Es probable que las generaciones de americanos que directa o indirectamente  protagonizaron en la década de 1992 el intento de rechazar o de conmemorar el quinto centenario del 12 de octubre de 1492 recuerden conmocionados, escépticos o vagamente interesados, el hecho de que en aquella década del siglo XX nuestro Continente  y  Europa –no así los demás continentes– se debatían en una curiosa pero significativa discusión en torno al contenido y significado de esa conmemoración. Debate que, sin duda, se mantiene al rojo vivo en ciertos sectores de la sociedad. ¿Debe o no festejarse  el arribo absolutamente casual de tres barquitos europeos a un inmenso continente que ‘ellos’ desconocían? ¿Qué acontecimientos de aquella circunstancia merecerían hoy  la atención de la humanidad y por qué? ¿Quiénes deberían festejar? ¿Qué fue realmente aquel desembarco? ¿Descubrimiento, conquista, invasión o qué…?

De hecho, en 1992, la conmemoración occidental fue ignorada por Asia, África y Oceanía y despertó un relativo interés en el ‘viejo’ y  ‘nuevo’ mundo. ‘Nuevo’, por supuesto, según la caracterización que impusieron políticos, historiadores y antropólogos de aquel supuesto ‘viejo’ mundo, en todo caso no más viejo, o quizá más joven, que África y Asia. El hecho es que en la península Ibérica –sobre todo los naturales de Andalucía, plataforma de lanzamiento de la fiebre del ‘descubrimiento’– durante todo el año 1992 celebraron su ‘hazaña’ de quinientos años atrás con rimbombantes artículos y programas televisivos, con una pretenciosa Exposición Internacional en Sevilla, placas y monumentos alusivos, ceremonias religiosas católicas de acción de gracias y ‘fiel’ reconstrucción de las tres famosas carabelas y su botadura en la que, por alguna distracción de los constructores, una de ellas terminó rápidamente en el fondo del mar ante la mirada, entre suspicaz y trágica, de miles de espectadores que se consolaban cuchicheando por lo bajo “¡menos mal que no se hundieron las de Colón, de lo contrario no estaríamos festejando todo el oro, plata, madera, conversiones, especias, mano de obra regalada, esclavos, tierras, materia prima de todo tipo, preciosas obras de arte… que, ‘con nuestro generoso esfuerzo’, logramos salvar del anonimato y salvajismo trayéndolas a nuestra tierra y, de ese modo, cimentar el gran imperio español en ciernes de aquella época,  llegar  a ser lo grande que somos y, de paso, civilizar a los primitivos y salvajes del nuevo mundo!”

Tengo plena conciencia de que frente a la persistente euforia y despliegue europeo respecto de su supuesto ‘descubrimiento’ de nuestro continente no hubo coincidencias en las reacciones de distintos sectores del planeta, ni entonces –siglos XV-XVI– y menos ahora. Por el contrario, fue como el detonante de un disenso que se profundiza día a día entre quienes buscan sacar a luz la realidad de los hechos y aquellos que defienden a ultranza un status quo impostado, es decir ‘mentiroso’, que les permite seguir usufructuando América y ‘festejar’ una especie de titularidad de algo que ellos sienten todavía como propio frente al mundo. ¡La bendita ‘madre’ patria! En todo caso, madre  perversa, dominante,  esclavista,  extractiva y filicida tras la fascinante –para ellos– máscara de civilización y evangelización compulsiva.

En efecto, no pocas voces críticas y ‘aguafiestas’ del triunfalismo europeo –español, inglés, francés, holandés o portugués, poco importa, todos europeos– se hicieron oír a lo largo de 519 años. Durante el sometimiento no sólo los teólogos y filósofos Francisco de Vitoria (1486-1546), Francisco Suárez (1548-1617), Melchor Cano (1509-1560), Luis de León (1527-1591), Bartolomé de Las Casas (1474-1566), Pedro de Aragón, Antonio de Montesinos (+ c. 1526), Juan de Mariana (1536-1624) y Fernando de Santillán (1570) entre otros en la misma Europa– anatematizaron el accionar y la fabulación argumental de los ‘conquistadores’ sino que siempre, también en la actualidad, personas, grupos y científicos neutrales o críticos, distantes o cercanos a los intereses que motorizaron la invasión, censuraron entonces, y desaprueban ahora, los supuestos derechos y pretensiones de España y demás países asociados para el permanente despojo y humillación de la humanidad de la mal llamada América.

Como muestra del disenso baste recordar que en 1982, apenas diez años antes del quinto centenario de la invasión, representantes sudamericanos ante las Naciones Unidas (seguramente ‘despistados’ y obsecuentes) propusieron emitir una resolución por la cual desde ese organismo se honrara oficialmente al explorador, comerciante (fue el primer europeo esclavista y buscador de oro en el continente) y artificialmente místico Cristóbal Colón. El gesto, que pretendió ser simbólico, desató una espectacular batahola entre los miembros de las Naciones Unidas. El embajador de Irlanda adujo que un monje irlandés del siglo VI había sido el primero en ‘descubrir’ este continente, mucho antes de que se llamara América. El de Islandia aseveró airadamente que fue el vikingo Leif  Ericson quien llegó al nuevo mundo 500 años antes que Colón. Los delegados africanos reivindicaron para sí ¿por qué no? la gesta, y así otros.

Según el antropólogo y arqueólogo norteamericano Kenneth Feder, “aquel debate en gran medida fue irónico” aunque oculta, sin duda, una polémica de fondo que condiciona substancialmente la ‘hazaña’ en sí y la cascada de  conclusiones a la que los europeos arribaron después de su fortuito desembarco en octubre de 1492. Efectivamente, ¿quiénes descubrieron en realidad a este continente? Un interrogante que también podríamos plantear para Europa. De todos modos, con relación a nuestro continente, no importa demasiado sostener la prioridad de los viajes de Colón o creer que exploradores portugueses hicieron recaladas en el continente unas décadas antes que aquel; o considerar a Madoc, noble inglés, llegando al continente norte en 1170; ni tampoco resulta significativo aceptar la exploración vikinga alrededor del 1000 o los reclamos del monje irlandés Brendan atribuyéndose la gesta en el siglo VI europeo o que marineros chinos  estuvieran hace  alrededor de 1500 años o que se hallen razonables los reclamos de una presencia celta hace unos 2500 años o de Libia hace 5000 antes de la era europeo-cristiana.

Sean cuales fueren las pretensiones de uno u otro, los habitantes nativos de nuestro continente ya estaban aquí desde por lo menos 40 mil años antes del casual desembarco europeo. Estaban perfectamente organizados para recibir a los extranjeros llegados de cualquier lugar y época. Por lo tanto es a ellos, sin metáfora, a quienes debe otorgárseles, de pleno derecho, el título de ‘descubridores’ de esta porción del planeta. Ellos fueron quienes iniciaron –como en otros tiempos otros hombres en África, Asia, Europa y Oceanía– una auténtica historia continental tejida con la permanente creación de estrategias que les hicieran posible vivir satisfactoriamente y de acuerdo a sus expectativas.

Hace 80, 50 ó 25 mil años (en realidad poco importa la antigüedad y la fecha, lo significativo es el acontecimiento en sí) pequeños grupos de nuestra especie, desprendidos accidentalmente de congéneres que habían llegado al Ártico tras una fascinante dispersión desde África, traspusieron los hielos que unían ambas masas continentales o, quizá, lo hicieron transitando el fondo nada profundo de un estrecho que, seco transitoriamente por efecto de las glaciaciones, se ofrecía como ruta abierta para lograr recursos y refugios. A partir de aquel acontecimiento fundacional, aquellos ‘hombres’ (no primitivos ni  ‘salvajes’) se abrieron a la  experiencia sin retorno de crear para sí condiciones de vida aceptables en el orden material y simbólico. Poco a poco generaron diferentes estrategias para alimentarse, reposar y encontrar explicación a los fenómenos circundantes en el contexto de ecosistemas cálidos o fríos, montañosos, desérticos o selváticos. Surgieron, entonces, distintos modos de ser de núcleos que, en forma lenta, progresiva y zigzagueante –tal como sucedió en las demás regiones del planeta–, arribaron a sistemas culturales diferentes íntimamente relacionados con el hábitat.

Desde hace muchos miles de años el hombre ‘americano’, el mismo que se desplazaba por las sabanas de África, las estepas de Asia o valles y montañas de Europa, buscó, imaginó, experimentó y creó caminos por donde transitar la existencia. Por eso llegó a fabricar variedad de utensilios que, de rudimentarios en aquellos días lejanos arribaron a sofisticados en la actualidad; a crear métodos de caza, pesca, horticultura; a inventar formas de curar sus dolencias y entender el dinamismo de los astros; a descubrir la pintura, agricultura, cerámica, escultura, tejeduría, metalurgia y ciencias en distintos órdenes; a crear, hace dos mil años, el “0” e implementar calendarios en función del dominio del tiempo, de sus fiestas y de su producción agrícola-ganadera. Poco a poco, impulsado por sus propias expectativas y por el creciente número de habitantes, el hombre de este continente se fue organizando con estructuras cada vez más complejas y verticales hasta llegar a espectaculares señoríos, reinados, confederaciones e imperios de una solidez asombrosa, como fue el caso de los mayas, iroqueses, mochicas, aztecas, incas o diaguitas, por mencionar apenas  unos pocos contemporáneos de la invasión europea. Eran hombres y como tales también generaban conflictos, guerras y todo tipo de disputas que subrayaban, precisamente, su condición de humanos tras una sobrevivencia digna y satisfactoria. Una mirada retrospectiva del devenir continental (por cierto todavía poco conocido) nos faculta, sin duda, a discutir la antigüedad y las vías de ingreso del Homo sapiens, y muchas cosas más que la historia y arqueología se encargan de elucidar con sus investigaciones. Pero lo incuestionable es que a partir del 1492 del calendario ‘occidental’ comenzó a desembarcar en el continente una avalancha de grupúsculos europeos que, con relativa facilidad, aplastaron con armas y ‘convencieron’ ideológicamente a los habitantes nativos, transmutando o exterminando su cultura amasada con ingenio y esfuerzo a través de miles de años. Un genocidio y culturicidio sin par en la historia universal, aunque todavía apenas se tenga conciencia de semejante aberración de un continente invasor paradójicamente autodenominado “cristiano”

Europa, con su poder, estrategias, experiencia y conocimientos de muchos milenios, se enfrentó alocadamente, sin reflexionar en la medida de su capacidad, a una humanidad libre, inexperta en la guerra, ajena a la traición, desprevenida y sumamente hospitalaria. Muchos analistas, desnaturalizando aquella intervención, ingenuamente todavía interpretan que se trató de ‘civilización’, ‘evangelización’ y de un ‘encuentro’ de culturas. Pero sabemos que sólo fue invasión, prepotencia de unos pocos sobre una mayoría indefensa (sólo tenían arcos, flechas, lanzas y piedras o palos, sin organización estratégica) que ni siquiera imaginaba un golpe mortal.

En la distancia del tiempo parece increíble que tantos habitantes (como mínimo setenta millones), culturas, naciones y confederaciones perfectamente organizadas hayan sucumbido en tan corto plazo a manos de unos pocos invasores ansiosos y cargados de compulsivos designios, algunos de ellos disfrazados de ‘ideales’ divinos inexplicablemente fanáticos y proselitistas. En tal sentido se podrían enumerar varias razones explicativas de orden mítico, táctico, estratégico militar y político-religioso, pero al menos mencionaremos dos de ellas que parecerían ser condicionantes y explicativas de los sucesos. Una del orden práctico y otra del ideológico. Es decir, por un lado los reinos ibéricos tenían la urgencia de resolver problemas políticos y económicos internos y externos causados por la atomización de la península y su guerra contra la ocupación árabe; por otro, la sociedad europea, sobre todo ibérica, protagonista de aquellos desembarcos era, o se consideraba a sí misma, “católica”, esto es, consustanciada  formalmente con una institución religiosa imperial cuya cosmovisión  mesiánica y  configuración expansionista –como lo expresa su propia auto denominación católica, que en griego significa universal– condicionaba profundamente a las conciencias y estados de esa época.

Ambos poderes, el político-militar (España y Portugal en el comienzo, Inglaterra y demás estados poco después) y el institucional religioso (Vaticano y sectores heterodoxos, todos hambrientos de proselitismo barato) desencadenaron e impulsaron una determinada manera de relación que originó y justificó equívocos, prejuicios, aberraciones, omisiones y errores garrafales tanto en su accionar cuanto en la interpretación y transmisión oral y escrita del mundo cultural, político y mítico al que habían arribado por azar y que se transformaría en golpe de suerte ‘para ellos’  y letal para los nativos. Recuérdese, como muestra, el patético y cruel  “Requerimiento” que durante el siglo XVI los recién llegados leían en castellano o latín (¡) a los nativos para someterlos con la consiguiente destrucción si no se sometían.

Aquellos europeos de diferentes estratos sociales que se lanzaron a la aventura caliente del ‘descubrimiento’ de oro, riquezas manufacturadas, materias primas, tierras y poder (algún tipo de poder, no importaba cuál) y hermosas mujeres ‘complacientes’ ―vistas desde los prejuicios hipócritas de los occidentales― no vieron o no quisieron ver, ni transmitieron con objetividad las realidades complejas que iban encontrando en su tenaz avance por la periferia e interior del continente. Recién en el siglo XX, y con más claridad en los últimos cuarenta años, se han podido activar criterios objetivos de investigación arqueológica, histórica y lingüística, en consecuencia también una adecuada corrección de las distorsiones y una justa apreciación del mundo que encontraron los diferentes agentes y protagonistas de la invasión. Un mundo vastísimo en culturas, población, organización social, ciencia, arte y tecnología que, sin embargo, los arribados ignoraron o disimularon quebrándolo irremediablemente. A pesar de incuestionables adelantos historiográficos, el sistema educativo se resiste todavía  a asumir como propia la historia global y milenaria de nuestro continente y desde allí realizar una lectura científica del devenir de los hechos.

Desde aquel 12 de octubre de hace poco más de quinientos años, los europeos pretendieron ‘descubrir’ lo que ya existía en proceso desde por lo menos 400 siglos; cerraron los ojos ante la magnitud de la población nativa de más de 70 millones de habitantes, que luego diezmaron o sometieron cruelmente, según el caso, en función de sus designios; despreciaron el desarrollo y logros tecnológicos de las diversas culturas, desplazándolos prepotentemente por los suyos en nombre de su civilización; destruyeron sistemas sociales y religiosos locales sustentados por cosmovisiones generalmente simples, poéticas, originales y coherentes, aunque muy distintas a la mitología europea; informaron y transmitieron herméticamente a la posteridad una realidad distorsionada por su visión eurocéntrica e interesada que, de hecho, justificó teológica, política y filosóficamente el genocidio, esclavitud, culturicidio y expoliación de materias primas, bienes y arte elaborados primorosamente. Sólo recuérdese lo que el artista alemán Alberto Durero consignó en sus Memorias (alrededor del 1525) al apreciar las múltiples obras que Cortés robó y envió al emperador Carlos V: Nada de cuanto viera anteriormente había alegrado tanto mi corazón. Los objetos que del nuevo país del oro –se refiere a nuestro continente, ya entonces considerado “país del oro”– han sido traídas al rey, comprenden, entre otros, un sol de oro macizo, ancho como los dos brazos extendidos, y una lámina de plata maciza de la misma anchura. También hay dos salas llenas de armas de todas clases, corazas y otros objetos extraordinarios, más bellos que maravillas. Algunos revelan un arte sorprendente, a tal punto que me quedé estupefacto ante el sutil ingenio de los habitantes de esos lejanos países.

Hoy, gracias a la superación de ciertos prejuicios generados por el invasor y, sobre todo, gracias a la investigación y conclusiones de ciencias como la arqueología, antropología, etnografía, lingüística e historia, podemos y debemos reformularnos preguntas cuyas respuestas modifican profundamente el concepto que tenemos del invasor, de nosotros mismos y de la historia y cultura de nuestro continente. Ante el consumado fenómeno de la drástica irrupción europea en 1492, en cierto sentido también positiva e irreversible en algunos aspectos, cabe preguntarse quiénes eran unos y otros, vencedores y vencidos; cuáles fueron los profundos condicionamientos ideológicos y religiosos que hicieron y hacen posible todavía una relación destructiva y traumática a nivel intercontinental. En efecto, sabemos que las desproporciones continúan. Baste recordar las condiciones y rechazo que los europeos manifiestan cuando se trata de migración de americanos a sus países y el trato humillante de que son objetos. Olvidan la avalancha de invasores europeos delincuentes, perversos, fanáticos, prepotentes, violadores, esclavistas y autoritarios a nuestras tierras durante más de 5 siglos.

En efecto, más allá de la ideología de cada uno  resulta sumamente saludable preguntarse quiénes eran y quiénes son realmente los nativos y los europeos, vencidos y vencedores. Cómo vivían y se comportaban unos y otros en sus diferentes hábitat. Cómo y cuáles eran y son sus respectivas cosmovisiones y religiosidad, es decir, su manera propia de concebir, ver e interpretar el universo, el mundo, la vida y la muerte. En fin, los habitantes del continente ¿eran y somos, como se dijo, salvajes… y los europeos civilizados? ¿o simplemente diferentes?

No se trata de comparar dos mundos distintos o de  contraponerlos en función de legitimar a uno y reprobar o descalificar al otro, sino de reconocer sin prejuicios que existían y existen formas opcionales de configurar y transmitir estrategias (historia y cultura) que hacen más placentera y significativa la vida de los hombres en los distintos enclaves del planeta. Reconocimiento elemental, de hoy y  de ayer,  que debería generar una sana actitud de respeto de unas culturas hacia otras, aceptando las diferencias en pie de igualdad, por más grandes que sean estas diferencias. Teniendo en cuenta, además, que cada continente tuvo y tiene su propia historia a partir del momento en que el hombre recaló en él desplegando sus potencialidades por el sólo hecho de ser hombre y no ‘africano’ o ‘europeo’, ‘cristiano’, ‘musulmán’ o creyente de la cosmovisión andina.