie ignora la circunstancia real de la irrupción fortuita de Europa en este continente ―al menos según la versión más difundida del hecho, porque hay fundamentos para afirmar que Colón y los reyes, más allá de sus dudas, conocían muy bien su objetivo que debía disimularse ante los demás reinos y estados de Europa― y los objetivos vertebrales que generó y se propuso lograr aquella sociedad invasora. Todas las crónicas y documentos de la invasión, empezando por los de Colón[2], expresan con asombrosa claridad la voluntad de apropiación y usufructo que, en el término de 300 años, metódica y  pacientemente consiguieron inocular en la mentalidad del hombre nativo emergente, ignorando perversa y descaradamente la historia milenaria y logros de la humanidad continental, por cierto ‘diferentes’ a los europeos.

El primer documento auténtico de la irrupción sugiere sin hipérbole la envergadura de la humanidad local y, además, diseña el accionar del invasor y el futuro de la relación entre Europa y el continente encontrado fortuitamente (o no).

“Porque sé (escribe Colón a los reyes) que os complacerá conocer la gran victoria que nuestro señor me ha dado en mi  viaje (por decisión propia resuelve que ‘su victoria’ se la ha dado su dios: un buen argumento para engañar a los pacíficos y simples) os escribo ésta por la cual sabréis cómo llegué a las indias donde hallé muchas islas muy pobladas (debe tenerse en cuenta que el navegante había capitulado con los reyes para explorar, comercializar y eventualmente tomar posesión de tierras no gobernadas por príncipe cristiano, en Asia y no en ‘américa’). De todas ellas he tomado posesión en nombre de sus altezas (primer designio germinal: apropiación indebida, ya que fueron conscientes desde el primer momento que el continente estaba habitado por la especie humana). Envié dos hombres tierra adentro que anduvieron tres jornadas y hallaron infinitas poblaciones pequeñas e infinidad de gentes, temerosos sin remedio (esto reafirma la desfachatez de los recién llegados de pura casualidad). Sin embargo cuando se sienten seguros y pierden el miedo se muestran tan sin engaño y liberales de lo que tienen, tanto  que (…) si se les pide algo, jamás dicen que no a cosa alguna que tengan, antes bien  convidan a la persona y demuestran tanto amor que darían los corazones… Y esto no se debe a que son ignorantes, sino de muy sutil ingenio, son hombres que navegan por todos aquellos mares y es una maravilla ver cómo ellos dan cuenta de todo… (Este comentario elogioso del almirante adquiere mayor relieve si se tiene en cuenta que ignoraba todavía sus ciencias, arquitectura, arte, calendarios, tecnología, idiomas, etc.) Estas islas son de desear y de nunca dejar (el deseo permanece latente en la sociedad global de occidente, lo viven como algo natural). De todas he tomado posesión en nombre de sus altezas… En conclusión y ciñéndome a lo que se ha hecho en este (primer) viaje, pueden ver sus altezas que les daré todo el oro que hubiere menester (única obsesión de Colón), especias, algodón, resina, linaza y esclavos idólatras (debe leerse: esclavos ‘porque son idólatras’), tantos cuantos mandaren cargar (segundo designio: extracción ilimitada). Así pues nuestro redentor (obviamente un ‘redentor’ perverso, discriminatorio, inexistente) otorgó esta victoria a nuestros ilustrísimos rey y reina y toda la cristiandad debe alegrarse, hacer grandes fiestas y con solemnes plegarias dar gracias por el alto merecimiento de que tantos pueblos se tornen a nuestra santa fe (tercer designio: conversión compulsiva) así como por los bienes temporales que no solo España sino todos los cristianos obtendrán de aquí. Esto,  en breve, es todo…”

Así lo resumió el navegante Colón en carta a los reyes desde las Islas Canarias el 15 de febrero de 1493. En síntesis, un proyecto embrionario que implicó tres conceptos y objetivos claves: apropiación del territorio, extracción de bienes  y  pacificación o conversión compulsiva de las personas a un sistema simbólico y político foráneo. Todo lo cual, aunque pierde fuerza, continúa en plenitud

De tal modo que una vez inmersa Europa en el proceso de ‘apropiación’ de territorios y bienes, de ficticia ‘civilización’ y ‘pacificación’, tanto la puja entre los poderes europeos instalados como sistema, cuanto los re-acomodamientos políticos locales digitados desde Europa ―incluidas las emancipaciones subsiguientes de los siglos XVIII y XIX― no se modificó en absoluto aquella voluntad inicial de extracción y de dominio irrestricto que impusieron e imponen de forma más o menos burda o velada según las circunstancias. Estrategias que encontramos sutil o burdamente justificadas en el sistema educativo y en sus herramientas de trasmisión.

Se debería entender que, en un sentido realista los americanos de hoy, como hace 500 o 300 años,  somos los mal llamados ‘indios’ de ayer y que la voluntad del autoproclamado primer mundo es someternos a la condición de masa o población sumisa, productiva y pacificada (vale decir, no rebelde a sus intereses). Población aceptada con una serie de diferencias internas que la ‘asemejan’ a la europea (ricos/pobres, universitarios/no universitarios, grandes empresarios/mayoría trabajadora, gobernantes/gobernados, católicos/no-católicos) pero bajo la estricta condición subyacente de que se mantenga humilde, o sea, manejable, pacífica y ‘barata’ en el ámbito internacional.

Históricamente nada ha cambiado de fondo, sí en la forma. En efecto, mientras los sistemas filosófico, cosmovisional, político y religioso impuestos desde el comienzo de la invasión permanezcan substancialmente los mismos y la sucesión de gobernantes republicanos sigan adscriptos a postulados filosóficos y a condicionamientos europeos, los hechos emergentes apenas constituyen ‘anécdotas’ sintomáticas, acciones y actores en un escenario controlado desde el ‘primer mundo’. Detrás del devenir de estos fenómenos (algunos escandalosos otros sobresalientes) subyacen dos realidades muy densas que, para entender lo que pasa en América, no se deberían perder de vista.

La primera realidad es la ininterrumpida invasión, que, por su origen filosófico y estratégico, está en la base de nuestra historiografía y del sistema educativo desde el siglo XV. Yo diría en nuestra mentalidad y forma de ser. La segunda, subyacente, es la aceptación a-crítica del sistema filosófico, político, religioso y educativo impuesto, como si así debiera ser porque, según se piensa y se dice, los americanos portan sangre, costumbres y apellidos  supuestamente europeos, identificándose en los hechos con el invasor.

Parecería que los habitantes del continente de hoy y de ayer no tienen claro quiénes son los invasores y quiénes los invadidos. A sabiendas o no, se da por descontado que en la condición de ‘invadidos’ sólo estaba y está la población mal llamad ‘india’ u ‘originaria’ (los vencidos de la primera hora) y no conjuntamente nativos aborígenes, criollos e inmigrantes de distinta procedencia (mientras fueron inmigrantes, porque ahora todos son nativos por adopción o nacimiento), por el hecho de ser habitantes de este continente. Entonces, queriendo o sin querer, filosófica y operativamente, la mayoría de la población se sitúa en el bando de los invasores, si bien todos son tan dependientes como los habitantes nativos de la etapa colonial. En tal sentido no se debería perder de vista que el operativo ‘conquista’ del continente iniciado en 1492 tuvo y tiene dos dimensiones invasoras o imperialistas profundamente involucradas entre sí que siguieron presentes en todo el proceso hasta la actualidad, sobre todo a través de la filosofía y la educación.

Por un lado la dimensión  político-militar que se manifiesta en casi todos los documentos de época pero que está perfectamente reflejada en el Requerimiento real de 1513 para ser leído a los pueblos que iban encontrando a su paso. Entre otras barbaridades expresa: “Vos ruego e requiero reconozcáis a la iglesia por señora e superiora del universo, é al sumo pontífice en su nombre, é al rey é a la reyna como señores e superiores… si así no hiciéredes… con el ayuda de dios entraré poderosamente contra vosotros e vos traeré guerra por todas partes, é vos subjetaré al yugo e obediencia de la iglesia é de sus altezas e tomaré vuestras personas é vuestras mujeres e hijos é los haré esclabvos e como tales los venderé, é tomaré vuestros bienes, é vos haré todos los males e daños que pudiere…”. Es obvia la conjunción estratégica de ambos poderes en función de sus objetivos.

Por otro lado, la dimensión ideológica, basada en principios filosóficos dogmáticos tanto de los griegos y romanos clásicos cuanto del período imperial hasta el Renacimiento. A partir de estos principios, irresponsablemente Europa neutralizó y desvalorizó las cosmovisiones locales y su  filosofía en tanto diabólicas y erróneas.

Además de estas dos dimensiones,  pilares de la invasión aunque no excluyentes, se dio un fenómeno grave y sutil ―la distorsión epistemológica de la historiografía― que debe destacarse en tanto motor subyacente de la endemia. Esto es, los invasores, desde Europa y ya instalados en América, discontinuaron la milenaria y fecunda historia local a partir de un silogismo absolutamente falso que cimentaron en una ‘lógica ficticia’ y en una supuesta ‘voluntad providencial’ de su dios. De esa manera, y a pesar de unas pocas voces europeas en contra (Suárez, Las Casas, Pedro de Aragón, Motolinía y Montaigne, entre otros), torcieron el eje histórico-cultural de este continente derivándolo hacia  Europa de modo de convencerse a sí mismos y a los nativos que el continente les pertenecía por derecho, porque estaba vacío de gente o, a lo sumo, sólo habitado por ‘salvajes’ sin cultura. Para imponer tal aberración debieron destruir y tapar metódicamente los sistemas filosóficos, socio-políticos, económicos y culturales autóctonos, imponiendo los propios a cualquier costo. Lo hicieron mediante crueles estrategias militares, prepotencia religiosa, implantación compulsiva de sus idiomas y del sistema educativo vertical concebido desde sus parámetros filosóficos y metodológicos. Por eso no es casual sino ‘causal’ que el americano (con excepciones cada día más numerosas) suponga vagamente que en nuestro continente no había ni hay verdaderos idiomas nativos y tampoco filosofía, cosmovisiones, ciencia, tecnología, arte y auténtica política. Todo fue tapado con un gran velo que extendieron desde Alaska al Cabo de Hornos. Baste recordar los textos escolares en que fueron ‘formados’ docentes y alumnos. En ellos apenas se menciona la inconmensurable realidad del proceso histórico-cultural nativo previo, contemporáneo y posterior a la invasión propiamente dicha.

En última instancia la gente ―inclusive intelectuales e historiadores― egresada de un sistema filosófico y educativo concebido en la Europa invasora (con lo cual no se niegan sus propios valores culturales, generados por y para ellos), da por sentado que aquí no había verdaderos hombres protagonistas de una historia milenaria sino ‘indios’, es decir, salvajes, brutos e infieles. En realidad se acepta esa hipótesis ingenuamente (casi sin culpa) porque los americanos vivimos imbuidos de una densa historiografía, literatura clásica y presupuestos teóricos basados en un sofisma hábilmente estructurado por teólogos y filósofos de pensamiento medieval-renacentista eurocéntrico.

Es importante captar la estructura y el mecanismo interno del sofisma subyacente que, en la práctica, adoptó diferentes formulaciones estratégicas en consonancia con la sorpresa inicial y los objetivos emergentes del invasor. O sea, según se trate de apropiarse, esclavizar, explotar, legislar o convertir. Fijemos la atención en dos ejemplos claves. El lector podrá detectar muchos otros:

Cuando los europeos aparecimos en este continente no había hombres cabales sino salvajes e infieles, en consecuencia no había historia ni cultura; es así que el hombre ingresó con nosotros  en 1492; por lo tanto a partir de esa fecha se inicia la verdadera historia y cultura en este continente.

Otra versión de este perverso, tenaz y hábil silogismo, presentado como ‘salvación’ de la sociedad nativa original y de las emergentes después de la invasión, es la siguiente:

Los europeos ‘descubrimos’ un continente vacío, sin príncipe cristiano, es decir, sin dueño; es así que la tierra de nadie pertenece al ‘primi capienti’ y al papa representante de su dios dueño absoluto de todo; por lo tanto en adelante este continente es nuestro por derecho natural y divino.

Esta convicción de la sociedad europea en su conjunto (desde el papa y rey hasta campesinos y criadores de cerdos como los Pizarro), entre muchos hechos lamentables motivó la bula Inter caetera rerum del corrupto Alejandro VI firmada de urgencia el 4 de mayo de 1493 para anticiparse, aunque no lo logró, a una feroz guerra interna de intereses. Esta bula ―y las cuatro siguientes― constituyó la defunción de la autonomía de nuestro continente. Entre otras barbaridades expresa: “Nos, alabando en el Señor vuestro santo propósito (…) deseando que el nombre del Salvador sea introducido en aquellas partes … determinándoos a proseguir por completo… semejante expedición… debéis inducir los pueblos (que allí viven) recibir la profesión católica. (para lo cual) motu propio…, de nuestra mera liberalidad y de plenitud de potestad todas las tierras  firmes descubiertas o por descubrir … por la autoridad de Dios omnipotente concedida a nosotros en san Pedro y por la del vicario de Jesucristo que representamos en la tierra con todos los dominios de la misma, con ciudades, fortalezas, lugares, villas y todas sus pertenencias… para siempre, según el tenor de las presentes, donamos, concedemos y asignamos y deputamos señores de ellas (¡casualmente, las tierras de nuestro continente!) con plena y omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción”[3].

Como sabemos, a este tipo de razonamiento en filosofía académica se lo denomina ‘sofisma’ puesto que por lo menos una de sus proposiciones o premisas es absolutamente falsa, resultando errónea su conclusión aunque parezca correcta. En este caso la premisa falsa es que en el siglo XV europeo “aquí no había gente, ni tampoco historia, cultura, ética y derechos”, o sea, no había humanidad ni devenir humano genuino y autosuficiente, aportando infinidad de argumentaciones ilegítimas o falsas para sustentar semejante aberración: gente desnuda, caníbal, supersticiosa y ¡horror! ignorante del dios y costumbres europeas.

He sugerido apenas la irresponsabilidad y falacia de las fuentes clásicas que  sostienen este sofisma en la historiografía y la enseñanza tradicional. No quiero significar que en ellas no se digan verdades o no se transmitan hechos concretos más o menos reales, es decir,  tal cual los vieron y juzgaron quienes produjeron esos documentos y crónicas. Mi crítica va más allá sin descalificar por completo esos datos que pueden servir relativamente y sólo como referencia novelesca de cualquier intento de etnografía. El análisis apunta a invalidar substancialmente el enfoque de todos los documentos de la invasión y de la mayoría de sus comentaristas posteriores. Apunta a invalidar sus objetivos y el método historiográfico en cuanto siempre resultan  distorsionantes, superficiales y falaces. No tanto por las mentiras y fantasías ―que las dicen copiosamente―, cuanto por estar basadas en aquellos sofismas de marras construidos por la avidez mesiánica y económica de la civilización occidental-cristiana.

Repito, la premisa falsa del invasor es que en el continente no había hombres ni historia ―tan hombres y tan historia como en Europa―, ni tampoco cultura ―tan legítima, aunque diferente, como la greco-latina-occidental-cristiana―. Partiendo de esa premisa arribaron a perversas conclusiones que generaron el tenor homogéneo de los informes, ensayos, teorías y estrategias disfrazadas  de ‘alta’ filosofía y teología ‘salvadora’ (¿de qué?).  Préstese atención a dos ejemplos: Tomás Ortiz, obispo de Darién y el teólogo Juan Ginés de Sepúlveda (circa 1540) sostenían, contra los pocos intelectuales que reclamaban la autonomía del continente ‘descubierto’, que “Los indios son siervos a natura; contando de ellos y de su incapacidad tantos vicios y torpezas  se les hace beneficio en quererlos domar, tomar y tener por esclavos”. Más recientemente, siglo XIX,  el religioso italiano Juan Bosco, con el apoyo incondicional del Vaticano y el gobierno argentino, daba desde Roma las siguientes directivas a los miembros de su congregación por entonces establecida en el Sur: “Sólo a la iglesia católica le está reservado el honor de amansar la ferocidad de esos salvajes (se refiere a ona, tehuelche y mapuche). Para alcanzar tan noble fin, se ha convenido con el papa Pío IX y el metropolitano argentino el siguiente plan: fundar colegios y hospicios en las principales ciudades de aquellas tierras y rodear con nuestras fortalezas (o sea, las famosas  misiones, que han desaparecido porque europeos y criollos aniquilaron a esas tres naciones) a la Patagonia, recoger a los jóvenes indígenas en esos asilos de paz y caridad, atraer principalmente a los hijos de los bárbaros o semi-bárbaros e instruirlos cristianamente de modo que por su medio penetremos en aquellas regiones y abramos  así la fuente de la verdadera civilización y progreso”. Por supuesto, en los dos casos se activa una mirada consubstanciada con la del sistema invasor.

Sin embargo, en la Europa de entonces ―y por supuesto aquí― hubo reacciones en contra de esa hipótesis, lo cual  revela a las claras que eran conscientes de haber encontrado ‘de casualidad’ una auténtica humanidad y de la pulsión que los llevaba al genocidio y apropiación indebida. El teólogo Pedro de Aragón sostenía en el siglo XVI: “ningún rey y ningún emperador ni la iglesia romana incluso bajo el pretexto de predicar el evangelio pueden someterlos, bien sea para ocupar las tierras de éstos, bien para someterlos haciéndoles la guerra… Por lo tanto han pecado gravemente quienes pretendieron difundir la fe cristiana por la fuerza. Así no han conquistado ningún dominio de manera legítima y están obligados a restituir como usurpadores injustos” (!!!). Este contundente razonamiento fue desatendido. No por incapacidad o ‘mentalidad’ de la época, como suele decirse, sino porque no les convenía ni conviene. A lo sumo piden ‘perdón’, pero sólo de palabras, que se las lleva el viento o se archivan, como hizo el Papa en 1992 en Santo Domingo, mientras se quedan con todas las riquezas y genocidios perpetrados en el continente.

Es obvio que ante semejante ceguera de la poderosa Europa no fue ni es fácil encontrar una justa autonomía y crecimiento ya que la telaraña tendida no es meramente política sino, sobre todo, cultural y filosófica. Por tal motivo, el primer paso o, más bien, el paso subyacente a posibles soluciones de fondo, no es un ‘decretazo’ cultural o un ‘golpe’ económico magistral que neutralice los efectos de la presión occidental, sino que, en tanto nativos, nos corresponde a todos conocer y asumir la historia y el acervo cultural milenarios emergentes de esta tierra. Desde allí la humanidad continental debería generar sus objetivos y salida, esto es, afirmar la identidad a partir de la historia propia y defender apasionadamente el terruño con los riesgos que esto implica.

Ahora bien, afirmar la identidad y la auténtica perspectiva histórica que la respalda y nutre supone, ante todo, conocer el contenido cultural del proceso y asumir la responsabilidad de corregir en la práctica diaria la curvatura del eje de esa historia. Este compromiso del investigador, docente, estudiante y de toda la sociedad, no es sencillo porque requiere sacudir parámetros de juicios muy incorporados; implica sentir que la vida y la historia están respaldadas por un proceso original, fecundo y milenario ‘propio de aquí’ y no del hemisferio norte. A la vez, entender que el compromiso con lo propio no significa no prestar atención o desvalorizar la historia de los demás continentes. Todo lo contrario, desde la afirmación de lo propio (válido para la identidad personal) es más fecunda la mirada del ‘otro’ o de ‘lo otro’.

A partir de esta conciencia y autovaloración de lo propio, es posible buscar y encontrar caminos de autodeterminación, equidad interna y superación del nuevo  imperialismo foráneo transitando desde los valores emergentes de nuestra milenaria historia y filosofía. Paralelamente al compromiso personal e institucional (cuando esto sea posible) no se debe  perder de vista que el invasor, desde el sofisma de marras y su poder indiscutible, estableció en América una relación de fuerzas y una mentalidad obsecuente que se mantiene casi intacta ―sobre todo en el sistema educativo, incluida la universidad―  y que de algún modo se debe quebrar o revertir si se pretende lograr auténtica autonomía. Sabiendo que para ellos ‘defendernos’ significa declararles la guerra en inferioridad de condiciones.   En este sentido es útil recordar lo que escribía las Casas desde el Caribe, por supuesto sin obtener ningún resultado ante la férrea obsesión de poder, dominio y usufructo:”Todas las guerras que llamaron conquista fueron y son injustísimas y propias de tiranos (…) Todos los reinos y señoríos de Indias son usurpados (…) Las gentes naturales (es decir los habitantes) de todas las partes donde hemos entrado tienen derecho adquirido de hacernos la guerra justísima y barrernos de la faz de la tierra y este derecho durará hasta el fin de los tiempos”(En: Brevísima Relación de la destrucción de las Indias, Editorial Fontamara, México, 1987).

O sea que en la visión de este sacerdote, testigo durante seis décadas de la masacre y expoliación, ese derecho  tiene vigencia.

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[1] ‘Mal llamada’ puesto que el nombre ‘América’ además de ser reciente, respecto de la historia humana continental, y de  revelar voluntad de apropiación ilegítima por parte de Europa que no reconoció ni reconoce en los hechos la autonomía del continente con una humanidad de 40.000 años de historia y realizaciones extraordinarias como fueron, por ejemplo, sus idiomas, ciencia, tecnología, arte, etc., en sí mismo ese nombre nada significa si no mantener el recuerdo de un invasor inescrupuloso y la sensación de que les pertenece

[2] Carta de Cristóbal Colón, escrita durante su regreso del primer viaje, a Luis de Santángel  para ser entregada a los reyes, fechada el 15 de febrero de 1493.

[3] Bula Inter caetera rerum,, del Papa Alejandro VI de mayo de 1493. Cfr. Colecciones impresas de Encíclicas y Bulas del papado católico. Y en Internet.