La mitología ancestral de nuestra tierra y los Chané por dentro

Hace exactamente 25 años, recibí una extensa carta de los chané-chiriguano Laura Centeno y Alejandro Chaile. Varios meses antes me la habían anunciado durante nuestro habitual encuentro en Tuyunti, su pequeña aldea asentada en los contrafuertes de los Andes salteños. Una carta que luego, por circunstancias muy particulares, sería leída por uno de sus autores en el Centro Cultural Gral. San Martín de Buenos Aires ante un millar de educadores de todo el mundo. El comienzo de la carta que leyó Alejandro dice así:

“Les escribimos esta carta porque quizá ustedes no sepan que somos aborígenes chané. Ahora somos pocos, unos 1300 en Argentina, creo que hay más en Bolivia. Pero antes nuestros antiguos eran muchos. Vivían en los mismos lugares donde estamos ahora, pero eran muchos y ellos ya vivían en esta tierras. Nuestros abuelos y los sabios nos cuentan que tenían pueblos grandes, con muchas casas, jefes y costumbres lindas, aunque a veces se peleaban con otros grupos, por ejemplo con nuestros vecinos kollas y wichí. Nosotros queremos decirle a los maestros y doctores que nuestros antiguos estaban bien organizados, cazaban, pescaban, cultivaban la tierra, hacían grandes fiestas y nadie los molestaba. Ahora los lugares donde vivimos los chané, se llaman Orán, Tartagal, Tuyunti, Piquirenda, Campo Durán… todos de la provincia de Salta y Jujuy. Con esta carta nosotros les queremos decir  que ahora los chané somos pocos, no tenemos tierra propia donde vivir, nos corren de un lado para otro y nos falta trabajo fijo, siempre nos contratan para trabajos pesados y dura poco pero igual nuestro pueblo sigue unido. Vivimos juntos, tenemos nuestras costumbres, nuestro idioma guaraní y fiestas que nos gustan mucho, queremos seguir con todo eso, creo que ustedes también quieren seguir con sus costumbres  y a nosotros nos parece que eso está bien”.

Este párrafo que apenas fue la introducción de su carta, conmovió a los participantes y a los Medios de comunicación. Observando a los congresales detenidamente pude percibir que, con cierto estupor por lo inesperado y con un gran signo de interrogación, muchos de ellos se estaban preguntando ¿quiénes son los chané,  en qué lugar viven?

Una incógnita que yo mismo había experimentado  antes de conocerlos un año antes.

El día que visité por primera vez a los chané-chiriguano del noreste salteño, situados en la franja que divide al Gran Chaco de las primeras estribaciones de los Andes, fue por curiosidad. Quizá también por un escondido interés de revancha “intelectual” incubado durante muchos años en mi etapa de aprendizaje de la historia en la que jamás me los mencionaron. Aunque tardíamente ¿quién puede resistirse a conocer a una comunidad aborigen que después de cinco siglos de vejaciones y menosprecio lucha todavía por defender su terruño multisecular en el que siguen arraigados todavía, sus matrices culturales milenarias y su participación en la historia?

La existencia de esta casi ignorada comunidad me había llegado a través de variados y confusos rumores que, finalmente, me condujeron hasta ellos, hasta su cerámica y esculturas, su cestería y máscaras animistas y, sobre todo, a su visión del cosmos y de la vida cotidiana.

Muy lejos del bullicio de grandes ciudades del Plata, del Uruguay y el Paraná, voraces puertos de las artes y la tecnología, las diversiones y los deportes … en una oculta y mansa aldea, por allí, por donde nuestro territorio norte empieza a confundirse sutilmente con la cultura y el paisaje de quechuas y aymaras argentino-bolivianos…, a la sombra de verdes y calientes cerros palpitaba un mundo ignorado, complejo y fascinante. Un mundo apenas susurrado por quienes sólo buscan ser noticia o tener la última palabra en códigos urbanos y disfrutar del privilegio de aparecer en la primera plana de periódicos y efímeras pantallas.

A dos mil kilómetros de la meca rioplatense, sacudida sin tregua por el poder, el derroche, las agudas polémicas de encumbrados políticos y, en fin, por el vértigo incesante de modas internacionales…, lejos de todo aquello, inicié la búsqueda de algún sendero que me acercara a los Chané de Tuyunti; al puñado de arawakos que hace  más de un milenio, por causas que aún se investigan, iniciaron desde el Caribe un lento desplazamiento hacia el sur del continente. En cientos de años de dispersión por cejas de selvas y montañas o surcando caudalosos ríos, fueron mezclándose generosamente con los tupí-guaraní, witotos,  shipibo-conibo y muchas otras naciones del Amazonas. También con los quechuas, aymaras, kollas y guaraníes de sierras y selvas peruano-bolivianas y argentinas. Finalmente recalaron en los deliciosos cerros de la pre cordillera salteña, donde  abundaban todavía los yuchanes, mangos, aguacates, algarrobos, binales, espinillos y lapachos a cuyo amparo se desplazaban jaguares, guasunchos, osos mieleros, lampalaguas, jabalís y aves deslumbrantes.

– “Siga derechito hasta las vías, allí tírese a su izquierda. Cuando llegue a la estación voltee a la derecha. Tendrá que caminar unos kilómetros pero no tiene como errar. Cuando se tope con una arcada rústica y un cartel medio tumbao, allí es la misión”, me explicó amablemente un paisano de Aguaray, en ese entonces una ciudad petrolera y de actividad horticultora.

El esplendor del feraz entorno disimuló el ascenso y tras recorrer cuatro kilómetros de camino vecinal, un simple arco de troncos me anunció que trasponía la “Misión Tuyunti”, que así rezaba la leyenda. Me pregunté por qué un pueblo de aborígenes se llamaría de ese modo. Lo constaté de inmediato.

Misión Tuyunti, porque las cien hectáreas donde viven los chané pertenecen a los franciscanos con título de propiedad. Paradójicamente, se las prestan a sus dueños que hace cientos de años allí viven en íntima relación con la naturaleza y con sus vecinos chiriguano del tronco guaraní. Estos últimos, en otros tiempos fueron sus empedernidos rivales pero desde hace tres siglos ambas naciones comenzaron a crear un mismo modo de ser y comparten el difícil combate por mantener su libertad y sus costumbres.

Misión Tuyunti porque en el centro de la pulcra aldea se yergue desafiante un desproporcionado templo que contrasta violentamente con sus cálidas y modestas viviendas construidas con postes de quebracho y algarrobo, tijeras de lapacho, paja brava y adobe a la sombra de majestuosas arboledas que desparraman frescuras cargadas de placer y de recuerdos imborrables.

Misión Tuyunti porque el intruso viejo mundo, parapetado en rimbombantes pretextos, menospreció y menosprecia a la magnífica y poética cosmovisión chané-chiriguano de raigambre arawak-tupí, imponiendo la suya occidental a cualquier costo.

Sin embargo, la Misión Tuyunti, más allá de las apariencias, en su corazón, en su manera de ver lo que les pasa y de interpretar el devenir del cosmos que los rodea, sigue siendo chané.

Mucho después de conocerlos, acicateado por la solidez de sus tradiciones, idioma y mitos envié una breve misiva a Laura Centeno, mujer cabal y hechicera de la arcilla que ejerció durante algunos años el cacicazgo de su pueblo. Quería entender el mundo de sus creencias y simplemente le pregunté cómo, según ellos, había aparecido el hombre y el pueblo chané sobre la tierra. Lo que, en palabras difíciles, nosotros llamamos antropogénesis.

En pocos párrafos, sin argumentos rebuscados, con la transparencia de un niño y con un simple relato hilvanado en un castellano tan simpático como imperfecto, Laura Centeno me abrió su dimensión mítica fruto del largo camino transitado por su pueblo.

“Perdóneme, Juan, si no me expreso bien en castellano –comenzaba su carta–. Usted sabe que mi idioma es el guaraní. Puedo decirle que nosotros creemos que hace mucho  tiempo llovió meses, meses, y piensan los chané ancianos que va a inundar la tierra y después preparados dos niñitos, nena y nene, y un iru de barro (cántaro) muy grande hecho por ancianas, de alto como una persona y bien ancho, los ponen en ese cántaro para salvar vidas, con alimentos, harina de maíz y torta de maíz tostado, un recipiente con agua, arco y flechas y un cuero para cubrir iru de la lluvia y no mojarse los niñitos. Le han puesto semillas de poroto, sandía, melón y maíz. Después ancianos taparon boca del gran cántaro con tres pieles de anta para que no entre agua y frío y anduvieron sobre el agua que subía cada vez más.  Las demás familias se ahogan todas con la creciente que iba desde la tierra hasta el firmamento y esos niñitos encima de la creciente que duró mucho tiempo. Después sintieron que va secando el agua y con flecha destaparon boca de cántaro para tomar aire y sol.  Empezaron a buscar parte seca para bajar. Tenían dos piedritas y champita para encender fuego. Vieron parte seca junto a una gran laguna cerca de ellos. Bajaron y se les apareció su abuelita anciana, pero su cuerpo tenía forma de sapo. Se va acercando a ellos diciendo lo que ha sido su abuelita, explicándoles cómo alimentarse, cómo sembrar maíz, comerlo asado o con chala o sin chala, cómo sembrar sandía, melón, zapallo, cómo encender fuego. Después se puso a llorar y les dijo: “me canso todas las noches, pero qué va a hacer hijos” y despidiéndose de ellos anciana se ha ido, entra a laguna hasta el otro día. Mucho después les apareció diciéndoles que podían ser pareja para que va produciendo familia; después mujer se puso de meses, tenían mellizos y trillizos, de esas familias formando ya mucha gente. Pasaron años, había muchas casas y sembrados, ancianas y ancianos, grandes y niños. Todos vivían alegría del pueblo chané”.

Sin saberlo, Laura había sintetizado a la perfección un mito muy esparcido y arraigado, desde tiempo inmemorial, en todos los rincones de la espaciosa  América milenaria.

En aquel ahora lejano mediodía de mi primer visita, sin premura, devorando aromas y sonidos del entorno, penetré el feraz  y pintoresco territorio de los chané que otrora estuviera delimitado, al este sólo por el horizonte y al oeste por los cerros que se van amalgamando con el firmamento. A medida que avanzaba hacia ese mundo, para mí todavía poblado de interrogantes y casi inexistente, me sentí atravesado por miradas curiosas o indiferentes. Sutiles miradas que me gritaban en silencio “qué querrá este gringo, algo debe estar buscando, quizás campaña política, cosecha de votos, artículo periodístico o simplemente sentirse más importante que nosotros y prometernos limosnas del gobierno o de una fundación ¡vayasaber uno!”.

Mientras deambulaba sin rumbo ni objetivo claro en esos senderos grabados por el ir y venir diario de los paisanos chané, un tanto incómodo e inseguro por mi propia presencia en lugar desconocido, respondí tímidos saludos de niños, de ancianos y de mujeres que, en esa tórrida tarde, disfrutaban de sus tareas en sombreados patios y angostos senderos.

A medida que lograba distenderme y expresarles mi asombro por sus austeras y encantadoras viviendas, por sus apacibles patios y su sorprendente cerámica de engobe, fina cestería y fascinantes máscaras… poco a poco me sentí bienvenido en la aldea. Tras algunas horas de estudiarnos mutuamente, el diálogo fluyó hasta que el crepúsculo fue cubriendo los últimos destellos de un ardiente sol que aún resaltaba, en lontananza, la infinita verde planicie  del chaco salteño.

Ya tarde, cuando me disponía a desandar el camino para pernoctar en la Villa Aguaray, el matrimonio Alejandro y Laura con su hijo adolescente Miguel, mis anfitriones más solícitos, se empecinaron en compartir su cena y ofrecerme un sitio donde descansar esa noche y todo el tiempo que quisiera.

Luego, en torno al fogón que arde de sol a sol en medio de la cocina, saboreamos un guiso de choclo, poroto y calabaza con trocitos de charata que Laura preparó con destreza. En ese momento de intimidad, sólo iluminada por la débil luz de un candil, fluyeron naturalmente las preguntas y explicaciones de ambas partes. “Qué andaba yo haciendo en la aldea, lejos de mi hogar; qué exquisita cena hizo usted Laura; qué le parece Tuyunti; cuántos hijos tiene; cómo se llaman los suyos y los míos; cuando piensa regresar…”

Sin darnos cuenta, la débil luz que nos envolvía iluminó facetas humanas hasta ese instante desconocidas para mí. Pude expresarles que en mi primer jornada entre los chané me habían subyugado tanto el lento acontecer  de Tuyunti como el respeto de los ancianos que transitaban distendidos sus senderos y la cristalina picardía de sus niños descalzos disfrutando el polvo caliente con sus propios juegos. También la habilidad de las mujeres para arrancar de la arcilla virgen formas seductoras y míticas. En fin, la paciencia de los hombres urdiendo con fibra de palma prácticos cestos y seduciendo distraídamente sus ínfimos terruños para extraerles frutos que en su momento admiraron los invasores y fueron alimento salvador de hambrunas europeas: las diversas clases de maíz, papa y camote; los porotos, zapallos y calabazas; el tomate, ají, mango, aguacate y sabrosas aromáticas que sazonaban y sazonan su arte culinario.

Esa noche pude expresarles que ambos, Laura y Alejandro, me habían conmovido con su cadencia y mirada transparente, con su mitología y arte milenario, con sus gestos y sólidas costumbres y con su modestia, irritante sin duda para quienes sólo buscan trascender a cualquier costo con falsas apariencias.

Durante la cena, el tenue humo del fogoncito ardiente impregnó nuestros silencios y comentarios brindándoles las luces y sombras de un atardecer que palpita el nuevo día.

Concluida aquella cena, desprovista de formalismos y rituales “civilizados”, Laura recogió platos y cubiertos mientras los niños se sumergían en sus lechos cuchicheando travesuras de la jornada. Alejandro abandonó su silla de algarrobo hecha por él mismo y dijo simplemente, “ya vengo”. Volvió trayendo en una de sus manos una máscara aña anti a medio terminar y, en la otra, un cuchillo extenuado de tanto tallar, y algunas plumas de gallina. Se sentó, apoyó sus elementos en la tierra. Sereno y ostensiblemente satisfecho reinició el tallado de su máscara, la que usaría en el arete, la Gran Fiesta del próximo febrero.

Sin mirarme, no dejó de conversar. Noté que exageraba sus gestos, el manejo del cuchillo y del punzón con que hendía los contornos de la bellísima máscara de yuchán para luego ensartar en el entorno del rostro las plumas seleccionadas. Era obvio que disfrutaba  de su destreza labrando la blanda madera. Tuve la sensación de que exageraba el proceso para que yo captara la pasión, importancia y convencimiento con que la transformaba para significar, durante el curso de la próxima gran fiesta de la fertilidad, a un joven danzante. En algún momento, mirándome a los ojos, me explicó:

– “Juan, ya soy grande, casi viejo, pero cuando en nuestra gran fiesta de febrero utilice esta máscara aña anti me transformaré en joven… ustedes no lo entienden… Tienen otro pensamiento, ven las cosas de otra manera. En cambio, para el pueblo chané, danzar con las máscaras aña aña abrazados con nuestras compañeras y el bullicio de nuestros changos que corren entre nosotros, es la vida, nos alegra el corazón. Nos recuerda viejos tiempos cuando éramos muchos y libres, libres como las aves para surcar nuestro destino y respetar el nuevo ciclo que comienza todos los años”.

Durante un instante hubo silencio. Él, acomodaba el fuego y yo, impresionado por la solidez y la poesía de sus dichos,  dibujaba cualquier garabato sobre la tibia tierra de sus amores. Tras un instante neutro, me animé a expresarle en voz alta lo que pensaba en esos momentos:

– “Alejandro, la gente que se cree blanca porque se siente de una cultura superior y lejana, en realidad sí entiende lo que usted me dice pero, créame, estamos  confundidos y nos cerramos para no ver, quizá por mera costumbre y distracción. O, tal vez, porque nos engañamos fácilmente. No somos capaces de mirar y reconocer que ustedes y nosotros somos igualmente humanos, que sentimos, queremos, sufrimos y pensamos nuestra historia desde la misma tierra que nos vio brotar. Yo sé, hay todavía ‘doctores’, gobernantes y supuestos maestros de la vida que desde su ignorancia tienen una mirada engreída, capaz de silenciar y despreciar culturas milenarias simplemente por interés o porque no son iguales a la nuestra”.

Comprendí en su mirada que no era la primera vez que escuchaba este razonamiento. Luego susurró: “no bastan las palabras” y siguió tallando su máscara con una sonrisa comprensiva pero con resquicios de dolor.

Desde el amanecer del día siguiente, cuando despiertan una multitud de trinos y el sol, con matices embriagadores; cuando comienza a dibujarse la grandiosa y sugestiva montaña, experimenté placer y añoranza de estar palpitando tantos sentimientos y proezas grabadas a través del tiempo y escondidas para mí en esos cerros y colinas que custodian la inmensa historia del pueblo chané. Quizá, pensé, para comprender esa historia, y sufrir como sufrieron y sufren ellos, deberíamos ponernos en su lugar y revisar sin temor los entretelones de nuestra historia.

Ese y los siguientes días, mientras recorría Tuyunti, descubrí que el cerco de la venerable anciana Luisa Pereyra brillaba todavía por su mítica cerámica y el maizal gigante que abrazaba su vivienda. Con mis ojos devoré el diseño de enormes jambuí destinados a la chicha; disfruté de mágicas esculturas de arcilla secándose a la sombra de algún algarrobal o timbó; departí con  mujeres barriendo sus espaciosos patios y con hombres que urdían delicados urumpes, sombreros de ala ancha y tres tipos de aña-aña que darían vida y colorido a la próxima gran fiesta chané-chiriguano en la que dramatizan desde tiempo inmemorial lo vertebral de su mitología. Máscaras aña-ndechi que encarnan al espíritu de los ancianos, aña-tairusu que simbolizan a los jóvenes y las añas zoomorfas que representan a los señores de los animales. Supe luego, por boca de Alejandro, que el famoso antropólogo Enrique Palavecino les comentó que en el viejo mundo pomposamente las llaman “máscaras animistas” porque cuando se utilizan cobra vida el ser representado. Pero ellos saben desde tiempo inmemorial  que quien porta una u otra aña-aña debe conducirse con gestos y palabras que reflejen el personaje representado, aún cuando la edad o condición del que la usa no se corresponda con la máscara elegida. Un joven puede usar aña-ndechi y un anciano aña-tairusu pero entonces uno y otro, totalmente cubiertos con harapos para no ser reconocidos, deben comportarse de acuerdo a la máscara que porten.

Sería interminable seguir desgranando todas mis vivencias con la riquísima cultura chané.

Llegó entonces la hora de partir. La despedida no fue fácil para mí porque más allá de las motivaciones que me acercaron a Tuyunti y del afecto silencioso que me brindaron los chané, tenía  la sensación de haber invadido un espacio virgen que fue ultrajado sin escrúpulos por siglos de prepotencia, hipocresías, crueldades y obsesiones de invasores compulsivos, soberbios.

Mientras desandaba el sendero que una semana antes me había acercado al corazón de Tuyunti, recordé cierta frase que escribiera Colón en su primer carta a los reyes en febrero de 1493: “Esta tierra es de desear y de nunca dejar”, aclarando luego que ese sentimiento le había surgido “por la belleza del lugar y de su gente”. Después… intereses miserables lo llevaron a él y demás aventureros, a cerrar los ojos y destruir todo lo que encontraron a su paso.

Entonces me pregunto: ¿Cómo, en la práctica, no reincidir en las mismas actitudes de Colón y sus huestes si en realidad emprendo el regreso enriquecido por la hermosura del lugar y la grandeza de los chané sabiendo que siguen despojados por la civilización del más fuerte, que ven angostarse día a día las posibilidades de vivir en libertad su cultura en su propia tierra que ahora es ajena, aparentemente por voluntad del dios y naciones cristianas? Por supuesto, no encontré una respuesta satisfactoria en ese instante melancólico. No la encontré entonces y es difícil encontrarla ahora porque es bien conocida la postura despreciativa, paternalista o prescindente de gobiernos, leyes, instituciones, grupos urbanos satisfechos de “modernidad”, y tal vez nosotros mismos que buscamos, sin darnos cuenta, tranquilizar nuestras conciencias con dádivas lastimosas e insignificantes y un proteccionismo castrador.

Así surgió mi franca amistad con los chané y el tiempo la acrecentó. Había recorrido 2.000 kilómetros simplemente para estar con ellos. Descorrer para mí mismo el velo de su presencia milenaria en esta tierra y acercarles la solidaridad de quienes les reconocen el derecho de vivir como les plazca.

A los pocos meses volví a Tuyunti. Elaboramos proyectos accesibles para enfrentar un mundo que todavía les resulta hostil o indiferente, sobre todo cuando expresan reclamos que la sociedad transforma rápidamente en utopías o veleidades de “inútiles salvajes”,  refractarios al “regalo” de la civilización, o de minorías que “no justifican inversiones del erario público!”.

En ese segundo viaje al mundo chané llevaba en mis manos el afecto, las ganas del reencuentro y una invitación para Laura y Alejandro a participar de un Congreso Internacional de Educación. Quisieron pensarlo un par de días. Finalmente aceptaron con una condición, ellos me enviarían una carta  para que se las entregara a los organizadores. En caso de ser aceptada el mismo Alejandro la leería ante la asamblea. Así se hizo en julio de 1985.

Robusto, alto, con abundante cabello renegrido y lacio, Alejandro no vaciló en su lentísima lectura. Se lo veía aplomado y casi distendido aunque su castellano era deficiente. La mayoría de los congresistas jamás había visto y oído hablar en público a un “indio salvaje” según la calificación de los invasores.

El silencio y la atención eran electrizantes. Pocas veces lo había experimentado en una asamblea tan heterogénea y multitudinaria.

“Amigos, los chané de Tuyunti ahora vivimos en una tierra que los franciscanos dicen que es de ellos. Nos muestran título que se lo dio el gobierno. Debe ser cierto.  Más o menos son 100 hectáreas. Pero cuando ellos se adueñaron de esas tierras, nosotros éramos muchos y vivíamos en ese lugar desde hacía mucho tiempo. Ahora en Tuyunti somos pocos, apenas 500 chané. A cada familia nos prestan un pequeño cerco  para cultivar, menos de una hectárea, pero nos faltan herramientas. No tenemos camionetas, no estamos bien organizados para vender, lo que producimos es poco y como los blancos de Tartagal, Salta y Buenos Aires tienen mucha tierra, peones, camiones y herramientas siempre nos ganan de mano. Ustedes pueden ir a visitarnos y ver que vendemos en los caminos, pero poco. Al final tenemos que ir a trabajar de peones en las quintas grandes, de 1000 y 2000 hectáreas de gente que vive lejos. Cuando salimos a trabajar estamos obligados a abandonar nuestra familia por mucho tiempo. En Tuyunti tenemos ¿qué podemos hacer 500 chané en 100 hectáreas?(…) Nuestras mujeres son muy trabajadoras, se encargan de la casa, del patio, de los niños y nos ayudan a cosechar el cerco. A ellas les gusta trabajar en casa, como era antes, pero tienen que salir porque no alcanza. Van y hacen changas en Aguaray y Tartagal: lavan ropa de los blancos, limpian las casas y los negocios. A nosotros nunca nos dan trabajo fijo porque dicen que no somos educados. Entonces ellas prefieren quedarse en casa y hacer ollas, tinajas y jarras con la arcilla que los traemos del cerro (…) Los hombres cuando podemos trabajamos el cerco y también sabemos hacer bateas, sombreros, cedazos y máscaras de madera de yuchán. Siempre hicimos máscaras para la fiesta que llamamos arete. Antes duraba un mes entero y los hombres hacíamos nuestras máscaras y las usábamos todo el tiempo para danzar. Nos reuníamos en todas las casas, una por una, en cada casa convidábamos con mucha chicha porque todos estábamos contentos. El arete ya no es como antes porque no tenemos ganas de festejar. Sufrimos, no tenemos tierra ni trabajo seguro. No podemos festejar. Pero nosotros seguimos haciendo máscaras, porque algo las usamos y también vendemos. A los porteños les gusta mucho (…) Es difícil hacerlas. Primero hay que ir al cerro buscar yuchán, cortar grandes troncos. Preparar con el machete los pedazos que sirven para la máscara. Traerlos a la casa. El yuchán cuando es verde, recién cortado, es muy pesado. En casa trabajamos con el machete y el cuchillo y cuando se seca las pintamos con carbón, arcilla, cal, frotando hojas. Ahora somos pocos los que hacemos máscaras. Antes era muy distinto. Casi todos los hombres hacían su máscara para usar en el arete. Al final las rompíamos y las tirábamos al agua. Pero cuando termina la fiesta, el aña que estaba en la máscara tiene que volver al agua de donde salió. Por eso las rompíamos. Pero una vez el señor antropólogo Enrique Palavecino, cuando vivía, nos dijo que no la rompiéramos porque eran muy lindas y podíamos venderlas. Por eso ahora las vendemos. Hay muchos que las buscan. Algunos pagan bien, otros no, y así estamos (…) Lo que más nos gusta es cultivar la tierra y estar juntos. Por eso queremos tierras para todos. Queremos organizarnos, que nos respeten. Dicen que van a entregar tierras. Esperamos que no sean puras promesas como siempre”.

El aplauso de la multitudinaria asamblea esta vez no emergió altisonante y expansivo como devolución a un espectáculo o disertación brillante. Me pareció que las palmas se resistían a vulnerar la estela de silencio que Alejandro de Tuyunti y la cultura chané sembró sobre nuestras conciencias. Inclusive me consta que hubo lágrimas de reconocimiento  a los chané y a tantos pueblos nativos que a través del tiempo enhebraron nuestra historia milenaria. Una historia que muchos se  resisten a reconocer como propia, quizás porque el brillo rutilante de un mundo advenedizo y manipulador todavía los distrae involuntariamente.

Después del Congreso, Alejandro y Laura regresaron a su aldea henchidos de impactantes pero efímeras luces y también con amigos entrañables. Cuando los visité meses después ya nos sentíamos viejos conocidos, porque el encuentro, esta vez sí, había sido un legítimo encuentro de personas y de culturas distintas. La igualdad y el diálogo parejo nos animó a luchar. Cada uno en su lugar,  el uno por el otro, por la misma tierra y los mismos derechos, en busca de un amanecer que despunta con luces y sombras, con diferencias que hacen posible la diversidad y el respeto  mutuo de quienes nacemos y vivimos en la misma tierra, hoy Argentina.

En el correr del tiempo, y a pesar de la distancia espacial que nos separa, nunca se interrumpió nuestro diálogo. Por eso sé que Laura Centeno, con su sabia y apacible presencia entre los suyos, continúa  animando milenarias tradiciones de Tuyunti; Alejandro Chaile, con el arte y las semillas que brotan de sus manos, estimula a los suyos a no bajar los brazos y Miguel, su hijo, colabora en Salta en el Instituto Provincial del Aborigen. De su madurez y compromiso con la propia cultura y sus derechos que crecen todavía al amparo de la misma tierra que cobijó a sus ancestros, surgen ineludibles cuestionamientos al devenir de un proceso histórico cercano que paradójicamente transformó el atropello y a la discriminación en un culto hermético auspiciado permanentemente por intereses de una civilización foránea.

Los Chané, o los miembros de cualquier otra cultura de origen pre invasión europea, constituyen un desafío franco a nuestra responsabilidad de nativos y a nuestra honestidad intelectual que, sin darnos cuenta, muchas veces se pavonea impropiamente de realidades foráneas cuyo brillo y poder disimulan nuestra auténtica identidad. Una identidad que, lo sepamos o no, está anclada en la historia milenaria de este continente.